domingo, 18 de enero de 2015

DARÍO I EL GRANDE COMO FARAÓN DE EGIPTO Y REY PERSA. LA ESTATUA DEL MUSEO DE TEHERÁN.

En 1972, los arqueólogos del equipo franco-iraní liderado por Jean Perrot que excavaban la Gran Puerta del palacio aqueménida de Susa descubrieron una estatua inusual que hoy se encuentra en el Museo Nacional de Teherán. Representaba al rey persa Darío I el Grande (reinó entre el 522-486 a. C.), pero se había hecho en estilo egipcio, es decir, en bulto redondo, de pie y dando el paso ritual de los faraones. Nuestra sorpresa no debería ser tal, si recordamos que los persas sometieron Egipto desde el siglo VI a. C. y que Alejandro Magno fue recibido en esta civilización como un liberador que les liberaba de ser una satrapía.

El imperio aqueménida hacia el año 500 a. C.




La estatua de Darío I en Susa.

La estatua es un excelente ejemplo de híbrido artístico. Es un buen ejemplo de las excepciones figurativas que realizaban los artesanos egipcios sobre la iconografía tradicional egipcia en el periodo final o de decadencia de esta civilización. Pero también es una buena muestra del eclecticismo del arte persa.

La estatua tal y como se expone en el Museo nacional de Teherán.


A la estatua le faltan la cabeza y alguna parte del torso, pero aún así resulta imponente por su tamaño y solemnidad. Ahora, sin la cabeza, mide 2,46 metros, y se puede calcular que mediría unos 3,5 metros si estuviera entera. Este espíritu colosal y la pose rígida y con el pie adelantado responde perfectamente al estilo egipcio que pretende otorgar un halo de inmortalidad al soberano. Posiblemente fuera erigida para recordar alguna fundación que realizó el soberano en un templo de la ciudad de Pithom (Heroónpolis, en griego), en el Bajo Egipto. Como era habitual en este tipo de representaciones debería haber una estatua gemela que no se ha encontrado. Sin embargo, años más tarde, debió ser trasladada a miles de kilómetros de allí para situarla en la entrada monumental que daba acceso al palacio de Susa.

Foto de la excavación del palacio de Susa (1972) con la posición, casi in situ, en la que se encontró la estatua de Darío I.



Sobre su origen egipcio, y no persa, nadie duda. Entre otras razones, porque fue esculpida sobre grauvaca, una roca parecida al granito, obtenida en las canteras de Wadi Hammamat del Alto Egipto.

El soberano lleva un vestido persa, similar al que aparece llevando en otros relieves aqueménidas como los del palacio de Persépolis.

Detalle de bajorrelieve que representa la audiencia del rey Darío I, sentado en el trono. Sala del Tesoro, Persépolis, Irán.


El brazo izquierdo se dobla sobre el pecho y puede que en la mano llevara una flor de loto en la mano como en el relieve superior, aunque sólo se conserva el tallo de la flor. Sobre el abdomen lleva un cinturón con una daga en su vaina. El nudo del cinto lleva deletreado el nombre de Darío en jeroglíficos egipcios: drjwS.


El brazo derecho cuelga rígido y pegado a lo largo del lado derecho del cuerpo. No se ve lo que pudiera haber llevado, aunque, por las otras representaciones que conocemos, lo lógico es que fuera un báculo. Los pliegues del vestido son simétricos y muy acartonados, lo que nos recuerda las representaciones de las vestiduras arcaicas griegas.

Inscripciones jeroglíficas y cuneiformes de la parte inferior del manto.


Sobre los pliegues está escrito con jeroglíficos e inscripciones cuneiformes en persa antiguo, elamita y babilonio que el representado es Darío el Grande en nombre del dios Ahura-Mazda, "que creó esta tierra, que creó el cielo allá, que creó al hombre, quien creó la felicidad para el hombre, y el que hizo a Darío rey". La estatua no es sólo una representación del rey como faraón por la gracia de sus dios, sino que cumple además con el simbolismo tradicional del dios Hapi de "atar juntos", bajo un lazo, las Dos Tierras. Tal símbolo lo podemos ver en el cinto, pero además en la parte delantera y trasera del pedestal.

Hapi era la personificación de las inundaciones del Nilo. Fue retratado con forma humana y con plantas acuáticas sobre su cabeza. Su cuerpo mostraba tanto características masculinas como femeninas al mismo tiempo. Las masculinas estaban representadas a través de los músculos de sus piernas y brazos, simbolizando el agua fértil de la inundación. Las femeninas, por medio de los pechos y el vientre, simbolizando la tierra, fertilizada por el agua de la inundación.  Hapi fue representado a menudo sobre el trono del rey, atando la flor de loto y el papiro en el símbolo de la unificación. Esta forma estaba referida a su papel en la unificación de las dos partes del país; el norte y el sur. 


El mensaje simbólico de soberano unificador de muchas tierras continúa en el pedestal con pequeñas representaciones de veinticuatro países sobre los que gobernaba Dario.



En los laterales del pedestal se escriben en jeroglíficos egipcios dentro de cartuchos los nombres de los veinticuatro territorios del Imperio persa. Las provincias están representadas como hombres arrodillados que usan la ropa, la barba y el tocado de su nación. Sus brazos se levantan.




Las inscripciones se pueden fechar entre el 496 y 492 antes de Cristo, porque se cita al escriba oficial Khnoumibre, responsable de todos los envíos desde Egipto a Persia. También dice que fue erigida en Pithom, para dar testimonio del poder de Darío en Egipto. Lo que no es seguro que fuera trasladada de inmediato a Susa. Probablemente lo fuera poco después de la muerte de Darío el Grande, en tiempos de Jerjes. No está del todo claro el por qué se trasladó hasta la capital de Elam, pero una explicación probable es que esto ocurriese después de 486, cuando Jerjes reconquistó el país tras un rebelión de los egipcios y decidiera que era más seguro tener la estatua de su padre consigo en Susa.



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