lunes, 27 de octubre de 2014

UN SOROLLA DESCONOCIDO. LA SIESTA EN EL JARDÍN, 1904 Y OTRAS ANÉCDOTAS VERANIEGAS.

Lo que da de sí mi curiosidad.

Hurgando entre las imágenes de Pintarest descubrí hace unos días un cuadro de Joaquín Sorolla que me llamó la atención. La razón de que me detuviera en él es que se trataba de una obra bellísima que no había visto antes. A lo que se sumaba que el tema tratado era inequívocamente mediterráneo y veraniego, pero no era la típica imagen de playa. Era un retrato intimista de sus hijas, María y Elena, que me fascinó por el ambiente recreado. Las niñas posaban adormiladas por la calorina de la tarde en unas hamacas a la sombra del emparrado de un patio florido. El cuadro en cuestión tenía un título lo suficientemente expresivo: La siesta. Inmediatamente quise saber algo más del mismo y me puse en la búsqueda. En este artículo narro lo que dio de sí la indagación y todas las derivadas que me sugirió, algunas que continué y otras que dejo abiertas para futuros artículos.

Joaquín Sorolla. Autorretrato, 1904. Esta es la imagen del pintor con 41 años, uno de sus años más prolíficos y sin duda de madurez en su estilo.

El cuadro datos técnicos.

De primeras aquí va el cuadro y su descripción técnica.

Joaquín SorollaLa siesta en el jardín, 1904.

Óleo sobre lienzo, 66 x 96.5 cm.

Propiedad de una colección privada norteamericana.

¿Qué es lo que he  podido averiguar sobre tan bello cuadro?

Anécdotas y el fin de ciertas ideas preconcebidas sobre el pintor.

Lo primero es que al parecer fue pintado en Alcira (Valencia) en el verano de 1904, en la casa que el pintor alquiló para que su familia disfrutara en su tierra mientras él realizaba cerca su campaña de pintura. Sorolla llevaba desde comienzos de la década de 1890 especializándose en temas de playa y de la vida y costumbres de los marineros y sus familias. Para estar cercano y no perder el tiempo vivía con ellos y pasaba las horas del día pintando al natural junto al mar de Valencia, normalmente en las playa de El Cabañal o La Malvarosa (cercanas a la ciudad valenciana) o en Jávea (Alicante).

Su familia en algunas ocasiones se quedaba en Madrid y en otras le acompañaba a la playa. Este año en concreto, el pintor decidió que se alojaran en una casa rural de un pueblo del interior de la provincia, Alcira, porque se le había detectado la enfermedad de la tuberculosis a su hija mayor, María, la que aparece estirándose en la hamaca. Allí los tenía a pocos kilómetros y podía acercarse en cualquier momento.

Joaquín Sorolla, 1904. Mediodía en la playa de Valencia. Óleo sobre lienzo, 64 x 97 cm. colección privada. En el siguiente cuadro vemos  el trabajo de Sorolla en ese verano e incluso como una fotografía casual podemos apreciar la sombrilla que le guardaba del sol mientras pintaba.

Investigando en la red, he encontrado que las malas lenguas afirman que ésta no fue la única razón para queSorolla tuviera a su familia separada de su lugar de trabajo este año. En el libro "Sorolla a Xávia" editado por la Generalitat Valenciana en 1998 con la colaboración del Ministerio de Cultura -con textos de Florencio de Santa-Ana, director del Museo de Sorolla; Francisco Pons-Sorolla, heredero del pintor, y el periodista Abelardo Muñoz-, se revelan anécdotas de la vida del pintor que me pusieron en la pista. En él se menciona que en 1905 el pintor tuvo que salir precipitadamente de Jávea, donde realizaba su campaña de verano, porque el celoso novio deuna criada, un agente carabinero, se enteró de que Sorolla filtreaba con ella y le llegó a disparar. Tras esta anécdota se revelaba una faceta oculta que en cierta manera venía a desmitificar la adoración absoluta que todo el mundo suponía del pintor por su esposa Clotilde.

Joaquín Sorolla, 1904. Bebiendo del botijo. Óleo sobre lienzo 150 x 98 cm. Otro apunte rápido de la vida cotidiana del verano de 1904. El cuadro siempre se ha interpretado como una madre dando de beber a su hijo, ahora puede tener otras lecturas.

Indagando algo más, supe que desde hace años hay una mujer que reivindica su supuesta descendencia de Sorolla y que justificaría la separación de la familia en estos meses de verano. Según ella, su abuela, Carmen Fossatituvo un hijo del pintor el año 1905. En 1904 Carmen era una jovencita muy bella, hija del alcalde del pueblo de pescadores de El Cabañal (Pueblo Nuevo del Mar), en cuya casa se venía alojando el pintor cuando pintaba en la costa. Sorolla no llegó a legitimar al niño, pero sí que lo reconoció al pasar una pensión para su educación durante años.

Joaquín Sorolla, 1904. La hora del baño. Cuadro realizado en El Cabañal.

Las niñas. Los hijos del pintor.

El cuadro es un vergel, uno de esos cuadros de jardines que gusta pintar a Sorolla, pero es a la vez otro de sus temas favoritos: un retrato de sus hijas María y Elena, en aquel momento de 14 y 9 años respectivamente. Toda la familia estaba acostumbrada a posar para el padre que no se cansaba de retratarles. Ese mismo año realiza uno de sus grandes retratos de los mismos, incluido también su hijo Joaquín de 11, posando en su estudio que supone un homenaje tanto a Las Meninas de Velázquez como a las hijas de Boit de Sargent. El varón mira desafiante y orgulloso, demostrando bien a las claras su carácter de "príncipe mimado de la casa". Las niñas son un golpe de color rojo. La cara de María se ilumina y nos deja ver su bello rostro ya afilado por la tuberculosis que padece. La pequeña se muestra aburrida de posar.

El cuadro que nos ocupa es más espontáneo, es un apunte del natural en el que sus hijas han sido captadas como en una fotografía. De hecho, el encuadre escogido recorta las piernas de María y valora mucho más el contexto del jardín, que a las propias niñas amodorradas en ese espacio entre el sol y la sombra. Se trata de captar la atmósfera de una calurosa tarde de verano en lo que lo único que apetece es dejarse llevar por el sueño.

Pero también es un retrato en el que podemos reconocer perfectamente los rasgos físicos y la actitud de ambas niñas ¡Hasta repiten los lazos coleteros rojos en ambos retratos! María tiene la mirada perdida y cuelga sus brazos por encima de la cabeza insinuándonos una personalidad soñadora e inteligente, muy apasionada. María seguirá a su padre y con el paso del tiempo se convertirá en pintora. Elena todavía es muy niña, pero resulta graciosa, y de nuevo apoya su cabeza en el brazo mientras cierra los ojos. También será artista, pero optará por la escultura.

Joaquín Sorolla con su familia. Su mujer Clotilde y sus hijos: María Clotilde, la mayor; Joaquín, el varón; y Elena, la pequeña. La foto sería de en torno a 1904 y posiblemente fue hecha en el estudio del pintor cuando vivían en la calle Miguel Ángel de Madrid.

Calidades técnicas del cuadro. El impresionismo luminista.

La Siesta ofrece una visión encantadora y elocuente de un estilo que no encaja exactamente en el impresionismo y, a su vez, desde el punto de vista temático de varios géneros de Sorolla: el paisaje, el  tema de jardín, el retrato al aire libre, el retrato de sus hijos y la captación de un momento de la vida cotidiana e íntima, en esta ocasión, de la burguesía, de la infancia,... de su propia familia. Desde que participó en la Exposición Universal de París de 1900 parece que su estilo se separa del realismo académico con un toque social y se decanta por un impresionismo tardío. Mucha influencia tuvo la amistad que entablará en este evento con pintores como el norteamericano John Singer Sargent  y el sueco Anders Zorn, con quienes compartirá muchos elementos estilísticos (luz, pincelada, temática) y la admiración que sienten por Velázquez.

En este cuadro Sorolla despliega todas las posibilidades de la luz y el color mediterráneo. El cielo se intuye vaporoso por la calima a través de una pincelada rápida en diagonal donde hay mucho toque de blanco sobre el azul celeste. La vegetación se muestra vibrante y muy clara donde le da el sol y de colores fuertes y contrastados en sus sombras. Uvas, flores y hojas se muestran exuberantes contagiando alegría a través de los armónicos tonos. La vista en detalle de las pinceladas es un goce para los sentidos por lo que me permito poner estos detalles.

El cuadro es sorprendente por la riqueza de matices de color y por recrear a la perfección la atmósfera perezosa de una tarde de verano en las que se busca la sombra para pasar el sopor en el que se entra tras la comida. El sol cae a plomo, ni siquiera las hojas del emparrado le detienen. El pintor interpreta magistralmente este momento como un impresionista dando toques luminosos de blanco sobre hamacas, vestidos y suelo. Las sombras se disuelven en morados y verdes. La piel de las niñas también se modela mediante el contraste violento de las luces y las sombras. Al fondo, la valla se inflama con toques de amarillo claro sobre el ocre tostado.

Los otros cuadros del año 1904.

Nuestro cuadro de La siesta resulta excepcional en el contexto de lo que pinta Sorolla ese verano, principalmente, niños y las actividades de los pescadores en la playa de El Cabañal. Uno de los más bellos podría ser éste donde todo parece bullicio y alegría en el grupo de niñas que corren por la arena o el otro grupo de niños que saltan entre las olas. sin embargo, los adultos no disfrutan del momento: a las mujeres jóvenes ya se les ha pasado el  tiempo de jugar en la playa y ahora atienden a sus hijos.

Joaquín Sorolla. Verano, 1904. Óleo sobre lienzo, 149 × 252 cm. Museo Nacional de Bellas Artes de La Habana, Cuba.

El lienzo del joven pescador que tenemos debajo es el mejor ejemplo que sintetiza la obra del pintor en esta campaña: uno de los rituales diarios de la comunidad de pescadores trasladando el pescado para venderlo y, de fondo, los niños que chapotean inocentemente en el mar. Lo que une a nuestro cuadro con estos de la playa es el sol valenciano que inunda toda la composición con destellos en la piel del niño, en las escamas de los peces de la cesta y en la espuma de las olas y la infancia.

Joaquín Sorolla. Joven pescador, Valencia. 1904. Óleo sobre lienzo, 76 x 106 cm.

En la mirada de reojo que echa el joven pescador hacia los niños que disfrutan entre las olas se insinúa una cierta melancolía. El pescador sabe que en unos pocos años se les acabara el juego para pasar a tener que realizar su duro trabajo. Sorolla al realizar este cuadro pensaría posiblemente en sus propios hijos, puesto que su hijo Joaquín podría tener aproximadamente la misma edad que el niño pescador. Es muy probable que en esos momentos le preocupara el futuro de su familia: ¿Qué es lo que le deparará a sus hijos, a su esposa Clotilde y a sí mismo? Este pensamiento seguro que también animó la visión intimista de La siesta donde sus hijas dormitan despreocupadas ¿Qué pasará con su hija enferma? Creo que esta temporada el pintor asume el compromiso de que tiene que asegurarles el porvenir.

Joaquín Sorolla amparando a su familia. Elena algo desplazada en el extremo del sofá. Clotilde en el centro corrigiendo u opinando sobre el ¿dibujo? de su hija María. Y los dos Joaquines de pie observando. La foto puede ser de  1902-1903.

El éxito económico. La gran exposición de París de 1906.

Hasta ese momento Sorolla no se puede quejar de cómo ha devenido su carrera artística. Cuando realiza La siesta en el jardín y todos estos magníficos cuadros del año 1904 ya es un pintor de cierta fama y tiene en su haber una larga lista de medallas y premios nacionales e internacionales, aunque todavía no ha conseguido el éxito económico definitivo. La experiencia parisina de 1900 le proporcionó, además de amistades artísticas, los contactos profesionales que le darán la oportunidad de ampliar su clientela en el mercado internacional del arte. Su objetivo a partir de 1904 será conseguir un gran éxito internacional de ventas. Para ello necesita multiplicar la obra que pueda exponer en una futura exposición.

El taller de Sorolla en la calle Miguel Ángel 6, con los cuadros más recientes que esperan ser embalados para marchar a la exposición individual de París en la Galería Georges Petit. 1906. En la imagen podemos ver varios de los cuadros que ya hemos ido presentando que se realizaron en 1904.

La ocasión vendrá en 1906 cuando una de las galerías más prestigiosas de París, la de Georges Petit,  le ofrece la posibilidad de realizar una muestra individual, la primera de su carrera. La siesta fue una de las casi 500 obras (exactamente 497 entre lienzos y dibujos sobre distintos formatos) que Sorolla llevó a París.

La Revista del Ateneo de Madrid (Julio 1906) recoge el éxito de público, crítica y ventas: "(...) lo allí vendido. A los ocho días de inaugurada, importó el valor de las adquisiciones 200.000 francos. Después, a la expresada suma, según fidedignos informes, hay que añadir unos 150.000 más. Esto se comprende y se justifica, teniendo presente los precios alcanzados por algunos lienzos. Por dos de ellos ha pagado 35.000 francos D. Pedro Gil, 20.000 por uno que se titula El Cabo de San Antonio, y 15.000 por un retrato de la hija del pintor. Además, el marqués de Casa Riera, por la primorosa Bendición de la barca, 25.000; D. Ivo Bosch, 5.000 por un boceto, y 20.000 por la ejecución de su retrato, que Sorolla pintará en Biarritz, a toda luz, este verano." El futuro estaba asegurado.

Joaquín Sorolla inaugura su exposición individual en París. Foto y artículo que le dedica el Heraldo de Madrid el 12 de Junio de 1906.

Entre los cuadros vendidos en París en 1906 se encontraba La siesta en el jardín que fue comprado directamente del pintor por una admiradora, Lavinia Steward. Esta y sus herederos lo mantuvieron fuera de la exposición pública durante más cien años, saliendo a la luz para ser subastado en Sotheby´s de Nueva York en noviembre de 2009, alcanzando un precio final de 2.882.500 dólares. Una cifra astronómica hoy y que hubiera hecho muy feliz a Sorolla si hubiera obtenido el equivalente en 1906.

2 comentarios:

  1. Soy admiradora de Sorolla y te agradezco el trabajo tan maravilloso que has hecho escribiendo esta entrada. Un placer leerlo.

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    1. Gracias por tu amable comentario. Un saludo.

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