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lunes, 10 de febrero de 2025

LA PELÍCULA ALATRISTE Y EL ARTE DE LA PRIMERA MITAD DEL SIGLO XVII. DIEGO VELÁZQUEZ Y CARAVAGGIO. EL ARTE COMO INSPIRACIÓN DEL CINE.

El cine puede ser un instrumento para profundizar en temas de arte e historia.

He escogido  cinco escenas de la película Alatriste de Agustín Díaz Yanes para ilustrar cómo se inspira el cine en el arte. En este caso la serie de novelas de Arturo Pérez-Reverte sobre Las Aventuras del capitán Alatriste, que son la base del guion, ya daban muchas pistas. Las escenas seleccionadas en este pequeño vídeo pueden servir  para ver los siguientes aspectos:
  • -las salas de un aristócrata coleccionista de arte;
  • -la biblioteca de El Escorial y la reencarnación de Felipe IV y del Conde-duque de Olivares, siguiendo los retratos de Velázquez;
  • -una ambientación tenebrista de una habitación a lo Caravaggio;
  • -y  dos cuadros de Velázquez, El Aguador de Sevilla y La Rendición de Breda, que tienen protagonismo visual en la película.

ESCENAS DE LA PELÍCULA ALATRISTE DE A. DÍAZ  YANES.
Lamento que no pueda verse o escucharse (según los países) este vídeo educativo porque la productora Egeda tiene la propiedad del audio y no lo permite. ¡¡¡¡VIVA LA CULTURA!!!!



La película además de narrarnos la emocionante historia de Alatriste, soldado esporádico y espadachín a sueldo, puede ser aprovechada para ilustrar varios aspectos:
  • Acontecimientos históricos del reinado de Felipe IV.
  • Escenarios reales y recreados del Madrid de los Austrias.
  • Protagonistas de la historia, encarnados por actores caracterizados para parecerse a las imágenes que nos proporcionan  los pintores de la época, fundamentalmente de Velázquez, el gran retratista de la Corte.
  • La pintura de la época, puesto que la película utiliza desde la luz hasta cuadros concretos para estructurar varias escenas.

ACONTECIMIENTOS HISTÓRICOS DEL REINADO DE FELIPE IV.

La película se ubica cronológicamente en un periodo que va desde los primeros años del reinado de Felipe IV (1621-1665) hasta mediados de su reinado. Dos son los hechos históricos que nos permiten precisar fechas.

- El episodio folletinesco, pero que ocurrió realmente, protagonizado por el  heredero de la corona británica, el príncipe Carlos, y su amigo y valido del rey inglés George Villiers, el duque de Buckingham. En 1623 se presentaron en Madrid de incógnito para conocer a la prometida del primero, Ana María de Austria, hermana de Felipe IV, y negociar su matrimonio. El enlace al final no se produjo por las extralimitaciones de la pareja inglesa que escandalizaron a la corte española, puesto que en su apasionamiento romántico llegaron a escalar una tapia para ver a la princesa. Arturo Pérez-Reverte utiliza este curioso episodio para dar arranque a las aventuras de Alatriste, un hombre con un pasado importante detrás.



- El acontecimiento que cierra la película es la batalla de Rocroi el 19 de mayo de 1643 entre las tropas españolas de los Tercios, donde combate Alatriste, y el ejército francés. Esta batalla es considerada el punto de inflexión del poder militar de España en Europa porque por primera vez en doscientos años los Tercios españoles eran derrotados en batalla a campo abierto.


Hay más episodios históricos como los lances de la guerra en los Países Bajos, entre los que destaca la caída de la ciudad de Breda en 1625.

ESCENARIOS REALES  Y RECREADOS DEL MADRID DE LOS AUSTRIAS.

La película Alatriste se ambienta en escenarios reales y en escenarios posibles pero recreados donde discurre la acción.

El escenario real del que más partido se saca es del palacio de El Escorial, que sin nombrarlo viene a ser la localización de varias escenas. La más reconocible es la dependencia de la Biblioteca (que hemos destacado en el vídeo), pero también aparecen un plano en picado de la fachada de la basílica, los pasillos porticados de uno de los claustros y las dependencias de los archivos. El edificio también sale  como fondo de una escena de cacería del monarca.



Se recrearon las callejuelas, las plazas, los palacios y los conventos del Madrid de los Austrias filmando en otras localizaciones repartidas por la geografía española, entre ellas Úbeda, Cádiz, Sevilla y Valencia.

También aparecen recreaciones de otros espacios interiores que sirven para ilustrar la España del siglo XVII, como un corral de comedias, la Cárcel de Corte, diversas tabernas, palacios nobiliarios y varias habitaciones.



PROTAGONISTAS DE LA HISTORIA.

A lo largo de la película aparecen personajes reales y ficticios. La inspiración para la recreación de los reales suelen ser los retratos de Diego de Velázquez como podemos comprobar en esta selección de planos comparados con los cuadros que sirvieron de inspiración a los caracterizadores.

Don Diego de Barberana por Velázquez (1631) y el secretario Luis de Alquézar.



Angélica de Alquézar y La Dama del Abanico (1640) por Velázquez.



El conde Duque de Olivares y Felipe IV. Abajo los mismos por Velázquez.



Don Francisco de Quevedo y su retrato por Velázquez.



LA PINTURA DE LA ÉPOCA.

A través de la película también podemos analizar la pintura de la época desde distintos puntos de vista.

El coleccionismo.

Uno de los personajes centrales de la historia, el duque de Guadalmedina, es soldado, político y amante del arte. Este Grande de España se ufana de tener una buena colección de pintura y de tener buen ojo para los pintores jóvenes. En el vídeo podemos ver que dice que ha comprado a Velázquez el cuadro conocido como El aguador de Sevilla, que tiempo después cuelga junto a La Dama del Armiño de El Greco entre otros. Las salas de su palacio es un auténtico museo.



El tenebrismo de Caravaggio.

La fotografía de la película emula en todo momento la obra de pintores de la primera mitad del sigo XVII.

A menudo la iluminación de los interiores nos recuerda la teatral técnica del tenebrismo que populariza Caravaggio al  comienzo de siglo. Las luces asoman por una esquina superior, como si estuviéramos en un semisótano,  atrapando con un  extraño color amarillento el polvo del ambiente. En el vídeo o en la foto de abajo podemos ver además como con la luz selecciona los objetos y los detalles que le interesa resaltar, dejando en penumbra lo secundario. Premeditadamente el director quiere crear la impresión  al comenzar ciertas escenas de que el espectador está contemplando un cuadro costumbrista de la época que gracias a la magia del cine poco a poco comienza a tomar movimiento y vida.



Este mismo plano nos puede servir también para explicar otro concepto pictórico de la época como es el naturalismo. Por otra parte el "cuadro" es en sí una naturaleza muerta.

La obra de Velázquez.

Como hemos podido comprobar gran parte del ambiente y de los personajes de la película están montados sobre los cuadros de Velázquez. Sin embargo, hay dos que tienen protagonismo por sí mismos en varias secuencias (ver el vídeo) y que marcan la luz y el color de distintos momentos de la película.
El Aguador de Sevilla marca el estilo preciosista y realista. En él se inspiran también la iluminación de interiores con tonos amarronados  y amarillentos, así como los tremendos claroscuros tenebristas.
- La Rendición de Breda sirve para ambientar el colorismo frío de azules y la neblina de los hechos narrados en los Países Bajos.


ACTIVIDADES

Os propongo las siguientes actividades:
- que investiguéis especialmente sobre estos dos cuadros últimos de Velázquez  y  en menor medida sobre los citados anteriormente. Haced una ficha artística de los mismos.
- Volváis a ver la película e intentéis aplicar más semejanzas entre cuadros de este genial pintor y la película. Los cuadros propuestos serían: El triunfo de Baco, Los bufones, Las Meninas, Felipe IV cazador...





miércoles, 10 de agosto de 2016

VELÁZQUEZ Y LAS SIBILAS

Este artículo veraniego surge de una consulta hecha por una lectora de este blog que me preguntaba por dos obras de Velázquez a raíz del post sobre Velázquez y la mitología. Debo reconocer que cuando lo estudié apenas había reparado en ellas. Se trata de los dos óleos que la crítica y los historiadores del arte han llamado Sibilas y que, al ser obras menores, han pasado muy desapercibidas. Lo que expongo es el debate en extenso e ilustrado con imágenes de lo que hemos comentado por si sirviera para alguien más.

Las obras a debate son las siguientes (la datación es la que ofrecen los museos en donde residen):


Diego Velázquez. Sibila, hacia 1632. Óleo sobre lienzo, 62 x 50 cm. Museo del Prado.


Diego Velázquez. Sibila con tabula rasa, entre 1644-48. Óleo sobre lienzo, 64 x 58 cm. Meadows Museum of Art, Dallas, Estados Unidos.



En primer lugar, he de decir que la historiografía no se pone de acuerdo en dos cosas fundamentales: el tema y la cronología

Sibilas.


Con respecto al tema, puesto que Velázquez no puso título a estas obras, se abre la polémica sobre qué representan estas medias figuras femeninas de perfil, que miran hacia la derecha y que sostienen una tablilla (¿?) con su brazo izquierdo. La opinión más generalizada es que se trata de sibilas, aunque hay quien las considera alegorías de la Pintura o de la Historia. Lo más probable es que sea acertado el considerarlas sibilas puesto que desde que Miguel Ángel las utilizara como recurso iconológico en la bóveda de la capilla Sixtina se convirtieron en un tema recurrente de los manieristas y de los primeros pintores barrocos italianos.


Miguel Ángel. Sibila Délfica, 1509, detalle del fresco de la capilla Sixtina.



Las sibilas fueron personajes de la mitología grecorromana a los que se adjudicaban poderes adivinatorios, y que fueron adoptados por el pensamiento cristiano, que consideraba que habían anticipado la llegada de Cristo. El objeto que portaban (tabla, libro, lienzo o pergamino) estaría destinado a servir de soporte donde escribir sus premoniciones. 

La sibila fue un tema común entre los pintores clasicistas italianos del siglo XVII, que admiraba Velázquez, por lo que pudo haber hecho su aportación al mismo a raíz de su primer viaje a Italia. Existen magníficos ejemplares de mano de Domenichino, Orazio Gentileschi, Guido Reni o Guercino. Las sibilas italianas de la primera mitad del siglo XIX generalmente tienen en común la recreación idealizada de la figura femenina, unos ropajes suntuosos siendo casi perenne un exótico turbante y una expresión bucólicamente pensativa. Veamos algunas de ellas para compararlas con las de nuestro pintor.


Domenichino. Izquierda: Sibila Pérsica, (1620-1624). Óleo sobre lienzo, 77.4 x 68.2 cm. Wallace Collection, Londres. Derecha: Sibila de Cumas (detalle), (1616-17). Óleo sobre lienzo, 123 x 89 cm. Gallería Borghese, Roma.




Orazio Gentileschi. Izquierda: Sibila, (1635-1638). Óleo sobre lienzo, 59.9 x 68.7 cm. Royal Collection Trust (UK), Hampton Court Palace Painting, Londres. Derecha: Sibila, (1620-26). Óleo sobre lienzo, 81 x 73 cm . Museum of Fine Arts, Houston, EE.UU. 



Guido Reni. Izquierda:Sibila, (1636). Óleo sobre lienzo, 74,2 x 58,3 cm. Pinacoteca Nacional de Bolonia, Italia. Derecha:Sibila. Óleo sobre lienzo. Palazzo Rosso, Genova.



Guercino. Izquierda arriba: Sibila Líbica, (1651). Óleo sobre lienzo, 116.3 x 96.5 cm. Royal Collection Trust (UK), Buckingham Palace, Londres, Reino Unido. Derecha arriba: Sabina Helespóntica. Óleo sobre lienzo, 116.3 x 96.5 cm. National Trust, Ickworth, Reino Unido. Izquierda debajo: Sibilla Persica, 1647. Óleo sobre lienzo, Pinacoteca Capitolina, Roma. Derecha debajo: Sibila Samia, 1651. Óleo sobre tela, 137 x 116 cm. Fondazione Carisbo, Bolonia, Italia
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Vistas estas sibilas italianas, salta en seguida que Velázquez de nuevo se puede apoyar en el género pero aporta su especial visión de la pintura y de la figuración. Es un estilo muy distinto: frente a la idealización femenina, rostros reales de pelo rebelde; frente al ropaje lujoso, sencillas ropas y como mucho un collar en una de ellas; frente a expresiones pensativas, serenidad.


Diego Velázquez. Izquierda: Sibila, hacia 1632. Óleo sobre lienzo, 62 x 50 cm. Museo del Prado. Derecha: Sibila con tabula rasa, entre 1644-48. Óleo sobre lienzo, 64 x 58 cm. Meadows Museum of Art, Dallas, Estados Unidos.




Los retratos femeninos.


Que al menos la primera es un retrato es evidente, ya que refleja un rostro muy real, donde asoman unos rasgos muy singulares de una joven que no son en absoluto idealizados. Lo que no es seguro es que sea el retrato de su mujer, aunque hay quien lo sostiene sin argumentar ninguna prueba. Podría ser, porque era frecuente que los pintores tomaran como modelos a sus personajes cercanos. Y esto sucedió con Velázquez desde bien joven, todavía en Sevilla el pintor utilizó a su mujer, Juana Pacheco, y a su propia hija recién nacida, Francisca, en el cuadro de la Adoración de los Reyes Magos de 1619, como Virgen María y niño Jesús respectivamente.


Diego Velázquez. Adoración de los Reyes Magos (detalle), 1619. Óleo sobre lienzo, 2,04 m x 1,26 m. Museo del Prado, Madrid. La edad de Juana, si es la imagen de la Virgen, sería de 17 años.





¿Es Juana Pacheco la imagen de la primera Sibila? Durante mucho tiempo se ha afirmado que sí, aunque el parecido no es tan evidente entre las dos obras, pero, sobre todo, si la obra fuera de las décadas de los 30, tampoco coincidiría por la edad, ya que la muchacha retratada parece adolescente y Juana ya estaría por estas fechas en la treintena. Sin embargo, sería la edad propicia para que Velázquez retratara a alguna de sus dos hijas, Francisca e Ignacia, nacidas respectivamente en 1619 y 1621. De hecho, el rostro de la sibila se parece más a la figura femenina de otro cuadro de Velázquez datado en los comienzos de los años 30, Santa Rufina.

Diego Velázquez. Santa Rufina, 1629-32. Óleo sobre lienzo, 79 x 64 cm. Centro Velázquez, Fundación Focus-Abengoa, Sevilla, España. Santa Rufina aparece en solitario como niña con una hoja de palma, símbolo del martirio que sufrió, y unas piezas de loza puesto que su familia era alfarera. Sin embargo, ¿Dónde están su hermana Justa y la Giralda, habitualmente presente en las representaciones de estas santas sevillanas? Seguro que debió existir un cuadro parejo.





Si nos fijamos con atención coinciden en guedejas acaracoladas de las patillas y por encima de la frente y, yo diría, que el pañuelo enroscado que recoge el pelo de la santa y de la adivinadora es el mismo. Pero si ahondamos aún más en la fisonomía hay elementos comunes muy singulares, haciendo la salvedad de las edades de las modelos (unos 8-10 años para la primera y 13-15 para la segunda) como son los labios pequeños pero abultados, carrillos rollizos y barbilla ligeramente retraída.



Si a esto añadimos que las dos se encuentran delante de un fondo beige degradado. Para mi son las dos hijas de Velázquez o es una de ellas representada en dos edades distintas.




La segunda sibila también mantiene un "aire", similitudes físicas, pero al moverse y volver la cabeza deja en una intuición el reconocimiento de sus rasgos faciales.




Esta reflexión nos lleva al segundo misterio sobre las obras: su cronología.

La cronología y el estilo.

No se sabe con exactitud la datación de las sibilas. La atribución de una fecha u otra se hace por comparación estilística con otras perfectamente datadas. En la que hay más consenso es con la primera que como mucho se le da una horquilla que va desde 1629 a 1635. Sin embargo, los expertos no se ponen de acuerdo con la segunda dando cada uno una posible fecha y dejando abierta una franja muy amplia que las sitúa entre las décadas de los 30 y de los 50. Mi impresión es que no hay tanta distancia entre ellas. Observo que en ambas todavía hay algo del estilo naturalista caravagiesco del que Velázquez no se desprendió hasta la segunda mitad de los años 30. Predominan: los tonos terrosos; la importancia de la luz sobre el color; la no ubicación en un espacio concreto; y el tratamiento sencillo y realista de la modelo, sobre todo del animado cabello. Los fondos oscuros, característicos del tenebrismo puro de sus años sevillanos, han dejado paso a tonos grisáceos que van aclarando la superficie, lo que prueba la transformación de su técnica al contacto con lo que Madrid y las colecciones reales le ofrecían. El suave modelado de la piel, aún en las sombras, indica el uso de pinceladas con una imprimación muy ligera, que producen realistas efectos entre las zonas iluminadas y las sombras




La factura de la pintura en ambas es admirable, aunque bien distinta. La primera posee un dibujo prieto, más perfilado y rotundo, con pincelada cargada de materia pictórica, mientras que la segunda es de pincelada rápida más abocetada, lo que se aprecia mejor en el vestido sólido de la primera y el vaporoso de la segunda. Esta diferencia puede radicar en que son de épocas distintas o que el primero es un cuadro acabado y posiblemente retocado por el artista y que el segundo sea sólo un boceto que no llegó a completarse.



Precisamente esta diferencia es la que ha servido para situar esta segunda sibila,Sibila con tabula rasa”, en la década de los 40 o incluso en la de los 50. Aunque hay quien relaciona esta imagen con los dibujos preparatorios del Apolo de la Fragua de Vulcano que Velázquez pintó durante el primer viaje a Italia entre 1630-31.


Diego Velázquez. Estudio de cabeza de Apolo, 1630. Óleo sobre lienzo, 36 x 25 cm. Colección Wildenstein, Nueva York, Estados Unidos. El perfil definitivo de Apolo en la fragua es más varonil, aquí tiene más semejanza con nuestras figuras femeninas.




La semejanza entre este Apolo y la sibila es sorprendente.



Los argumentos para datar a la sibila de Dallas en la década de los 40 y de los 50 radican en que la técnica de Velázquez resulta muy suelta y trasparente. Hay algunos expertos que la relacionan, a mi parecer sin mucho criterio, con La venus del Espejo: "por sus facciones y ejecución" y otros con Las Hilanderas, pensando que la modelo para las figuras de las costureras fue usada para esta sibila. Juzgad por vosotros mismos.


Diego Velázquez. Venus del espejo (detalle), 1647-1651. Óleo sobre lienzo, 122 cm × 177 cm. National Gallery, Londres, Reino Unido.





Diego Velázquez. La fábula de Aracne o Las hilanderas (dos detalles de las costureras), c 1657. Óleo sobre lienzo, 222,5 cm × 293 cm. Museo del Prado, Madrid.


Mas cercanía encuentro entre nuestras sibilas y otros dos cuadros, también de la década de los 30 como La Costurera o la Dama del Abanico.


Diego Velázquez. La costurera, hacia 1635-1643. Óleo sobre lienzo, 74 cm × 60 cm. Galería Nacional de Arte, Washington, Estados Unidos.




Diego Velázquez. La Dama del abanico, c. 1635. Óleo sobre lienzo, 95 cm × 70 cm. Colección Wallace, Londres, Reino Unido.



Conclusiones.



1.- Creo que las dos obras tiene bien puesto el nombre cuando se las atribuye que sean sibilas.

2.- No creo, en cambio, que pertenezcan a un conjunto que ilustrara distintas sibilas identificables por su procedencia, del tipo de las que se pueden ver más arriba de distintos pintores italianos.


3.- Pese a que el tema es el de una sibila, creo que Velázquez utiliza el tema como recurso pictórico para pintar retratos de sus mujeres queridas, ya sean su mujer Juana o sus hijas Francisca e Ignacia. Es más, me decanto porque las representadas son sus hijas o una sólo de ellas. Al no ser nobles no tenían la categoría para ser retratadas singularmente y el pintor recurre a camuflarlas como personajes alegóricos, religiosos (Santa Rufina) o mitológicos. 


4.- Que la fecha de su realización estaría situada en la década de los 30.



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Otros artículos sobre Velázquez también en este blog.



Velázquez y la pintura mitológica.


Velázquez en su exilio londinense.


 Cuadros del pintor en las colecciones de Londres.



sábado, 7 de marzo de 2015

DIEGO VELÁZQUEZ Y LA PINTURA MITOLÓGICA. Contexto histórico-artístico y análisis de sus principales cuadros.

Diego Velázquez fue el pintor del Barroco español más completo, puesto que, además de su absoluta genialidad y maestría con los pinceles, cultivó todos los géneros pictóricos de la época: el retrato, los temas históricos y religiosos, la escena costumbrista mezclada con el bodegón, el paisaje de manera independiente o como protagonista especial de sus otros cuadros... Y, por supuesto, el desnudo y el tema mitológico, dos géneros poco practicados en España por su comprometida carga moral y religiosa, pero que, a mi juicio, son los que le elevan como gran artista de la tradición clásica occidental. Es precisamente este aspecto el que trataré en este artículo. Para un conocimiento más general de su vida, de sus características y de sus etapas, véase el artículo que ya le dediqué en su momento en el siguiente enlace.



Hasta nuestros días han llegado seis cuadros mitológicos y noticias de otros cinco más. Todos ellos se reparten de manera desigual entre alrededor de 1628 y las vísperas de su muerte en 1660.

Sobre el porqué de la temática mitológica de Velázquez.

Diego Velázquez, nace y se educe en Sevilla. Pese a lo cosmopolita que podía ser la ciudad natal de nuestro pintor en el primer cuarto del siglo XVII, las inquietudes culturales de los artistas y el mecenazgo de la Iglesia Católica no favorecieron en absoluto que se realizaran cuadros de temática mitológica en la ciudad. Lo que se demandaba de los pintores sevillanos de la época eran cuadros religiosos de devoción contrarreformista o a lo sumo escenas costumbristas con tipos populares a la manera de Caravaggio, como lo demuestra la producción no sólo de Velázquez, sino también la de otros artistas que también serían renombrados en la ciudad como Zurbarán o Murillo.

Diego Velázquez. Vieja friendo huevos. National Galleries of Scotland, 1618. Óleo sobre lienzo,100.5 x 119.5 cm. Un ejemplo de su pintura en Sevilla, donde si hay algo que le acerca a la pintura mitológica que luego realizará, es que el pintor maneja de manera muy libre las convenciones narrativas. Es una obra en el que se entabla un diálogo entre el artista y el espectador acerca de lo simbólico de los objetos y la captación de las expresiones de los personajes, lo que luego hará en sus cuadros mitológicos. Otro elemento que relaciona los géneros es el naturalismo, la ausencia de idealización con el que trata los temas: tipos populares, para nada embellecidos, y escenarios coetáneos al artista.


En 1623, tras una tentativa previa de hacerse un hueco en Madrid, Diego Velázquez consiguió un puesto como pintor de cámara del rey Felipe IV. Será entonces, bajo el patrocinio del monarca y bajo la influencia de una cultura cortesana habituada a utilizar la mitología como el lenguaje simbólico del poder, cuando el artista se iniciará y practicará en esta temática. 

Al trabajar en Madrid, el joven pintor rompía las amarras de la mojigatería sevillana y adquiría otra perspectiva, otros conceptos culturales o gustos pictóricos. Pintar en la Corte y para Felipe IV era la oportunidad de conocer el mundo clásico por muchos motivos. 
  • Al estar en palacio le permitió observar y estudiar obras mitológicas realizadas por muchos otros pintores de distintas épocas. Nuestro pintor comprendió al contemplar tan magníficas colecciones de pinturas que la mitología era uno de los géneros que debería practicar si quería hacerse un hueco a la historia del arte universal. Del Renacimiento, sobre todo de la escuela veneciana de la que el monarca había heredado una imponente colección, había en palacio obra de Tintoretto, Veronés o, especialmente, de Tiziano. Una de sus colecciones más amadas por Felipe IV era la llamada "poesías" de Tiziano, que representaba episodios amatorios de los dioses. 
Tiziano. Dánae, 1551-1553. Óleo sobre lienzo, 192, 5 x 114, 6 cm, The Wellington Collection, Apsley House. Provenía de la colección real de Felipe II y fue regalada por Fernando VII al duque de Wellington.



  • El rey también encargó a pintores contemporáneos importantísimos proyectos decorativos para sus palacios donde la mitología tenía un protagonismo especial al ser utilizada como símbolo político. Velázquez a partir de los años 30 será el encargado de planificar y dirigir su decoración interior. Es el caso de la decoración del Salón de Reinos del nuevo palacio del Buen Retiro para el que encargó a Zurbarán, amigo de la estancia sevillana de nuestro pintor, una serie sobre los trabajos de Hércules mientras él se encargaba de los retratos y algún cuadro histórico de la sala Velázquez participó pintando retratos de la familia real de cacería y, con seguridad, en la colocación del conjunto del pabellón de caza en el monte de El Pardo, conocido como la Torre de la Parada.  Para aquel edificio, Rúbens y su taller realizaron más de sesenta pinturas de carácter mitológico sobre la Metamorfosis de Ovidio
Francisco de Zurbarán. Hércules desvía el curso del río Alfeo, 1634. Óleo sobre lienzo, 133 cm x 153 cm. Procedencia Palacio del Buen Retiro, Madrid. Actualmente en el Museo del Prado. Este es uno de los 12 Trabajos de Hércules que realizó para el Salón de Reinos del Palacio de Buen Retiro, con los que se quería comparar a Hércules con la monarquía de los Austrias. El significado de esta historia se ha visto como una imagen del gobernante poderoso y victorioso que libera el país.



Pedro Pablo Rúbens. Saturno devorando a un hijo, 1636-1638. Óleo sobre lienzo, 182,5 cm x 87 cm. Procede de la colección real  de la Torre de la Parada, El Pardo-Madrid, hoy expuesto en el Museo del Prado.  Rúbens realizó además personalmente para el palacio de El Retiro el espléndido cuadro del Juicio de Paris que también podemos contemplar en el Museo del prado y que se terminó en 1639.


  • - Estar en la corte significaba intercambiar ideas con la élite intelectual que trabajaba allí. Las referencias mitológicas eran frecuentes en las obras de poetas como el sevillano Góngora, al que pintó en su primera vista a Madrid en 1622, que ya había escrito su célebre poema Fabula de Polifemo y Galatea (1612). También disfrutó del genio de dramaturgos como Lope de Vega. Éste último estrenó una égloga pastoril como La selva sin amor en el salón grande del Alcázar de Madrid en diciembre de 1627. No se trataba sólo de contar historias y mitos en una vistosa escenografía, sino de representar el pasado como alegoría política del presente.
  • - Ser un cortesano le permitió entablar relación con mecenas de las artes que visitaron Madrid durante este periodo y que eran apasionados coleccionistas de obras mitológicas. El primero fue en 1623 el príncipe Carlos de Inglaterra, un coleccionista casi compulsivo de Tiziano, para el que llegó a pintar un retrato y que se llevó de palacio como regalo del monarca la magnífica Venus de El Pardo de Tiziano. En 1626 visitaron la corte Francesco Barberini, sobrino del papa Urbano VIII, y su secretario Cassiano del Pozzo, anticuario y erudito, que también emplearon a nuestro pintor.  Felipe IV no solamente regala cuadros, en 1637 recibía como el obsequio del cardenal Nicollo Ludovisi de dos magníficos cuadros de Tiziano que pasaron a a su colección palatina y hoy podemos contemplar en el Museo del Prado, La Bacanal de los Andrios, del que se puede ver un artículo  en este blog, y La ofrenda a la diosa Venus.

Tiziano. Venus de El Pardo, 1535-40. 196 x 385 cm. Perteneció a la colección del monarca Felipe IV y hoy se encuentra en el  Museo del Louvre.


Tiziano. Ofrenda a Venus, 1518 - 1519. Óleo sobre lienzo, 172 cm x 175 cm. Museo del Prado de Madrid.



  • - Al ser uno de los pintores más prometedores de la Corte conoció personalmente a grandes artistas que pasaban por la corte. Quien, sin duda, ejerció una influencia más decisiva en este sentido fue el pintor Pedro Pablo Rubens, que llegó a Madrid en septiembre de 1628 y que vivió aquí durante siete meses. Se puede decir que entre los dos pintores se estableció una relación de amistad. El prestigioso Rubens encauzó a Velázquez hacia nuevos horizontes estéticos, además de convertirse en el modelo de artista cortesano al que emular. Seguro que a su lado pudo darse cuanta de la importancia de ensayar este género para su ser considerado en su oficio y de que debería conocer aún mejor la pintura italiana y la escultura clásica.
El primer cuadro mitológico de Velázquez. 

El Triunfo de Baco será el primer cuadro en el que Velázquez afronta el tema mitológico. Parece que la obra fue realizada como muy tarde a comienzos del año 1629, bien fuera por recomendación de Rubens o como emulación de la pintura mitológica que contemplaba en palacio. El caso es que no hay mucha influencia de este pintor cortesano ni del colorismo veneciano y sí del naturalismo de Caravaggio, que se aprecia en:
  1. - el semitenebrismo de la obra que deja varias figuras casi oscuras y el predominio de los tonos terrosos.
  2. - los modelos humanos tanto del dios como de los hombres que le acompañan, que responden a tipos populares.
  3. - la ambientación de la escena como un cuadro costumbrista, donde el joven dios se ve rodeado de "borrachos" sacados de cualquier taberna y de míseras lozas y vidrios.
  4. - la exposición en primer plano de objetos a la manera de bodegón.  


En esta primera incursión en el género mitológico, el pintor nos deja ya una impronta original sobre su forma de tratar el tema, rechazando acogerse a las fórmulas de la idealización y haciendo a sus dioses más humanos. Con Los Borrachos Velázquez demostraba que era capaz de abordar una fábula mitológica de una manera personal, creíble y sin precedentes; daba una lección de su habilidad para construir una composición en la que existía variedad de actitudes y gestos; y encaraba además por primera vez en su carrera, al mismo tiempo que la mitología, el desnudo.

Diego Velázquez. Los borrachos o El triunfo de Baco, 1628-29. Óleo sobre lienzo, 165 cm x 225 cm. Museo del Prado, Madrid. La escena ha recibido variedad de interpretaciones. El cuadro describe una escena donde aparece el dios Baco que corona con hojas de hiedra, a uno de los siete borrachos que lo rodean. Hay quien ve una parodia burlesca de la mitología y quien simplemente ve una aproximación realista a una historia con moraleja de realidad: el dios que premia a los hombres con el vino, el cual les libera de forma temporal de sus problemas. Teniendo en cuenta que el cuadro fue muy probablemente un encargo de Felipe IV, algunos investigadores han intentado interpretarlo en clave política un poco traída por los pelos.

 
Debajo izquierda. Caravaggio. Baco, 1595. Óleo sobre lienzo, 95 cm x 85 cm. Galería de los Uffizi de Florencia, Italia. Debajo derecha. Detalle del Triunfo de Baco de Velázquez. Pese a las semejanzas entre ambos "bacos", el de Caravaggio denota una idealización (musculatura, pose o mirada)  que no tiene el joven adolescente de Velázquez (menos apolíneo, sólo hay que ver la incipiente barriguilla, y de una actitud nada insinuante, entre atemorizado y ruborizado). De Rubens, que por la fecha de realización coincide con la visita del pintor flamenco, realmente hay bien poco en esta composición, salvo tal vez la ubicación de la escena en un paisaje abierto de fondo que podría ser la sierra de Guadarrama. La obra abunda en tipos de gran personalidad individual y es un alarde de realismo expresivo.



La mitología y la Roma de 1630. La fragua de Vulcano.

En agosto de 1629 Velázquez se embarcó rumbo a Italia, donde permanecerá más de un año. Su destino final fue Roma, donde se vivía un auge artístico irrepetible y donde el tema mitológico entre escultores y pintores estaba en primer plano. Mientras residió allí, varios artistas realizaron grandes cuadros de esta temática que constituyen sendos hitos de la pintura barroca. Se trata fundamentalmente de El rapto de Helena de Guido Reni, La muerte de Dido de Guercino y El rapto de las Sabinas de Pietro da Cortona. Estos cuadros junto con las obras que ya estaban empezando a crear fama a Poussin, proponían alternativas distintas a la narración mitológica, y entre todos demostraban la enorme vitalidad que tenía el medio creativo romano. Todas constituían respuestas originales a la tradición clásica: el énfasis barroco de Cortona, la elegancia de Reni, la contención expresiva de Guercino o el acercamiento introspectivo e intelectualizado de Poussin al mito clásico.

Pietro da Cortona. El rapto de las sabinas, entre 1627 y 1629. Óleo sobre lienzo, 280.5 x 426 cm. Museo Capitolino, Roma.



Guercino. La muerte de Dido, 1631. Óleo sobre lienzo, 287 x 335 cm. Galleria Spada, Roma.


 Guido Reni. El rapto de Helena, 1631. Óleo sobre lienzo . Museo de Louvre de París. 


Nicolas Poussin. El Parnaso, 1631 - 1633. Óleo sobre lienzo, 145 cm × 197 cm. Museo del Prado, Madrid.



La respuesta que dio Velázquez a este ambiente fue, como todas las suyas, profundamente original, demostrando su capacidad para asimilar los estímulos externos y "traducirlos" a su propio lenguaje artístico en uno de sus mejores cuadros: La fragua de Vulcano. Sobre este cuadro no me voy a extender mucho puesto que ya existe un artículo monográfico sobre el mismo en este blog

Diego de Velázquez. La fragua de Vulcano, 1630. Óleo sobre lienzo, 223 cm x 290 cm. Museo del Prado, Madrid. el pintor elige el momento de la Historia que relaciona a Vulcano, Venus y Marte, cuando Apolo comunica al herrero de los dioses que su esposa le es infiel.


Los cambios que existen entre La fragua respecto a Los borrachos son múltiples. Afectan tanto a cuestiones de composición como de estilo o de lenguaje narrativo. Velázquez opta por situar a sus personajes de manera más compleja en el espacio. Cada personaje tiene gestos y actitudes corporales distintos, pero todos participan de un mismo acontecimiento. El núcleo del cuadro desde el punto de vista compositivo y narrativo es una estructura elíptica que tiene como hitos las cabezas de los cuatro personajes principales, y que sirve no sólo para crear espacio, sino también para concentrar nuestra atención de una forma circular a través de sus miradas y expresiones. Por otro lado, el tema podría haber dado lugar a una escena ridícula o paródica y, sin embargo, Velázquez huye de la burla o del morbo de un momento tan comprometido del mito y lo utiliza para hacer un discurso plástico sobre las reacciones ante el conocimiento de una noticia de gran impacto.


La fragua, además supone un paso más en la investigación sobre el desnudo. Los rostros todavía pueden ser caravaggiescos como en Los Borrachos, pero los cuerpos son de un estudio anatómico clasicista, en gran parte inspirados en la estatuaria antigua que ha podido contemplar en Italia. La paleta es notablemente más variada y de una viveza inexistente en su obra anterior

Dioses y personajes de la Antigüedad.

Una pintura de fecha incierta es la del Dios MartePosiblemente fue pintado para la Torre de la Parada, ya mencionada al hablar de los encargos realizados a Rubens. Se relaciona con las imágenes de los filósofos Esopo y Menipo con quienes compartía destino en el palacete de caza de El Pardo. 

Velázquez pintó al dios de la guerra sentado, desplegando todos sus atributos militares: bastón de mando en la mano, casco sobre la cabeza y armadura, escudo y espada en el suelo, a sus pies. Presenta un aire melancólico y un aspecto cansado, muy diferente a la imagen triunfante tradicional como aguerrido soldado o conquistador de las gracias de Venus. Se ha interpretado como una posible alegoría de la decadencia política y militar de España y de las derrotas de los famosos tercios españoles. También se ha interpretado como un mensaje a Felipe IV como los peligros de la relajación en la acción de gobierno. Lo único seguro es que  el pintor juega con la paradoja y, como es habitual en sus obras, busca la sorpresa, involucrando al espectador en un juego múltiple de significados.

Velázquez. El dios Marte, hacia 1638. Óleo sobre lienzo, 179 cm x 95 cm. Museo del Prado.


La obra ha sido vinculada a obras que Velázquez conocería durante sus viajes a Italia, como la escultura clásica del Ares Ludovisi de Lisipo y, especialmente, Il Pensieroso de Miguel Ángel para la tumba de los Medici en Florencia. Sin embargo, en el cuadro se advierte una voluntad muy explícita de representar carne vivficada por sangre, muy alejada de cualquier concomitancia escultórica. Para ello, el pintor ha construido al personaje con color y no con línea. Es perceptible la influencia de Tiziano y Rubens, sobre todo en la combinación de colores y el tratamiento de las carnaciones. 

Ares Ludovisi, copia en mármol romana de un original de Lisipo, siglo IV a. C.


Si leemos a Marte en el contexto iconográfico de la Torre de la Parada con las otras obras de personajes mitológicos que pintó Velázquez, Esopo y Menipo, nos encontramos ante una aproximación a personajes del mundo antiguo desde una clave desmitificadora. Los filósofos no son personajes ideales y ennoblecidos, sino que se encarnan en tipos pobres que nos miran con expresión irónica. Estas figuras se ajustan a un tipo pictórico del siglo XVII que se conoce por el nombre de "el filósofo mendigo" y que tuvo en José de Ribera a uno de sus exponentes más destacados. Menipo parece una total invención del artista, puesto que no se conoce ninguna imagen anterior del filósofo. Velázquez nos presenta al cínico a punto de darnos la espalda, desechando los libros y el saber y dirigiéndonos una última mirada de desdén a aquellos que hemos elegido vivir en el mundo. Esopo es un hombre de edad avanzada con una mirada bovina, una alusión irónica al fabulista que utilizaba a los animales para caracterizar el comportamiento humano.

Velázquez. Izquierda: Menipo, 1639-41. Óleo sobre lienzo, 179.5 × 94 cm. Derecha: Esopo,1639-41. Óleo sobre lienzo, 179.5 × 94 cm. Museo del Prado.


El Demócrito de Ribera, fechado en 1630, es la esencia de este concepto, que consiste en encarnar a un venerable personaje de la Antigüedad en un tipo popular y grosero, vestido con harapos del siglo XVII. Velazquez pudo contemplarlo en el mismo Nápoles donde se pintó porque la fecha de su realización coincide con el de la visita del pintor a la ciudad. La inspiración en el mundo tabernario de Caravaggio es indudable, pero el humor que impregna los retratos de los filósofos de Velázquez es prueba de la capacidad inventiva de nuestro pintor.

José de Ribera. Demócrito (¿Arquímedes?), 1630. Óleo sobre lienzo, 125 cm x 81 cm. Museo del Prado.


El desnudo femenino. La Venus del Espejo.

A través de los temas mitológicos Velázquez nos va mostrando como se enfrentó a la representación del cuerpo desnudo masculino a lo largo de su carrera, pero no ocurre lo mismo respecto al femenino. El asunto se complicaba en la España de la época porque, aunque existían muchos cuadros con mujeres desnudas en las Colecciones Reales, lo cierto es que estaba considerado pecado mortal pintarlos o exponerlos públicamente. Por eso es excepcional el cuadro conocido como la Venus del Espejo.

Veláquez. Venus y Cupido o la Venus del espejo. Óleo sobre lienzo, 1,225 x 1,77 m. National Gallery, Londres.


La obra parece ser de la década de los 40 o de su segundo viaje a Italia (1649-51). Su representación iconográfica no resulta tan original en el contexto internacional puesto que sería un desnudo convencional ya hecho en Venecia o en Flandes. Sin embargo, la obra transmite una extraordinaria impresión en el espectador y ha sido motivo de inspiración para muchos artistas por la perfecta consonancia entre la forma y la técnica. Pintada a base de seductores contrastes de textura, la superficie posee una calidad sensorial que realza el atractivo sensual del tema representado. La tersura y la tonalidad rosada y cremosa de las carnaciones se hacen resaltar mediante la tela o colcha azul grisáceo sobre la que se reclina la diosa, mientras que los tonos más cálidos del fondo sugieren un escenario íntimo y reservado. Velázquez intensifica también el cargado erotismo de la pintura por otros medios: por ejemplo, mostrando en su totalidad la parte posterior de la figura, pero revelando sólo parcialmente, en el espejo, la vista frontal. Como de costumbre en nuestro pintor, todas las influencias y precedentes quedan asumidos y superados por un prodigio de novedad.


El mito vuelve a ser desmitificado. El Cupido de Velázquez, arrodillado y con aire melancólico, apoya sus manos una sobre otra y a la vez sobre el espejo, mientras una cinta cae sobre sus muñecas. Es la ligadura voluntaria, pero triste, del Amor atado a la imagen de la Belleza, de Cupido rendido y prisionero de esa fatal hermosura. La mujer que nos da insolentemente la espalda no se preocupa más de Cupido que del espectador. Toda su atención está concentrada en su rostro reflejado en ese espejo que es atributo de la Verdad y de la Vanidad y que no puede ocultarnos la vulgaridad de su cara que no corresponde a la idea de belleza del un cuerpo divinizado.

Las Hilanderas o la Fábula de Aracne.

El supremo ejemplo de la libertad con la que Velázquez manipulaba los temas mitológicos para plantear con ellos problemas no sólo de carácter narrativo sino también de lenguaje artístico lo constituyen Las Hilanderas.  Fue un cuadro que durante muchos años se interpretó en términos estrictamente realistas, mostrando una escena de las trabajadoras del taller de tapices del mismo palacio. Hoy se sabe que es una representación compleja y altamente intelectual del mito clásico de Aracne. 

Velázquez. Las hilanderas, o La fábula de Aracne, 1655 - 1660. Óleo sobre lienzo, 220 cm x 289 cm.



Según la fábula narrada por Ovidio (Metamorfosis), Aracne era una joven maestra en el arte de tejer, que retó a Atenea, diosa de la Sabiduría, a superarla en habilidad. Ésta, consciente durante la competición de la supremacía de la mortal y viendo que aquella se burlaba de ella al representar en su tapiz la infidelidad conyugal de su padre Zeus, convirtiéndose en toro y raptando a la ninfa Europa, convirtió a Aracne en araña. El mito aparece representado en dos planos bajo la apariencia de un día cotidiano en la Fábrica de Tapices. Al fondo de la escena el rapto de Europa aparece hilado en el tapiz que cuelga de la pared y, ante él Atenea, vestida con armadura, castiga a Aracne. Las mujeres que observan el suceso, y que podríamos confundir con clientas de la fábrica, serían en realidad las jóvenes lidias testigos del momento. En primer término, las hilanderas representarían el desarrollo del concurso. Atenea, hilando en la rueda y Aracne devanando una madeja.



Esta obra ha sido interpretada por los estudiosos como una alegoría a la nobleza del arte de la pintura y una afirmación de la supremacía del propio Velázquez. La complejidad iconográfica elevaría la creación pictórica a la altura de otras artes mejor consideradas en el siglo XVII, como la poesía o la música, y las referencias a grandes pintores, como Tiziano  y Rubens (el tapiz del fondo) o Miguel Ángel (en las dos mujeres frontales que adoptan las mismas posturas que dos ignudi de la bóveda de la capilla Sixtina) elevarían a Velázquez a la altura de los grandes genios de la Historia del Arte. 



Mercurio y Argos.

Las últimas obras mitológicas que realizó Velázquez fue una serie de cuatro pinturas probablemente destinadas al Salón de los Espejos del Alcázar de Madrid, que formaban parejas enfrentadas: en un lado, Adonis y Venus y Psique y Cupido; y en el otro lado, Apolo y Marsias y Mercurio y Argos. El incendio que asoló el palacio en 1734 es causa de que sólo haya llegado a nosotros esta última obra. Las dos primeras eran historias galantes cuya pérdida nos ha privado de seguir comprobando lo muy bien que se manejaba el pintor en ele campo de la representación del desnudo. Las otras dos, por el contrario, describen enfrentamientos.

Velázquez. Mercurio y Argos, hacia 1659. Óleo sobre lienzo, 127 cm x 250 cm.




Mercurio se acerca sigilosamente a Argos, a quien previamente había adormecido con el poder de su música, con objeto de arrebatarle la vaca. A Argos, Juno le había encomendado la misión de vigilar a Io, que había sido seducida por Júpiter y fue transformada en animal. Las interpretaciones se han hecho en clave política, teniendo en cuenta el destino que tenían. Era un aviso al gobernante para evitar los peligros de la relajación en sus responsabilidades que puede traer el ocio y el regalo. Independientemente de su significado concreto, la pintura muestra una magnífica liberad y sofisticación en el trabajo de Velázquez adaptándose al formato y creando un clima poético muy atractivo. Para construir sus personajes probablemente se ha servido de modelos ajenos, como el Galo Moribundo.

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Velázquez y las sibilas.



Velázquez en su exilio londinense.