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domingo, 27 de marzo de 2016

LOS OBELISCOS EGIPCIOS. LA AVENTURA DEL OBELISCO DE RAMSES II EN LA PLAZA DE LA CONCORDIA DE PARIS.

La conocida y bella plaza de la Concordia de París fue creada bajo el reinado del monarca Luis XV, a mediados del siglo XVIII, como un símbolo del absolutismo monárquico de los Borbones en la ciudad.

La plaza de Luis XV planificada desde 1753 y construida, según el proyecto de  Ange-Jacques Gabriel, hacia 1771. Articulaba el paso entro los jardines de las Tullerías y los Campos Elíseos. Al fondo, la iglesia de la Madeleine y en el centro la estatua ecuestre de Luis XV, el promotor de la obra.


Sin embargo, durante la Revolución francesa, será uno de los lugares preferidos por las fuerzas revolucionarias para exhibir propagandísticamente su poder. Sin ningún pudor la Revolución hizo del lugar el "altar de sacrificios" del "Nuevo Régimen", sobre todo cuando la guillotina sustituyó a la estatua ecuestre del rey que la presidía. Allí fueron ejecutados Luis XVI y María Antonieta y otras 1.119 personas, entre ellas el mismo M. Robespierre, durante el período del Terror y en las jornadas siguientes al golpe de Termidor.

La ejecución de Luis XVI el 23 de enero de 1793 en la plaza, rebautizada como plaza de la Revolución. El pedestal se erguía vacío, sin la estatua del rey que ya había sido derribada.


Pasados estos episodios de violencia se decidió rebautizar la plaza como «Plaza de la Concordia», como un intento de reconciliación entre los franceses. Varias décadas después, bajo un nuevo rey, Luis Felipe I de Orleans, y para impedir que el lugar fuese adoptado por una u otra facción de los franceses, se erigió en el centro de la plaza un monumento sin ninguna vinculación con la historia nacional, un obelisco egipcio auténtico. Pero... ¿qué demonios hace allí un obelisco, tan lejos de su Egipto original? Después de muchas vueltas, éste será el motivo de mi artículo.

La plaza de la Concordia hoy en día con el magnífico obelisco de Ramsés II, proveniente del templo de Luxor en Egipto. 



A los lados del obelisco hay dos fuentes construidas después de que el obelisco fuese erigido en este lugar.


La historia egipcia del obelisco en Luxor.

El obelisco de la Plaza de la Concordia de París fue uno de los dos levantados por Ramsés II, faraón de la dinastía XIX  hacia el 1300 a. C., para flanquear el ingreso al templo de Amón en Luxor, Egipto. Conozcamos su historia y veamos primero como se emplazó en este templo.

Debajo podemos ver el obelisco que hacía pareja con el de la plaza de la Concordia de París, que permanece en Luxor, en su emplazamiento original. En la foto también se puede ver la base del obelisco que se trasladó a París, demasiado pesada para trasportarla hasta Francia. Del pedestal sólo se llevaron los relieves de los babuinos y las inscripciones que lo revestían.



La historia de estos obeliscos de Ramsés II en Luxor o de cualquier otro pasaba por las siguientes tareas. En primer lugar, había que labrarlos directamente de la roca en las canteras de Asuán. Tenía que salir de una sola pieza de granito rosa, en este caso, de 23 metros de altura, incluyendo la base. Cuando estuviese listo había que esperar a la inundación para, por medio de una rampa, acercarlos e introducirlos en las barcazas que lo transportaran a lo largo del Nilo.

Los momentos más significativos en la construcción y transporte de  un obelisco.


El traslado era también algo titánico, pues se trataba de una distancia de más de 220 km a lo largo del Nilo, hasta Tebas, la capital del alto Egipto. La hazaña realizada con los monolitos de Ramsés II fue importante, ya que el peso total de cada uno era de 227 toneladas, a lo que había que añadir otras 240 toneladas de las bases y de los bloques transportados para esculpir los colosos sedentes y de pie de los pilonos.


Tan difícil debió ser el traslado como la erección y asentamiento vertical de los monumentos de esta fachada, Delante de los pilonos todavía se conservan uno de los obeliscos y tres de las estatuas colosales de Ramsés II.


Poniéndolos en su contexto, estos obeliscos no fueron ni los más grandes que se hicieron en Egipto ni los más complicados de instalar. Un texto de época de Hatshepsut nos explica cómo de costosa era la tarea. Según la inscripción, se tardaban siete meses en tallar un par de obeliscos de 30 metros en las canteras de Asuán.

El obelisco inacabado de Asuán, el más grande que se conoce, permanece aún en la cantera. Mide casi 43 metros de longitud y se le estima un peso de 1260 toneladas. 


Un relieve del templo funerario de Hapsepsut en Deir el Bahari nos muestra cómo para su transporte se utilizó una gran barcaza, tirada por 27 remolcadores y 3 naves guía, en una operación en la que intervinieron con seguridad más de mil marinos.

Dibujo reconstruyendo los relieves deteriorados del templo funerario de Hapsepsut en Deir el Bahari donde se representa el traslada de un obelisco a lo largo del Nilo.


Otro texto del arquitecto Ineni nos dice que, para transportar hasta Karnak dos obeliscos de 20 metros de alto de Tutmosis I, se construyó una barca de 60 metros de eslora y 20 de manga. De estos obeliscos aún queda en pie uno.

Obelisco de Tutmosis I en Karnak.


Llegados a Tebas los dos obeliscos gemelos fueron instalados en el templo de Amón en Luxor mediante la fuerza de miles de operarios y el uso de rampas de arena y cuerdas. A la magna obra de la rampa necesaria para acercarlos a la obra se sumaba la que había que realizar para elevarlos y el cuidado que había que tener por la tensión de ruptura a la que sometía a los monolitos. No terminaba el trabajo ahí, puesto que a continuación había que retirar las rampas.

Reconstrucción de cómo debía ser la colocación de un obelisco delante de un templo.


Después de esta proeza de ingeniería venía la parte artística y documental que consistía en decorar con jeroglíficos de arriba a abajo el monumento. En este caso había que glorificar al faraón Ramsés II, como vencedor en la batalla de Qadesh y como impulsor de tan magna obra en honor del dios Amón-Ra. Oraciones y alabanzas en bellísimos bajorrelieves rehundidos cubrieron sus superficies.

Detalle del obelisco de la Plaza de la Concordia de París (parte superior). Se representa en bellos relieves rehundidos al faraón Ramsés II haciendo una ofrenda al dios Amón-Ra.


En el basamento del obelisco se representaron varios babuinos sagrados e inscripciones conteniendo los títulos propios del protocolo real. Estos animales estaban asociados con el Sol a causa de los gritos que profieren al amanecer y al anochecer, y que se interpretan como un homenaje al astro rey. La parte superior o piramidón, posiblemente de chapa de electro, se cree que fue robado en el siglo VI a. Cristo. El gobierno francés en 1998 lo reemplazó con un chapitel piramidal dorado.


Y, después de su inauguración hacia el 1300 a. C., este prodigio del esfuerzo de una civilización quedó allí, durante miles de años, al albur del tiempo, la erosión del desierto, las inundaciones y los saqueadores de todas las épocas.

Pilono de entrada del templo de Luxor. Acuarela de François-Charles Cécile, 1800. Museo del Louvre. Este es el estado en el que se encontraba el templo de Luxor cuando llegaron los franceses de la expedición científica de Napoleón (1798-1801). Estatuas y obeliscos de entrada se hallaban enterrados varios metros por encima de su nivel original.



Los obeliscos, ese objeto de deseo de todos los imperios.

La fascinación por la civilización egipcia, por sus pirámides y templos, es algo arraigado en Occidente. En la época contemporánea, fue la expedición de Napoleón la que abrió el deseo por conocer Egipto a Europa. Pero ya fue moda mucho antes, en tiempos del Imperio Romano. En ambos momentos, junto con la admiración y el deseo de conocer mejor a esta cultura hubo un malsano deseo de espoliar algo de ella, de arrancar su espíritu y traerlo a Europa. Como era tarea imposible trasladar edificios enteros, se optó por transportar objetos impresionantes pero más asequibles: estatuas y obeliscos.

Así se imaginaba el pintor Antonio Dante cómo debió ser trasladado el obelisco que Calígula trajo el año 37 para decorar la spina del Circo del Vaticano. Fresco de la Galería de Mapas Vaticana, 1580-83. 


Los obeliscos estaban pensados para impresionar por su altura y durar eternamente. Como hemos visto, su construcción requería una inversión extraordinaria en mano de obra y exigía un vasto despliegue de ingeniería. En esto último eran especialistas los romanos, por lo que fue el mismo Octavio Augusto, conquistador de Egipto, el que empezó a traer obeliscos a Roma para completar la decoración de edificios y espacios monumentales como la spina del Circo Maximo (obelisco Flaminio, hoy en la Plaza del Popolo ) o para formar el gnomon de un reloj de sol en el Campo de Marte (obelisco solare, hoy en la plaza de Montecitorio). Calígula trajo otro para la spina del Circo Vaticano (obelisco de la Plaza de San Pedro). Y el más grande, el Laterano que trajo Constancio II en el siglo IV para completar la decoración del Circo Máximo (hoy en la plaza de San Juan de Letrán).

Doménico Fontana nos ilustra en su libro "Della Transportatione dell´Obelisco Vaticano..." (1590) sobre los cálculos y trabajos de ingeniería que hubo que hacer para volcar y trasladar el único obelisco de los grandes que quedaban en pie en Roma en el siglo XVI, el que se encontraba junto a la Basílica Vaticana y que hubo de trasladar unos centenares de metros hasta la plaza principal de acceso a la iglesia.


Hubo y hay en Roma otros obeliscos espoliados más pequeños y está también el gigantesco que llegó a tener más de 30 metros (erigido por Tutmosis III en el Templo de Amón en Karnak) que Teodosio el Grande se llevó de Karnak para decorar la spina del hipódromo de Constantinopla en el siglo IV. Pero hasta el siglo XIX, la rapiña de los países colonizadores occidentales y la liberalidad de algunos gobernantes egipcios no se conjugaron para permitir que una nueva remesa de obeliscos acabasen como adorno de plazas y parques en París, Londres o Nueva York.

Fue el célebre Jean-Françoise Champollion, descifrador de la piedra Rosetta, quien en su viaje que hizo entre 1828-29 por Egipto el que se prendó de los obeliscos de Luxor, que ya habían llamado la atención de los exploradores de principios de siglo y así se lo dejó caer al gobernador turco de Egipto, Mohamed Alí Pachá.

La misma vista en grabado de Dominique Vivant-Denon en su "Voyage dans la Basse et la Haute Égypte", 1802.



En 1829, Mohammed Alí Pachá, virrey turco de Egipto "donó" a Francia (por el módico precio de 300.000 francos en oro) los dos obeliscos del templo de Luxor en concepto de reconocer su ayuda en la modernización del país. Dar monumentos antiguos como un regalo diplomático no sorprendía en aquel momento a casi nadie, dado el poco respeto que había del patrimonio y que todo el mundo comprendía que era "hacer un brindis al sol". De hecho, el mismo personaje había hecho la misma jugada con los ingleses diez años antes, con uno de los obeliscos esculpidos por el faraón Tutmosis III en el siglo XV a. C. para la antigua ciudad de Iunu (Heliópolis). Todo el mundo comprendía que era un regalo envenenado, ya que trasladarlos hasta occidente se podría convertir en una misión costosa y casi imposible. Por eso el gobierno británico declinó provisionalmente el ofrecimiento y no lo trasladaría hasta 1877. Sin embargo, los franceses se tomaron muy en serio el regalo y se pusieron inmediatamente manos a la obra.

Auguste Couder. Mohammed Alí Pachá, virrey de Egipto entre 1805 y 1848. Óleo sobre lienzo, 75 × 93 cm, 1841. Museo de Historia de Francia, Palacio de Versalles.


El plan para trasladar el obelisco a Francia.

Unos meses más tarde de recibir el regalo del sultán, el Parlamento francés pensó cómo hacer para trasladar al menos uno de los obeliscos del templo de Luxor. En primer lugar, había que hacer un barco especial, el Luxor, en los astilleros de Toulon que fuera capaz de cruzar el Mediterráneo con un monumento rígido de casi 30 metros. La única forma que encontraron para albergarlo en su interior fue haciendo desmontable la popa del barco en seco y, de esa manera, facilitar por ella el ingreso del obelisco en el barco.

Maqueta de 1857 del Museo Nacional de Marina, que explica cómo se realizaría el embarque del monolito.


Las peripecias del viaje y las soluciones que se adoptaron fueron contadas por sus protagonistas en varias publicaciones. Para los miembros de la expedición, el viaje del obelisco será la aventura de su vida y publicarán sus recuerdos del mismo. El más valioso es, sin duda, el de teniente León Joannis segundo del Luxor. Dibujante hábil, sus dibujos y acuarelas ilustrarán pictóricamente su relato de la expedición. Apollinaire Lebas explicará la parte técnica de las máquinas que se crearon para transportar el obelisco. El cirujano de la expedición, Justin Pascal Angelin fue el más rápido. Después de haberse enfrentado a dos brotes de cólera durante el viaje, dedicó su tesis al respecto. También cabe destacar la relación hecha por el hermano mayor de Champollion, publicada en 1833 y la del teniente de la expedición, señor de Saint-Maur Verninac, publicado en 1835.


En abril de 1831, la nave fue terminada y dejó Toulon con 121 hombres a bordo y llegó a Alejandría en junio. No fue hasta el 14 de agosto 1831 cuando finalmente llegó a su meta después de una subida de 850 km a contra corriente por el Nilo hasta llegar a Luxor.

El Luxor en 1832. Óleo sobre lienzo firmado AG, 1834. Ex colección de León Joannis. Museo Nacional de la Marina.


Pero también había que pensar en cómo desmontar el monumento y solucionar tres malas sorpresas aguardan in situ. El ingeniero naval, Apolllinaire Lebas, fue el responsable de las operaciones de desmontaje y traslado del obelisco. La primera de las actuaciones que tuvo que hacer es desenterrar hasta  casi cuatro metros del monumento. La segunda, expropiar los edificios colindantes, ya que estaba rodeado por un pueblo de treinta casas, que hubo que derruir. Y la tercera, extremar el cuidado de los trabajos de vuelco y arrastre hasta el barco puesto que el obelisco tenía una gran grieta de 8 metros de largo que podía arruinar la empresa. Y para rematar los males, una epidemia de cólera causaba terribles estragos en la región ese verano de 1831.

Maqueta de 1857 del Museo Nacional de Marina, que explica cómo se volcó el obelisco.


Ilustración de Leon Joannis que muestra con qué "delicadeza" tumbaron el obelisco.


El 31 de octubre de 1831, todo estaba listo para descolgar el obelisco. Un ingenio principal de poleas y cuerdas manejado por 200 hombres fue necesario para realizar esa operación y arrastrarlo 400 metros hasta el barco. El trabajo dura más de dos meses. El 25 de diciembre, cuando todo está listo y el obelisco ya se encuentra asegurado en el barco, el barco se encuentra embarrancado y hay que esperar al regreso de la inundación... ¡prevista para junio!

Había que esperar a la siguiente inundación del Nilo para poder zarpar.


No fue hasta el 25 de agosto de 1832 cuando el barco pudo dejar la ciudad de Luxor,  un año y diez días después de su llegada. El descenso del río fue difícil y, por tanto, no es hasta el 2 de enero 1833 que el convoy llegó finalmente a Alejandría, donde el clima es demasiado malo para hacerse a la mar. Lo que supone otros tres meses de espera. Por fin, el transporte Luxor parte de Alejandría el 1 de abril de 1833 para cruzar el Mediterráneo, el estrecho de Gibraltar y el Atlántico hasta el puerto de Le Havre. La travesía se hace segura y más rápida, llegando a su destino el 12 de septiembre de 1833 porque es remolcado por el primer barco de vapor que posee la Armada francesa, El Esfinge.

El "Esfinge" remolca al "Luxor", François Roux, acuarela sobre papel, circa 1880-1882. Delalande Galería / París.



Pero todavía falta remontar el Sena y en Rouen el barco debe esperar una vez más a la crecida del río para poder llegar hasta París, donde lo hace el 23 de diciembre de 1833, dos años después de haber sido depuesto de su ubicación original. Sin embargo, permanecerá hasta el verano del 34 en el mismo barco que lo transportó desde Egipto y si entonces se desembarca en el muelle es para quedar en espera de que se decida qué hacer con él pues hay una gran polémica sobre dónde debe ser colocado hasta que se elija la plaza de la Concordia.

Los trabajos para desembarcar el obelisco del barco, detalle de uno de los dibujos del libro "El obelisco de Luxor, historia de su traslado a París y la descripción de los trabajos a los que dio lugar", por A. Lebas de 1839.


Han pasado dos años. Se ha creado una base similar, con granito rosa... pero de Finisterre, para sustituir a la base original dejada en Luxor y, a partir de abril de 1836, se reinician los preparativos para su colocación. Se tiene que llevar hasta la plaza y construir una rampa de 120 metros para elevarlo ... El 25 de octubre de 1836, 200.000 personas se aglomeran en la plaza, mientras una orquesta toca Misterios de Isis de Mozart y 350 marineros izan el monumento a través de sus cuerdas y cadenas. La multitud enloquece cuando terminan las maniobras a las 14:30.

Vista en perspectiva del camino que debía atravesar el obelisco hasta su colocación, del libro de Lebas, 1839.


Cayrac, La erección del obelisco en 1836, acuarela, 1837. Museo Nacional de la Marina.


El obelisco de Luxor erigido ya en la Place de la Concordia de París, F. Bohomme. Litografía, 1836. La multitud vitorea la hazaña.


Champollion no pudo ver el obelisco en tierras francesas puesto que falleció en marzo de 1832.

martes, 7 de octubre de 2014

JEAN-FRANÇOIS CHAMPOLLION, LOS JEROGLÍFICOS Y LA ESCRITURA EN EGIPTO.

La escritura de los antiguos egipcios ha fascinado siempre a la humanidad. La forma y la variedad de los signos dieron pie durante mucho tiempo a diversas tentativas de interpretación, después de que su significado cayera en el olvido tras la clausura del último templo pagano en el siglo VI de nuestra era (año 535, Templo de Isis en Philae). Los primeros intentos de descifrar la escritura jeroglífica fracasaron po el error fundamental de considerar que todos los signos tenían un significado sagrado. El filósofo griego Plotino (s, II d.C.), por ejemplo, pensaba que cada dibujo expresaban un concepto complejo, y el jesuita Athanasius Kirchner (1602-1680) decía que se trataba de símbolos que "permiten transmitir (...) grandes ideas y profundos misterios.

Relieves rehundidos y pintados del templo de Khonsu. Cartuchos.

La situación cambió radicalmente en 1799. Durante la campaña egipcia de Napoleón Bonaparte, uno de sus oficiales realizó el hallazgo de una piedra con inscripciones que contenía un decreto sacerdotal del noveno año del reinado de Ptolomeo V (196 a.C.) en escritura jeroglífica, demótica (escritura egipcia simplificada) y griega. Esta podía ser la clave para descifrar los jeroglíficos del Antiguo Egipto. Se la denominó piedra de Rosetta por la localidad al este de Alejandría en donde se encontró. La losa en cuestión incautada por los ingleses en 1801 tras derrotar al ejército francés en Egipto y fue mandada a Londres para ser expuesta donde actualmente puede verse,  el Museo Británico.

Piedra Rossetta,  Museo Británico. 112,3 cm de alto (máximo), 75,7 cm de ancho, 28,4 cm de grosor.

El texto griego era perfectamente legible y comprensible, por lo que se trató de descifrar las otras dos escrituras comparando los nombres de lugares y personas. El inglés Thomas Young, el sueco David Akerblad y el francésSilvestre de Sacy se enzarzaron en una reñida competición por hacerlo en primer lugar, pero fue finalmente Jean-François Champollion (1790-1832) quien desentrañó el problema.

Leon Cogniet. Retrato de Jean-Francois Champollion.

Champollion se sentía subyugado por Egipto desde que era un niño. A los 13 años comenzó a estudiar diversas lenguas orientales, además de griego y latín. Más tarde se dedicó al estudio del copto, la última variante lingüística del egipcio antiguo. Con tan sólo 19 años fue nombrado profesor suplente de historia antigua en Grenoble, pero tuvo que renunciar al cargo poco después por motivos políticos. En 1821 visitó en París a su hermano mayor que trabajaba como secretario particular del filólogo clásico Bon Joseph Dacier. Allí se consagró al estudio de la "Piedra Rosetta" sobre las copias grabadas de la piedra Rosetta y acabó por encontrar la clave para descifrar la estructura elemental de la escritura jeroglífica, o lo que es lo mismo, descubrió que se trataba de una combinación de signos fonéticos y semánticos. En septiembre de 1822 informó del éxito de sus primeros intentos por descifrar la escritura. En concreto, la grafía del nombre del rey Ptolomeo, resaltada en el texto jeroglífico mediante un marco orbicular denominado cartucho, le permitió averiguar los primeros valores fonéticos del alfabeto. Al transferir el valor fonético de los signos griegos a los jeroglíficos, logró hallar su significado. Una vez descubierta la clave,Champollion pudo leer y entender otros textos, en parte gracias a su dominio del copto. Procuró abarcar la mayor cantidad posible de textos escritos y en 1824 obtuvo el permiso necesario para estudiar los objetos egipcios de la colección Drovetti de Turín (hoy Museo Egipcio) donde perfeccionó su método de traducción. En 1828-1829 viajó a Egipto y a Nubia con un equipo de dibujantes y copió todas las inscripciones que le fue posible, para que su lectura convenciera incluso a los más escépticos.

Piedra Rosetta. Detalle de textos demóticos y griegos.

A pesar de que la lengua egipcia evolucionó notablemente a lo largo de los milenios, se puede apreciar una continuidad en el vocabulario y en determinadas estructuras gramaticales. En la actualidad se distinguen cuatro variantes de escrituras imbricadas en el tiempo. Los testimonios escritos más antiguos son jeroglíficos que se remontan al año 3.100. A lo largo del  Imperio Antiguo convivirán la escritura jeroglífica y la hierática. A partir del  Primer milenio la influencia griega y de los pueblos del Mediterráneo fue haciendo evolucionar la escritura hierática hacia fórmulas más sencillas, primero al demótico y más tarde a la variante más moderna, el copto.

Piedra Rosseta con escritura jeroglífica (arriba) y demótica (abajo).

  • La escritura jeroglífica es la más antigua y duró hasta el siglo VI d. C. Se empleaba al comienzo en todos los ámbitos, aunque con el tiempo se la reservó para los textos de carácter religioso, monumental  o conmemorativo. Sus signos se esculpían o se gravaban en piedra, tanto en relieve como en hueco en las paredes de los templos, tumbas y palacios, así como en estelas, estatuas, utensilios, cofres, sarcófagos, joyas y amuletos. El egipcio no renunció a este complejo sistema durante más de 3000 años por el carácter tradicional y sagrado de este tipo de escritura, pero también porque supo apreciar el potencial decorativo del mismo.
Vasos canopos de alabastro en su cofre de piedra. Tumba de Tutankamon.

  • La escritura hierática fue la versión simplificada de la escritura jeroglífica durante el Imperio Antiguo y Medio para poder ganar velocidad en los textos comunes privados y en los de la administración. Se trazaba a mano con junco y tinta sobre los soportes más diversos: papiro, tablilla, cerámicas, muro...
Escritura hierática papiro Edwin Smith, dinastía XVII, hacia el 1600 a. C. En zoom detalle.

  • El término demótico proviene del griego ("popular"). Se trata de un tipo de escritura que simplificó aún más el hierático, sin  guardar ya apenas similitud alguna con la forma jeroglífica original. Poco a poco fue desplazando a la escritura hierática: al principio, aparecía sólo en los textos de carácter legal y administrativo, pero después se extendió a los textos literarios y religiosos.
Texto demótico sobre papiro.

  • Durante la época grecorromana, el griego sustituyó definitivamente al egipcio como lengua administrativa, y la escritua griega fue adquiriendo poco a poco mayor importancia. La fonética egipcia se transcribió al alfabeto griego más 6 letras adicionales procedentes del demótico constituyéndose el copto, la última variante idiomática del egipcio. Por primera vez la lengua de los antiguos faraones  incluía vocales que nos permiten reconstruir mejor el sonido de los antiguos escritos. Los primeros textos son rituales máginos destinados a asegurar la correcta pronunciación de determinadas palabras, frases y pasajes. Luego lo utilizó la iglesia ortodoxa egipcia que lo ha conservado hasta nuestros días.
Estela funeraria del arquitecto Euprepios, siglos V-VI d. C.

El sistema jeroglífico está integrado por una combinación de signos fonéticos e ideográficos. Las imágenes más frecuentes son las de los denominados signos que representan sonidos consonánticos, que forman una especie de alfabeto o fonograma. Las vocales no se escribían. Algunos signos tienen un significado simbólico y representan un único concepto o varios más complejos, como por ejemplo, el "disco solar", que suele ser la imagen del dios sol, pero también puede ser utilizado para indicar las horas del día. La disposición de los jeroglíficos depende de factores prácticos y estéticos, en función de los cuales pueden variar también el tamaño de los signos y su posición con respecto al resto. La escritura se podía leer de izquierda a derecha o viceversa, y también en sentido vertical de columnas. El número, la forma y la ejecución tanto de los signos jeroglíficos como de los hieráticos fueron cambiando con el paso de los siglos. La complejidad del sistema no impidió que se escribiera acerca de casi todas las cuestiones, de tal modo que los antiguos egipcios están más cerca de nosotros que los pueblos de otras culturas antiguas.

viernes, 3 de octubre de 2014

HOWARD CARTER Y EL RELATO DEL DESCUBRIMIENTO DEL HIPOGEO DE TUTANKAMÓN (KV62).

Egipto. Tebas. Año 1336 A. C. Tutankamón, el joven faraón, ha muerto tras ocupar apenas nueve años el trono. Hay que darse prisa, los complicados preparativos de su viaje hacia la eternidad deben concluir a los 70 días exactos. Arquitectos y artesanos trabajan día y noche para rematar los detalles de una tumba en el Valle de los Reyes que por su tamaño y falta de decoración no había sido hecha para albergar a un faraón. El espacio es reducido y hay que amontonar los objetos y terminar de pintar la cámara funeraria al menos. La tumba debe quedar sellada para la eternidad.

Un hipogeo de dimensiones muy pequeñas: un pasillo de 13,60 m. de longitud; la antecámara de 28,8 metros cuadrados; el anexo lateral de 11,6 metros cuadrados y la cámara principal del sepulcro, de unos 26 metros cuadrados con su habitación del Tesoro de 14 metros.

3259 años después, en el Valle de los Reyes, viernes 17 de febrero de 1923. Dos de la tarde, un inglés, egiptólogo y pobre, de nombre Howard Carter, que desde hacía seis años vagaba por el desierto en busca de la tumba, en compañía de otro inglés, lord Carnarvon, también arqueólogo pero rico, está a punto de ver convertido su sueño en realidad: el mayor descubrimiento arqueológico de la historia de la Egiptología.

La historia entre estos dos ingleses había comenzado en 1909. En aquel año formaron una sociedad para excavar en Egipto. Lord Carnarvon ponía el dinero para las campañas  y  Howard Carter la labor científica sobre el terreno.  La sociedad no había dado todos los frutos deseados y Carnarvon había otorgado una última campaña para encontrar algún resto interesante. Howard Carter rebusca desesperado en el Valle de los Reyes la tumba de un faraón casi desconocido, llamado Tutankamón. Es noviembre de 1922.

Howard Carter (izquierda) y lord Carnarvon (derecha) ante el muro derribado de la cámara sepulcral.

El 3 de noviembre de 1922 Carter empezó a derrumbar los restos de las chozas de los obreros que trabajaron en la tumba de Ramses VI de la XX dinastía. Seis años antes los habían descubierto y no continuaron con una excavación más en profundidad para no entorpecer las visitas turísticas que se hacían a las otras tumbas. Ahora era casi el único sitio que le quedaba por explorar de un hipotético triángulo en donde suponía podría encontrar la tumba. La expectación se dispara cuando debajo de una de estas cabañas se halló un escalón de piedra. En la tarde del día 5 se habían quitado tantos escombros que a Carter no le cabía duda de que había encontrado la entrada a un hipogeo no identificado. Pero, ¿no sería acaso  una tumba inacabada? ¿o no habría sido saqueada como tantas otras? Al llegar a la duodécima grada se empezó a percibir la parte superior de... ¡una puerta cerrada, cubierta con argamasa y sellada! Se había descubierto la tumba KV62 (King Valley nº 62).

La tumba de Tutankamón cegada por los escombros.

A la mañana siguiente Carter envía este telegrama a su mecenas que estaba en Gran Bretaña: "Realizado en Valle descubrimiento maravilloso. Tumba sorprendente con sellos intactos. He cubierto todo hasta su llegada. ¡Mi felicitación!". En un viaje relámpago, el día 23 lord Carnavon y su hija  llegaban a Luxor y al día siguiente los obreros desescombraron de nuevo toda la escalera. Esta vez desenterraron hasta el último escalón encontrando el sello del propietario, Tutankamón, pero también descubrieron... que alguien se les había adelantado. Se podía ver que los saqueadores de tumbas habían penetrado haciendo una galería de ancho de una espalda y la habían cubierto de nuevo. Diez días tardaron en desalojar los escombros del pasillo de unos trece metros que había tras la puerta, hasta llegar a una segunda puerta. También esta presentaba los sellos de Tutankamón y se podía reconocer por donde los visitantes inoportunos habían penetrado.

Sellos de las puertas de la tumba.

Sus esperanzas eran modestas, a pesar de lo cual la tensión aumentaba a medida que se quitaban escombros y más escombros de la segunda puerta. Con manos temblorosas practicaron una pequeña abertura en el ángulo superior izquierdo de la misma hasta dar con una cámara de aire. Carter encendió una vela, la asomó por el agujero y echó una mirada en el interior de la nueva sala. Quedó mudo, ni una sola palabra o exclamación. Todos los que le acompañaban estaban ansiosos. Lord Carnavon, que no podía soportar por más tiempo la ansiedad le preguntó.

- ¿Ve usted algo?

Y Carter, volviéndose lentamente, dijo con voz débil.

- ¡Sí, algo maravilloso!

Uno tras otro pudieron acercarse para ver lo que había dentro: fantásticas cabezas de animales proyectaban sus sombras sobre las paredes, dos estatuas rígidas, como centinelas, presentaban la maza y la vara como símbolo del poder faraónico sobre cofres, camas, carros, jarros... ¡cuántas enseñanzas encerraba todo aquello para la investigación! Utensilios de uso común, junto con otros suntuosos. El saqueo se había producido, pero debió ser abortado por los sacerdotes. Tarros volcados y un hatillo con joyas eran los testigos mudos del robo.

Objetos amontonados que se encontraron en la antecámara. Reconstrucción según las fotografías de la época.

Durante días examinaron sistemáticamente todas las paredes y descubrieron que, entre los dos centinelas del rey, había una tercera puerta sellada sin signos de expolio. Además comprobaron, abriendo un agujerito por debajo de uno de los catafalcos, que había otra cámara lateral completamente atestada de objetos de todas las clases... Sólo en la antecámara había depositadas de seiscientas a setecientas piezas. Todos quedaron embriagados por los descubrimientos, pero también fueron conscientes desde el primer momento que les quedaban jornadas y jornadas de catalogación, conservación, restauración  y trabajo científico por delante. Sólo con lo que habían visto necesitarían para sacarlo a la luz de varios inviernos de excavaciones. Por ello,  los arqueólogos decidieron cubrir de nuevo la tumba el 3 de diciembre hasta no estar preparados para hacer un trabajo científico.

El 16 de diciembre se volvió a abrir la tumba con la ayuda de un  equipo de expertos conservadores y egiptólogos. El objetivo era inventariar y desmantelar por completo la antecámara. El  día 18 el fotógrafo Harry Burton, del Metropolitan Museum of Art, hizo las primeras fotografías del interior. Sus fotos nos ilustran a partir de entonces sobre la excavación y han servido de base para hacer este pequeño vídeo.



A mediados de febrero de 1923 la antecámara quedó desalojada. Se había logrado espacio suficiente para el trabajo que todos esperaban con el mayor interés. Ahora sería posible abrir la puerta sellada entre los dos centinelas y se sabría con seguridad si la cámara siguiente contendría la momia. Con mucha formalidad y ante un selecto grupo de veinte personas Carter y Carnarvon empezaron a retirar los primeros cascotes de la tercera puerta el 17 de febrero.
La sorpresa de Carter fue que se encontró ante lo que creyó una pared de oro macizo. Tardó tiempo en comprender que tal pared era un gigantesco féretro de madera dorada, cuyo interior contenía otros tres ataúdes o capillas más y el sarcófago de cuarcita propiamente dicho con otros tres sarcófagos y la momia del faraón.Carnarvon moriría en abril de 1923, generándose a continuación la leyenda de la maldición del faraón, que recaería sobre aquellos que osaron molestarle. Carter continuó con las labores.

El catafalco funerario de Tutankamón con las cuatro capillas sepulcrales  y los sarcófagos de piedra, oro y madera.

Los primeros féretros fueron desmontados meticulosamente y retirados. Los sellos estaban intactos, lo que quería decir que esta vez sería el primero en descubrir la momia colocada hacía más de tres mil años antes. Sobre el monolito de cuarcita reposaba una losa de granito. Cuando la retiró en febrero de 1924 dejó al descubierto la máscara del faraón niño de oro e incrustaciones de piedras semipreciosas. 

En el otro extremo de la cámara encontraron una puerta baja que conducía a otro depósito de riquezas. Los mayores tesoros de la tumba se encontraban allí. Anubis protegía la estancia. En un monumento chapado en oro, , custodiado por cuatro diosas, se encontraban los vasos canopos, los recipientes de las vísceras del faraón.

La cámara del Tesoro.

Todavía se tardarían casi diez años más en dar por finalizados los trabajos arqueológicos en la tumba. Los objetos allí encontrados, más de 5900 finalmente, se encuentran en el Museo Egipcio de El Cairo.

Para saber algo más.

La Historia del descubrimiento en un documental de Discovery Chanel
Las fotos de lo encontrado en el Archivo fotográfico de Howard Carter, fotografías de Harry Burton
Para hacerse una idea muy veraz de todo lo encontrado hay una exposición itinerante con réplicas de sus tesoros (actualmente puede visitarse en Madrid) o ver a través de este vídeo de Ushebtis sobre la Exposición Tutankamón y los tesoros de su tumba en Barcelona.

lunes, 29 de septiembre de 2014

DAVID ROBERTS Y LA VISIÓN ROMÁNTICA DEL ANTIGUO EGIPTO.

David Roberts (1796 –1864)

Fue un pintor escocés romántico de óleos, acuarelas y litografías.  En el siguiente vídeo he recogido algunas de sus litografías más bellas fruto de su viaje el año 1838 a Egipto. Estas obras, junto con la expedición napoleónica de 1798-1800 y el descubrimiento  por Champollion de la escritura jeroglífica (desde 1821), influyeron notablemente  para desvelar esta civilización y crear un interés inusitado por ella en la sociedad europea. La música del vídeo es Inmortal Egypt (1998) de Phil Thornton and Hossam Ramzy. Disfrútalo y luego si quieres continúa leyendo el artículo que viene debajo.



Orígenes y formación artística.


Roberts nació cerca de Edimburgo en 1796. Su origen fue muy humilde, su padre era zapatero, razón por la cual no tuvo una formación académica normal como pintor. Durante su  adolescencia tuvo que alternar su trabajo por el día como pintor de brocha gorda con sus estudios nocturnos. Sin embargo, en 1815 hizo valer sus cualidades como artista y consiguió su primer trabajo como ayudante de decorador de escenarios teatrales. En 1819 ya era el escenógrafo del Teatro Real de Glasgow. En este trabajo aprendió dos cosas fundamentales que aplicaría a sus obras posteriores: a trazar perspectivas arquitectónicas y a considerar que la realidad a veces había que enmascararla para no hacerla tan vulgar.

El paisajismo romántico.

A comienzos de la década de los 20 empezó a pintar óleos y a se dio a conocer en el mundillo pictórico escocés con cuadros de paisajes al estilo romántico de ruinas medievales (La Abadía de Dryburgh),. En 1824 visitó Normandía (en Francia) y de su viaje trajo consigo cuadros como una vista de la Catedral de Rouen que le valió ganarse una reputación como paisajista. A finales de la década  pudo incluso dejar la escenografía y dedicarse a tiempo completo a la pintura de taller.

Alhambra y Albaicín, 1833.



El Guadalquivir y la Torre del Oro, 1833.



En los años siguientes tuvo el acierto de interpretar por donde se encaminaba los gustos de la burguesía y de la aristocracia británica e ir  a buscar y a ofrecerles los temas más atractivos. Entre 1832 y 1833 realizó un viaje a España y Tánger donde tomó bocetos de edificios y tipos populares con los que trabajará en los años siguientes para sacar a la luz numerosos óleos y acuarelas. En España dejó honda huella entre pintores como Jenaro Pérez Villamil. En 1837 publicó estos bocetos a través de cuadernos litografiados (Picturesque Sketches in Spain), haciendo que su obra llegara a un público mas amplio.

Porqué Egipto. El viaje de 1838-39.

Ante el éxito de este cuaderno, el pintor William Turner le animó a que buscara  paisajes aún más espectaculares y evocadores y que marchara a Egipto. Egipto, como todo lo oriental, estaba de moda en la sociedad de la época. La expedición napoleónica de finales de siglo XVIII había desvelado a Europa una civilización apasionante. La descripción que hicieron de las “antigüedades egipcias” los artistas que visitaron en aquellas fechas Egipto todavía seguía siendo casi 40 años después la referencia fundamental de aquel mundo misterioso.

En Septiembre de 1838 Roberts llegó a Alejandría. Desde allí comenzaría un viaje a través de Egipto, Nubia y Tierra Santa dibujado todos los paisajes, tipos y edificios que encontrara a su paso. Comenzó con El Cairo y los restos cercanos de Gizeh, para ir bajando a lo largo del río hasta llegar en noviembre de ese año a Abu Simbel.  En diciembre dejó Egipto para dirigirse a Palestina, Jordania y Siria donde continuó tomando notas de todos sus rincones. En mayo de 1839 dio por terminado su viaje  y regresó a Gran Bretaña. Consigo traía cientos de dibujos y bocetos.

El Cairo vista Oeste, 1838.




En Edimburgo, su amigo Robert Scout Lauder le retrató con la vestimenta árabe con la que se movió por todo Oriente (1840). Su fama como pintor se acrecentó a partir de su vuelta y en 1841 fue nombrado miembro de la Royal Academy.

Retrato de Roberts vestido de árabe por Lauder, 1840




Con todo el material que trajo de su viaje trabajará en las siguientes décadas y alcanzará un éxito notable. Durante los años 40 (1842-49) publicó junto con el litógrafo Louis Haghe hasta seis volúmenes de litografías de este viaje y numerosos óleos y acuarelas.

Pilonos y sala hípetra del templo de Isis en la isla de Filé, años 40.




Características artísticas.

Su estilo era muy libre y al mismo tiempo muy romántico. Para acentuar los detalles más pintorescos y atractivos no dudaba en:
- Añadir elementos idealizadores de luz y formas que embellecieran los paisajes y monumentos.
- Aumentar la escala de los edificios introduciendo figurillas a un tamaño menor.
- Contrastar las ruinas del Antiguo Egipto con tipos populares ataviados con los ropajes árabes.
- Variar el color y hacer borrosas aquellas estructuras menos atractivas.

Sala hipóstila del templo de Isis en Filé. Años 40.




Nuevos trabajos en las décadas de los 50 y 60.

En 1851 y 1853 viajó a Italia y visitó sus principales ciudades recogiendo nuevas vistas de paisajes ciudadanos y de interiores de edificios. Su trabajo se completa con vistas de Escocia y Londres en la segunda mitad de la década de los cincuenta y los primeros años de los 60. En 1864 moría en Londres de una apoplejía mientras pintaba vistas de la ciudad desde el Támesis.

Interior de San Juan y San Pablo, Venecia. 1851.




Para ver más imágenes de la obra de Roberts en Egipto y Tierra Santa.

Egipto al descubierto
Historia clásica

Roberts trabajando en Egipto.