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lunes, 27 de octubre de 2014

EL EDIFICIO METRÓPOLIS. LA ARQUITECTURA MADRILEÑA DE LA PRIMERA DÉCADA DEL SIGLO XX.

Metrópolis es uno de los edificios más admirados de Madrid por su diseño y por las esculturas que lo adornan, pero también es uno de los más desconocidos por falta de datos documentales y estudios en profundidad. Vamos a contribuir con este artículo a conocerlo mejor y a incluirlo en esa lista de edificios y espacios emblemáticos de mi ciudad que estoy realizando.

Contexto histórico-artístico.

Resulta paradójico que el "desastre colonial" del 98 no trajera consigo consecuencias económicas negativas sobre el país, sino todo lo contrario: el auge y la calidad de la construcción durante la primera década del siglo XX nos demuestra que hay capital y ganas de invertirlo en grandes proyectos. Tal vez sea el deseo de regeneración o las esperanzas que hay depositadas en la mayoría de edad del rey Alfonso XIII, el caso es que la aristocracia y las grandes empresas de este país deciden salir del ensimismamiento y atonía constructora del siglo XIX para intentar equiparse a las sociedades europeas.

La calle Gran Vía a comienzos del siglo XX. En el centro destaca el edificio de viviendas conocido por entonces como la "casa del ataúd" por la estrecha fachada. En este sentido de la calle sólo dos iglesias rompen la monotonía y el aspecto pobre de la construcción: la fachada de San José y la cúpula de los Calatravas.

La misma calle Alcalá vista desde la casa del ataúd en 1890. Al fondo la puerta de Alcalá. Los otros dos edificios interesantes de la calle se habían levantado durante la Restauración en torno a la plaza de la Cibeles: el palacio de Linares a la izquierda y un "disminuido" todavía Banco de España a la derecha.

Con el cambio de siglo, ya nadie duda de que la arquitectura de calidad no sólo embellece una ciudad sino que también es un símbolo de su progreso. Todo el mundo, particulares pudientes e instituciones públicas y privadas están interesados en mostrar un nuevo rostro europeizado y moderno a Madrid. La ciudad se monumentaliza. El modelo a imitar para la gran mayoría de promotores y arquitectos será París, con sus edificios blancos luminosos y su recargamiento decorativo clasicista. Aunque habrá alguno como José Grases Riera que apostará inicialmente por el modernismo catalán en el palacio Longoria (1902) o Antonio Palacios que inicia un estilo muy original entre el historicismo y los presupuestos de la Sezessión austriaca en el emblemático Palacio de Comunicaciones(1904-1907 a 1919) de la plaza de la Cibeles.

Palacio Longoria de Grases Riera, 1902. El mejor ejemplo del modernismo en Madrid.

El "triángulo de oro" -las mejores travesías para construir- de esta primera década del siglo XX, previo al gran proyecto urbanístico de la Gran Vía, discurre entre las arterias de Carrera de San Jerónimo, Alcalá y Paseo del Prado (los ángulos serían las plazas de la Puerta del Sol, Neptuno y Cibeles). En estas calles y plazas, se levantarán los principales edificios que renuevan el casco histórico. Algunos son de iniciativa pública, pero la mayor parte de ellos son sufragados por el capital privado que está dispuesto a dar de sí mismos una imagen cosmopolita a través de edificios suntuosos: grandes bancos, compañías de seguros, viviendas de lujo, clubs elitistas (Casino de MadridCírculo de Bellas Artes y Gran Peña) y grandes y modernos hoteles (Ritz y Palace).

Aquellos que no conozcan bien Madrid, pueden hacerse una idea mejor de la ubicación de algunas de las zonas y edificios desplegando este mapa donde he señalado los citados en este artículo.


Ver El triángulo de oro en Madrid a comienzos del siglo XX. en un mapa más grande


Caso significativo de concentración en esta zona es el de los bancos. Hasta el siglo XIX los banqueros habían realizado sus actividades financieras en sus propias viviendas, pero a partir del cambio de siglo la nueva banca necesita trabajar de otra manera. Es en este momento cuando se levantan las primeras sedes institucionales que competirán entre ellas en ampulosidad, convencidas de que las fachadas de sus edificios son la fehaciente demostración del poderío de los bancos. El primero es el Banco Hispanoamericano (1902) en la actual plaza de Canalejas, que elige como arquitecto a Eduardo Adaro, el que había levantado para el Estado el Banco de España en la plaza de Cibeles. Le sigue el antiguo Credit Lyonnais (1904) que se instala en un nuevo palacete que tiene fachada tanto a la calle de Alcalá como a la Carrera de San Jerónimo. El arquitecto Antonio Palacios, que trabajaba en Cibeles en el Palacio de Comunicaciones, recibe en 1910 el encargo de construir la sede del Banco de la Plata (posterior Banco Central) en la calle Alcalá y sorprende a todos con unas revolucionarias cariátides gigantes en su fachada. El Banco Español de Crédito ocupaba el edificio de La Equitativa. Por último, en 1919 el Banco de Bilbao ocupa la esquina entre las calles de Sevilla y de Alcalá con una escenografía arquitectónica y escultórica difícilmente superable.

El Banco de la Plata, posterior Central, y ahora Instituto Cervantes en la calle de Alcalá, obra de Antonio Palacios. Se levanta desde 1910 en un sorprendente estilo que combina el historicismo griego con columnas jónicas y cariátides y un marco geometrismo sezession.

El Edificio de "La Unión y el Fénix español", actual Edificio Metrópolis.

La competencia empresarial y arquitectónica también estaba planteada en el sector de los seguros a una escala más modesta. La primera compañía en iniciar la carrera de captar clientes por medio de la imagen fue la aseguradora norteamericana La Equitativa que poseía  su sede desde 1882, como ya hemos apuntado antes en la calle Alcalá en un edificio bellísimo haciendo esquina con la calle Sevilla.

La Equitativa, como una proa de barco en la esquina entre las calles Sevilla y Alcalá, obra de 1882 de José Grases Riera. Este edificio luego cambió el nombre por el de su nuevo propietario el Banco Español de Crédito.

Así, siguiendo su ejemplo, la Compañía española de la Unión y el Fénix se planteó en 1905 crear otro edificio emblemático comparable al de su rival, también en una esquina cercana y bien visible de la ciudad, la confluencia entre la calla de Alcalá con Caballero de Gracia. El emplazamiento no podía ser mejor puesto que dominaba por su altura la calle según se subía de la plaza de Cibeles y se situaría en la entrada de la todavía no construida, pero sí proyectada, Gran Vía.

La calle Alcalá desde Cibeles, al fondo se ven los andamios del nuevo edificio de la Unión y el Fénix, por lo que la foto se dataría en torno a 1909-1910.

El concurso. La Unión y el Fénix compró las casas 37, 39, 41, 43 y 45 de la calle de Alcalá (entre ellas la ya citada "casa del ataúd") para crear el solar sobre el que edificar su nueva sede. El 15 de mayo abrió un concurso internacional de proyectos con intención evidente de que se presentaran arquitectos franceses puesto que se habilitaron tanto en Madrid como en París dos lugares en donde recoger y entregar los documentos del concurso e incluso se preveía pagar los premios tanto en pesetas como en francos.

Las bases dejaban claro los requisitos que debía cumplir el edificio en plantas, alturas y superficie, así como las funciones a las que se dedicarían éstas. Realmente la Compañía sólo tenía intención de ocupar el entresuelo donde instalaría sus oficinas y despachos y parte del sótano que utilizaría como almacén. El resto del edificio lo alquilaría: los bajos para establecimientos comerciales y cafés o restaurantes, por lo que debían ser muy diáfanos, y los pisos superiores como viviendas de lujo. Se insistía mucho en que las fachadas debían ser monumentales, especialmente la rotonda, "cuya situación se presta de modo extraordinario a una decoración de carácter arquitectónico. En la ornamentación de esta fachada se incluirá una bonita composición alegórica en la que figurará un Fénix, emblema de la compañía".

Este es el dibujo que presenta Jules Fevrier en 1905 como perspectiva general del edificio.

El ganador del concurso. Como era previsible, el primer premio (8.000 pesetas o 6.400 francos) se lo llevó una firma francesa de arquitectos, la que encabezaba Jules Fevrier (1842-1937), firmando también su hijo Raymond(1878-1952). Jules Fevrier era un prestigioso arquitecto francés que trabajaba en París desde 1874 construyendo fundamentalmente mansiones o palacetes de lujo para la burguesía en cualquier estilo historicista que se le pidiera. Ganó su prestigio en los años 80 cuando trabajó para familias muy influyentes y grandes bancos. Su obra más importante fue el palacete entre el neorrenacimiento-neogótico francés inspirado en el Chateau de Blois para el banquero Emile Gaillard, pero también dominaba el estilo neobarroco y el eclecticismo en general del estilo Haussmann.

El Hotel Gaillard en París de Jules Fevrier.

El ejecutor de las obras. En el pliego de condiciones del concurso se establecía un premio al ganador por sus planos pero también que la compañía se reservaba el derecho a encargar la dirección de las obras a quien quisiera. Esto era frecuente por entonces, posiblemente porque los honorarios de un arquitecto francés eran muy superiores a los de los españoles y una vez asegurado unos planos de gusto francés, el proyecto material era encargado a uno de nuestro país. El encargo de la construcción recayó en Luis Esteve Fernández-Caballero, que ya tenía experiencia en levantar planos ajenos, puesto que también ejecutaba por el mismo sistema las obras del Casino de Madrid en la misma calle de Alcalá. Hay que decir en alabanza al arquitecto español que se adaptó al máximo a los planes iniciales, salvo en el remate del cuerpo del edificio donde introdujo un último piso amansardado que no estaba previsto en el diseño inicial.

El Casino de Madrid se levantó en Alcalá número 15. Fue una obra francesa de Farge, dirigida por Luis Esteve y López Salaberry. Este es un detalle del arco que remata el edificio por uno de sus laterales. La semejanza con el edificio de la Unión y el Fénix es lógica.

Detalles técnicos de las obras. Las obras no comenzaron hasta junio de 1907 por problemas judiciales, ya que algunos vecinos y negocios alojados en los edificios que debían ser derribados plantearon un litigio que no ser resolvió hasta ese año. Las obras duraron tres años. Los tres años de andamios fueron aprovechados por Luis Esteve, que era profesor de Resistencia de materiales de la Escuela Superior de Arquitectura, para construir un edificio aparentemente al uso pero en el que empleó estructuralmente los nuevos avances de la arquitectura. En enero de 1910 presentaba los progresos de las obras a alumnos y compañeros y explicaba como había utilizado por primera vez el hormigón armado en un edificio no industrial en Madrid. El hormigón armado se empleó en pilares exteriores, pisos y cúpula. Esto le permitió hacer un edificio sin columnas o pilares en su interior, por lo que se permitió tabicar como quiso, y disponer de habitaciones y locales amplios, así como abrir grandes vanos en el exterior. El nuevo material aportaba además una mayor resistencia al fuego, lo que era otro atractivo más para la compañía propietaria que tenían como una de las bases de su negocio los seguros contra incendio.

La marcha de las obras en 1910 según una fotografía de la época. Parece que los altorrelieves y columnas colosales de la rotonda ya están colocados, pero se mantienen los andamios probablemente para ayudarse en las tareas de colocar la estatua de bronce que corona la cúpula.

El hormigón armado aportada además otra ventaja, que abarataba la obra. Sin embargo, esta circunstancia se vio descompensado por el alarde de decoración y lujo con que se quiso recubrir las fachadas. El hormigón se disimuló al exterior con revestimientos de piedra caliza para los paramentos y pizarra y cinc para cúpulas y mansardas. Además se contrató a los mejores escultores para realizar los grupos escultóricos y la ornamentación en relieve de las fachadas. No es de extrañar, pues, que los tres millones de pesetas en que inicialmente se presupuestó la obra, incluidos los gastos de expropiación, al final terminasen en cuatro.

La rotonda hoy en día. Todo un derroche artístico de arquitectura, escultura e incluso orfebrería.

La inauguración del edificio. A finales de 1910 se terminó el edificio, pero la inauguración oficial no se produjo hasta el día 21 de enero de 1911 con la asistencia de muchos políticos, financieros y periodistas que dejaron retratado el momento. Este fue un acto simbólico más del comienzo del gran proyecto de Madrid para la nueva década. Justo enfrente del flamante edificio se comenzaban a derribar los primeros edificios que darían paso a la Gran Vía, por lo que el edificio de la Unión y el Fénix o Metrópolis se convertiría durante muchos años en su tarjeta de presentación.

Fotografía del 21 de enero de 1911 en el momento en que acude el público a la inauguración.

Fotografía de pocos días después cuando se comienza el derribo de las viviendas aledañas para ir abriendo LA Gran Vía.

El palacio de La Unión y el Fénix Español se alzaba bellísimo sobre un solar de ochocientos veinte metros cuadrados. El continuo de sus fachadas que dan a la calle de Alcalá, a la rotonda de la Gran Vía y a la calle Caballero de Gracia, completan ochenta y siete metros de deslumbrante arquitectura, magnífico escaparate para cualquier compañía o particular que quisiera hacerse ver en la ciudad. El palacio consta de seis plantas (una más que en el proyecto original), lo que supone una altura de veintiséis metros, a los que hay que añadir los de la cúpula de la esquina. Tiene, además, dos pisos de sótano.

La calle Alcalá con el nuevo edificio. Enseña de la nueva ciudad.

La polémica sobre el estilo artístico. Todos los que han escrito sobre este edificio de La Unión y el Fénix lo clasifican como Neorrenacentista, pero es que todos se limitan a repetir lo que dijeron los periodistas de la época el día de su inauguración. A mi entender éste es un palacio que hay que clasificar en el eclecticismo historicista del II Imperio Francés que mezcla el neobarroco (en ningún caso neorrenacimiento) con algún toque decorativo modernista. El aspecto de la construcción encaja en el estilo elegante francés por la combinación de lo arquitectónico y lo escultórico. Predomina el color blanco de la piedra caliza y del estucado que imita este material, que se emplea en paramentos y elementos decorativos arquitectónicos y escultóricos. Sobre la claridad de la fachada resalta el bronce de la rejería de balcones y puertas y el negro de la pizarra de las mansardas superiores y de la cúpula. Un toque espectacular es el dorado (auténtico pan de oro de 24 quilates) de la cúpula que refulge sobre la pizarra.

Detalle del edificio desde Gran Vía. El edificio no puede ser más Barroco, contrastando con la geometría del Círculo de Bellas Artes que se levanta en frente. La victoria alada parece saludar a la centinela Atenea del Círculo.

Descripción del exterior. En el edificio hay que distinguir claramente dos estructuras: las fachadas rectilíneas que dan tanto a Caballero de Gracia como a Alcalá (prácticamente iguales) y la rotonda con torre cupulada que se abre en la confluencia.

- Las primeras tienen un aspecto muy francés. Los ritmos compositivos de pisos, ventanas y balcones, recuerdan a palcos de un teatro desde donde asistir y contemplar el espectáculo de la vida ciudadana. El almohadillado se reserva para el zócalo, pero también se continúa en el cuerpo superior por los balcones cerrados de los extremos del rectángulo que forma la fachada a cada calle. Ménsulas muy decoradas sostienen las molduras sobresalientes de balcones y cornisas separadoras de los cuerpos principales. Es muy llamativo el uso que hace de las balaustradas de piedra, muy tupidas, combinadas con las ligeras y diáfanas barandillas de metal. En general, busca contrastar las líneas rectas del elemento adintelado de la mayor parte de los vanos, con las curvas de los arcos de los pisos bajo y último.

El frente rectilíneo del edificio que da a Caballero de Gracia. La única diferencia con la fachada que da a Alcalá es la puerta y balconada central, que en este lado resulta mucho más modesta, puesto que se diseña como entrada secundaria para subir a la entreplanta del edificio donde tendría sus oficinas y despachos la compañía de la Unión y el Fénix.

El basamento permite en buena parte el vano, que es aprovechado para escaparates y un portalón de bronce donde se concentran buena parte de los motivos ornamentales que aparecen en piedra de la fachada. Como otros edificios madrileños mantiene como elemento decorativo fundamental la sillería almohadillada.

Portalón noble por Alcalá 39. La puerta se abre para los pisos superiores en un gran arco con un portal de rejería de hierro y bronce muy bello que repite los elementos decorativos minuciosos de la fachada. La restauración de finales del siglo XX, le ha introducido el logo de Metrópolis en el óvalo superior.

Los extremos de la fachada recta se rompen al ofrecer hacia la calle balcones curvilíneamente convexos y al sobresalir sobre la línea del tejado con un arco de medio punto. Un ave fénix sostiene con sus alas estos balcones, insistiendo sobre el símbolo de la compañía que patrocinó el edificio, mientras que sobre la cornisa del arco que los remata en altura se recuestan parejas mujeres. Estos grupos escultóricos tiene un aire que recuerdan las  alegorías miguelangelescas de los sepulcros de los Medici, pero al contemplarlos con detenimiento vemos que se tratan de figuras relajadas y sonrientes que portan símbolos alegóricos del trabajo o de la actividad de la compañía de seguros. Posiblemente estas esculturas pertenezcan al escultor que según los escritos de la época se conoce como De Lamhert, pero del que no he podido averiguar nada.
Los paramentos se ornamentan con relieves en piedra simulada realizados por el escultor español Pedro Estany. Los motivos de estos relieves son alegres y engarzan en la tradición clásica, barroca e incluso rococó en algunas rocallas de ciertas enmarcaciones. Predomina el motivo decorativo vegetal de las guirnaldas de flores, frutas y ramajes de hojas (roble y laurel) prendidas por cintas y anillas. Estos motivos son muy utilizados en otros edificios madrileños de la época. Con ellos se pretende crear un ambiente festivo y engalanado. Con las guirnaldas se enlazan y enmarcan otros motivos como las caretas femeninas sonrientes, elemento muy utilizado por el modernismo, y los escudos ovales de rocalla y las cabezas de leones y peces (en los rincones).

El edificio se remata con un cuerpo extraño, un doble piso, que ya vimos que  no estaba en los planes originales de Fevrier y que añadió Esteve. El primero piso posee apretados balcones de piedra y ventanas adinteladas cubiertas con un frontón curvo partido en cuyo interior sobresale la almohadilla de un óvalo. Sobre este piso se levanta el tejado casi vertical de pizarra a modo de mansardas y unas ventanas con arcos de medio punto y molduras curvilíneas modernistas. Por último el cierre del edificio se realiza con un barandilla metálica que oculta un tejado plano.

- La rotonda es sin duda lo más espectacular y llamativo del edificio. El poderla contemplar desde casi todos los ángulos, la hace perfecta como estandarte. Se estructura también en las tres partes que lo hacía el resto de la fachada, aunque aquí varían los elementos decorativos, y se refuerza el último tramo con una bellísima cúpula coronada con una escultura.

El zócalo está hecho de sillares calizos auténticos que se han almohadillado. Éstos crean pilares que sostienen arcos de medio punto. Los vanos generados en distintas direcciones eran ideales para facilitar la entrada y salida en el local. El  cuerpo central se retranquea hacia atrás para lucir en primer plano una columnata exenta de orden corintio que abarca los dos pisos principales. Las columnas  son de fuste liso y de capiteles corintios rigurosos, es decir con finas hojas de acanto, pero el aparecer pareadas y tan sobresalientes le da el toque barroco.  Entre las columnas asoman los balcones que nos unen compositivamente al resto del edificio. Para hacer más barroca la impresión, los capiteles sostienen unos sobresalientes tramos de entablamento que tienen como misión reforzar el movimiento de la fachada creando bellos contrastes de luces y sombras y servir de pedestal a los grupos escultóricos del tercer cuerpo.

Los grupos escultóricos del último cuerpo de la Rotonda son con toda seguridad del escultor francés Paul Landowski (1875-1967). Son altorrelieves alegóricos. Los de los rincones muestran lo que aparentemente es una escena casi idéntica, dos mujeres, una de ellas alada y vestida y la otra desnuda desbordando frutos por la boca de una cornucopia. Se identifican con la Fortuna, la más joven que se muestra hacia Alcalá, y la Abundancia, hacia Caballero de Gracia.

Los otros cuatro grupos centrales son interpretados de diversas maneras, pero aquella que más me satisface es la alegoría a las cuatro estaciones del año representadas a través de grupos de hombres y mujeres que realizan tareas agrarias encuadradas en distintos momentos. Sería una forma de hacer referencia a que la Compañía de seguros atiende cualquier contingencia a lo largo de todo el año. Los dos grupos centrales se identifican muy bien. El verano se representa con un segador que levanta la cabeza hacia el sol tapándose con el brazo y unas mujeres que asoman con gavillas entre campos de cereales. El otoño lo simboliza un hombre que trasporta sobre sus hombros un capacho con uvas mientras una mujer come los frutos en la viña.

Los grupos extremos son más difíciles de interpretar. Por un lado, la primavera lo conformarían un grupo de ¿sembradores? con sus espuertas; y por otro, el grupo del invierno lo forman un hombre barbado al que abraza un bebé y una mujer. que parece estén descansando.

Decora la soberbia cúpula otro grupo, concepción genial de Mariano Benlliure. Dicho grupo está compuesto por una matrona, que representaba a La Unión y el Fénix Español amparando a las tres ramas de sus seguros: de incendios, de trabajo y de vida. Por un lado, se representa a un hombre dormido a su derecha, símbolo del fuego apagado; por otro a un obrero descansando, encarnación del trabajo y sus peligros; y en tercer lugar, a un niño delante, expresión de la viada sana y vigorosa, eternamente joven y rodeada de esperanzas.

El adorno final del palacio era en su origen un grupo escultórico hermosísimo que representaba un ave fénix que lleva sobre su cuerpo á un hombre, representando la Humanidad salvada del fuego, obra del escultor francés René Saint-Marceaux. Tal obra fue sustituida cuando el edificio fue vendido a otra compañía de seguros, Metrópolis, que cambió los nombres de la fachada y los logos de la rejería. La nueva estatua es una victoria aladade Federico Coullaut Valera; el Fénix original se encuentra ahora en el patio ajardinado del paseo de la Castellana de la aseguradora Mútua Madrileñá. Aunque es una imagen harto conocida ya que sirvió como remate a muchos edificios madrileños y de toda España que pertenecían a la antigua Unión y El Fénix.

La antigua estatua original remarcaba más la verticalidad del edificio al terminar en el brazo extendido hacia el cielo del joven.

La nueva imagen de victoria alada resulta muy sensual y parece estar a punto de iniciar el vuelo o dar un salto al vacío.

Si alguien tiene enchufe para entra en el edificio se pueden admirar todavía vestigios del antiguo edificio como la elegante escalera, obra de Estany y modelo de  buen gusto, así como la terraza plana desde la que contemplar el patio interior y las calles que la rodean.

Hueco de la escalera del edificio Metrópolis.

También a través de la terraza se puede acceder al interior de la cúpula, que resulta hoy en día muy decepcionante por estar infrautilizada como almacenillo de mantenimiento.

Y como no me quiero despedir de tan bello edificio con una imagen tan fea os dejo de propina la vista de la cúpula al atardecer desde el edificio de la Gran Peña en Gran Vía.

domingo, 26 de octubre de 2014

LAS TORRES DE LA PLAZA DE COLÓN EN MADRID. HISTORIA Y POLÉMICA DEL SÍMBOLO DEL "DESARROLLISMO ARQUITECTÓNICO".

Con el siguiente artículo voy a dar comienzo a una serie de artículos sobre edificios y espacios  emblemáticos de mi ciudad, Madrid. Construcciones que no tienen porqué ser ni las más bellas ni las más antiguas, ni si quiera que todavía existan, sino aquellas que a lo largo de la historia han sido significativas de una época o forman parte sustancial del paisaje urbano actual.

La Plaza de Colón con las torres como protagonistas. Uno de los centros vitales de Madrid.

Las Torres de Colón, emblema de Madrid y polémicas.

Empiezo con las llamadas Torres de Colón, dos rascacielos gemelos de hormigón, acero y vidrio ubicados en la Plaza de Colón de Madrid (España). Se encuentran en un lugar estratégico de la ciudad: en el centro del eje Paseo del Prado-Recoletos- Castellana, que cruza Madrid de sur a norte, y donde convergen el noreste del casco histórico con el barrio de Salamanca, el ensanche más "nobiliario" de Madrid. El situarse en este cruce de caminos las ha convertido en uno de los emblemas más reconocibles de la ciudad y por ello motivo para mi estudio.

Vista aérea en Google maps de la plaza de Colón de Madrid antes de la actual ubicación de la estatua de Colón en el centro de la glorieta. En círculo con línea intermitente roja las dos torres que se levantan en la esquina con la calle Génova.

En la elección de las torres como objeto de este artículo han pesado tres razones más. Las enumero ahora en esta introducción para pasar a explicarlas con más detenimiento en capítulos aparte:
  • 1.-En primer lugar, me ha llamado la atención la intrahistoria de cómo se gestaron, puesto que es muy significativa de una época. Las torres de Colón pueden considerarse el símbolo de la construcción especulativa de los años 60-70 y de la implantación de unas ordenanzas nuevas para una ciudad en expansión como era el Madrid receptor del éxodo rural, que a su vez, quería ser la vanguardia de la modernidad y del desarrollismo. Disputas internas dentro del Ayuntamiento de Madrid hicieron que se paralizaran las obras durante años, que incluso se llegara a ordenar la demolición parcial de las mismas y que finalmente se tardaran más de diez años en verlas acabadas.
Así se promocionaban las recién acabadas torres en 1977. Por entonces, pertenecían al holding de Ruíz Mateos (RUMASA) y se denominaban Torres de Jerez, en homenaje a la ciudad natal del empresario.

  • 2.- El sistema constructivo de las Torres de Colón es otra razón para elegir este edificio. Ya en su momento a nadie se le escapó su singularidad. Los madrileños vieron y sufrieron durante muchos años la erección de estos edificios. Primero, fueron dos esbeltísimos pilares de hormigón que se alzaron hasta casi cien metros de altura. Nadie entendía muy bien cómo se había permitido levantar un edificio tan alto y esbelto. Pero ahí no quedó la cosa, éstos espigones sólo eran los soportes o esqueletos de las torres a los que se añadiría en sus cimas una plataforma cuadrada. Y así se quedó, presidiendo la plaza durante varios años, debido a los conflictos judiciales presentados por el Ayuntamiento. Superados éstos y reanudadas las obras, se pudo observar que se cumplía un dicho que parecía imposible, “comenzar la casa por el tejado”, puesto que el edificio se fue rematando sorprendentemente de la parte superior a la inferior, es decir de arriba a abajo.
Los espigones de hormigón interno que sirven de soporte a toda la estructura en 1968. Europa Press. Archivo Fotográfico del Diario Madrid. En esos momentos de la construcción todavía no se había rematado el edificio con la plataforma.

  • 3.- La polémica estético-artístico tampoco es ajena a mi elección como obra a comentar. Las torres son unos de los edificios más criticados por unos y alabados por otros. A nadie en Madrid les dejan indiferentes cuando se contemplan: hay quien defiende que las torres embellecen una plaza no muy afortunada y hay otros que desearían verlas derribadas por lo que afean el conjunto. La polémica ha trascendido nuestras fronteras y recientemente se las incluía, a mi juicio injustamente, en la web de viajes "Virtual Tourist" dentro de la lista de los diez edificios más feos del mundo. Sobre este aspecto no insistiré más, dejándolo a la opinión de cada uno.
La torre contrasta enormemente con los edificios historicistas del arranque de la Castellana.

Ficha técnica de la Torres de Colón.

Arquitecto. Antonio Lamela

Obra. 1964, proyecto de los planos. 1967, comienzo de las obras. La construcción fue interrumpida por orden judicial de 1970 a 1973. Fin de la construcción, 1976. Remodelación entre 1989 y 1992 por el mismo arquitecto.

Estilo artístico. Funcional.

Ubicación. Génova, 31. (Plaza de Colón).

Función. Originalmente fueron viviendas. Función actual de oficinas.

Altura: 110 metros (con la remodelación de 1989), 23 plantas a ras de suelo, más estructura superior y cubierta. Seis sótanos.

Superficie. 27.200 m2 construidos.

1.- La intrahistoria.

La historia de la gestación del edificio. Del proyecto inicial a sus modificaciones.

A comienzos de la década de los 60 el Ayuntamiento de Madrid decide remodelar la Plaza de Colón.

Este era el aspecto de la plaza de Colón en los años 50. Una plaza de edificios decimonónicos con la estatua de Cristóbal Colón en el centro formando una glorieta ajardinada, en el mismo sitio que ha quedado tras la última remodelación. Presidiendo su lado recto estaba la mole del edificio de la Casa de la Moneda y Timbre con un patio de entrada entre dos torres. Desembocando en ella desde el sur, el paseo de Recoletos; desde el norte la avenida de la Castellana; y desde el oeste, la calle Génova. En la esquina entre Recoletos y Génova se encontraba el palacio de Medinaceli con sus jardines y en la esquina entre Génova y la Castellana, el de D. Luís de Silva y Fernández de Córdoba.

La causa real, no declarada, para "reordenar" la plaza sería, seguramente, que alguien vio la oportunidad para realizar un "pelotazo" urbanístico en una de las arterias principales de la ciudad. La causa argumentada por el Ayuntamiento es que ante el inmediato traslado de la Casa de la Moneda a su nueva y actual sede (1964) y su posterior demolición (1970), se abría la oportunidad de dar de nuevo a Madrid una imagen cosmopolita y moderna. Así, además de  agrandar la plaza para convertirla en nudo de comunicaciones del tráfico de vehículos, ya importante en el Madrid de los sesenta, se levantarían edificios modernos de altura y cristal, construidos bajos los presupuestos del funcionalismo imperante. Es decir, había que crear al otro extremo de la ciudad y una década después una nueva Plaza de España que fuera el nuevo símbolo del Madrid del "desarrollismo".

Los planes iniciales de mediados de los 60 diseñaron una torre de viviendas con terrazas más cercanas a la estética de lo que habían hecho los hermanos Otamendi en la Torre de Madrid, pero de altura menor (sólo 19 plantas). También poseería un edificio comercial auxiliar de menor altura. Debajo, proyectos de dos distintos alzados del año 1967. El otro edificio con el que hermanaría estéticamente en la plaza sería el que se levantaba al otro lado de la calle Génova y qué sí terminó teniendo la altura y la estética  semejante a estos planos. Imágenes obtenidas del archivo del Legado Lamela que custodia el COAM.




A finales de los 60, el proyecto cambió y se decidió levantar dos torres de una estética y altura distinta a la proyectada inicialmente. Debajo, dos momentos de la remodelación de la plaza en 1969 y 1970 respectivamente. El Centro Colón de apartamentos, oficinas y comercios (también el museo de Cera) fue lo primero en ser levantado. El edificio de la Casa de la Moneda se mantenía en pie en la primera imagen todavía, aunque ya estaba abandonado; en la segunda se había convertido en un solar donde se construiría la actual plaza de los jardines del Descubrimiento y bajo ella un parking y el Centro cultural Fernán Gómez. Las torres de Colón durante estos años serán tan sólo los pilares centrales erectos que esperaban impávidos una decisión política para reanudar las obras.

En el lado de la plaza en que se levantarán las torres, el Ayuntamiento decidió expropiar el palacio de D. Luis de Silva y Fernández de Córdoba, que dejaría su solar pequeño e irregular para nuestras torres (1.710 m2) y para ampliar la plaza de Colón (469,10 m2).

La plaza de Colón a mediados de los sesenta. Lo más llamativo es el gran edificio de la Casa de la Moneda con los dos bloques flanqueando su entrada. Nuestro solar todavía estaba ocupado por el palacio, pero en frente ya se estaban llevando a cabo las obras del Centro Colón.

En el proyecto municipal también debería ser demolido el edificio colindante (Paseo de la Castellana 1, hoy sede del Crédit Agricole) para regularizar la plaza, cosa que no llegó a producirse. De hecho, durante más de 30 años la Torre que daba a la Castellana tuvo de “compañera” una pared medianera; tema que se resolvió recientemente al remodelar el lado izquierda del edificio y abrir ventanas en la pared y convertirla en fachada.

Foto del año 1974 en que se ve el arranque de las obras, desde la estructura superior hacia abajo. Al lado el edificio de Credit Agricole con su pared medianera.

El Ayuntamiento otorgó la licencia de obras en 1964 al estudio del arquitecto Antonio Lamela. La condición municipal para actuar en el solar fue que “la edificabilidad debía ser una unidad arquitectónica de marcada verticalidad” con objeto de compensar los costes de la expropiación. El Estudio dando respuesta a esta exigencia elaboró un proyecto de 1964 a 1967. Lamela constató que de realizarse una sola torre, la imagen urbana se habría visto impactada por la implantación de un edificio descomunal, por lo que  propuso el desdoble del volumen para rebajar altura. Tras largas negociaciones consiguió que el Ayuntamiento aceptara que se levantasen dos torres de 20 plantas, que , una vez iniciadas las obras en 1967, sufrirían varias modificaciones significativas sobre la marcha, por cambio de las Ordenanzas Municipales.

En el proyecto inicial se establecía que la finalidad de las torres sería el de ser edificios de vivienda de distinto tipo: en algunas plantas habría una o dos viviendas de lujo de gran tamaño (400 m2) y en otras entre cuatro o cinco apartamentos en régimen de aparta-hotel. La estructura de la base (primera planta, entreplanta y bajo) sería dedicada a oficinas o locales comerciales. Las seis sótanos se capacitarían para servir de garaje a más de 150 coches y para las instalaciones necesarias del edificio. Pero al iniciarse la construcción surgió un problema. Las Ordenanzas Municipales fueron modificadas respecto a la exigencia del número de plazas de aparcamiento por inquilino, debiéndose habilitar  más de 200 en vez de las 150 proyectadas. La única solución para ampliar la zona de parking sin modificar los planes estructurales, pasaba por trasladar el espacio de las instalaciones del edificio de los sótanos a la planta baja, con el consiguiente impacto económico negativo para los promotores que perderían gran parte de la zona comercial. Esto quedó descartado. La otra solución era que Lamela se decidiera a ensayar una nueva técnica de construcción que modificaría la estructura, pero que permitiera aprovechar al máximo el reducido solar: la técnica de las fachadas suspendidas.

Planta de las dos torres. Se observa la irregularidad del solar. Por otro lado, podemos ver la escasa superficie edificable. Una cuarta parte de cada planta la ocupan la estructura central de hormigón, reservada para ascensores y hall y las escaleras interiores.

En 1970, cuando ya se habían construidos las dos columnas huecas estructurales, la obra se interrumpió  por mandato municipal. Se dieron pretextos técnicos para la paralización, pero verdaderamente detrás había oscuras razones políticas. Teóricamente se excedía la altura permitida por 9 metros (el equivalente a 3 pisos). El alcalde, Carlos Arias Navarro, estaba decidido a que fueran derribados. Los metros discutidos eran las cabezas que organizarían el futuro sistema de suspensión, y que como elementos estructurales estaban permitidos según las OO.MM. Después de 3 años de paralización de las obras y de pleitos judiciales y recursos, las sentencias fueron favorables al Estudio Lamela. Por lo que en 1973 se reanudaron las obras.

Las obras de las torres estuvieron paralizadas de 1970 a 1973. Las siluetas de los obeliscos de hormigón, coronados por una plataforma, se hicieron elementos habituales del paisaje madrileño del final del franquismo y de los chascarrillos y chistes de los periódicos. Aquí la estatua de Colón de la plaza ironiza sobre los pleitos administrativos de ambos.

Al retomarse las obras en 1973 se recalificó la función del edificio, que pasó del régimen residencial al de oficinas. Aunque la superficie de cada planta no era mucha para hacer eficiente esta función, se entendió que serían un buen escaparate institucional en el centro de Madrid para muchas empresas. Hoy en día son marco promocional de la compañía de seguros "Mútua Madrileña" (torres) y el banco "Barclays" (basamento).

2.- El sistema novedoso constructivo. La técnica de fachadas suspendidas.

La técnica para levantar las plantas de las torres que aplicará Lamela ya se había llevado a cabo con anterioridad en 17 edificios en el mundo, pero no en uno que tuviese tanta altura y menos aún que estuviese dedicado a vivienda. La idea era realmente crear dos edificios independientes: por un lado, los sótanos y las plantas bajas del basamento, que se construirían siguiendo el modelo tradicional; por otro, las 20 plantas altas de las dos torres que se harían con el sistema innovador de suspender la fachada desde lo alto. Veamos en qué consistía el original método, ayudándonos de los planos del edificio.

Sección de la torre con las cuatro partes en altura de que constan las torres: sótanos, basamento comercial, plantas dedicadas a viviendas u oficinas y plataforma de soporte de la fachada.

Primero se construiría un núcleo o “columna” hueca de hormigón armado de 7,40 x 7,40 m que se clavaría profundamente en el subsuelo y que se levantaría hasta casi cien metros por encima de la superficie. Éste actuará de centro y soporte de cada torre (núcleo resistente). En el hueco del mismo se situarían los ascensores y vestíbulos a cada planta. A continuación, dichas columnas se rematarían con unos últimos tramos volados con una estructura de vigas (cabeza), también de hormigón armado., Desde allí se descolgarían las estructuras de cerramiento exterior y de solado de cada planta, actuando de "cimentación aérea". Este sistema obligaría a ir edificando las torres de arriba hacia abajo.

La fachada colgante se uniría con el núcleo central en cada piso con unas vigas de hormigón enhebrado, a modo de tirantes tensadores, sobre la que ir realizando la estructura de las plantas. El inconveniente de una torre con un único punto de apoyo central  es que podía tener una estabilidad mucho menor que una con los apoyos en los extremos. Para remediarlo había que contrarrestarlo con una mayor cantidad de materia en el gran pilar. Todo ello suponía encarecer un 15 % la construcción de la estructura.

Este es el hueco de ese gran pilar de hormigón que sostenía cada torre. en él se encajarían los ascensores y los vestíbulos a cada planta.

Sin embargo, este sobrecoste se veía muy compensado por otro cúmulo de ventajas económicas y técnicas, además de ganar mucho espacio útil al existir un solo soporte central. Por ejemplo, en los sótanos, sin los grandes soportes que se necesitarían para levantar 23 pisos por encima suyo, se obtuvieron las plazas de estacionamiento necesarias en las cuatro plantas que se habían pensado al principio. Los soportes de la fachada del basamento, al ser independientes de las torres, se situaron según la mayor conveniencia de las plantas comerciales, y solamente las cargas de estas plantas, ganándose por tanto mucha superficie. Además, gracias a la transmisión de cargas por el núcleo se pudo volar una de las torres sobre la calle Génova, ya que no había soportes que interrumpiesen  el paso peatonal. Además, el espacio de todas las plantas quedó totalmente diáfano entre los tensores en las fachadas y el núcleo, permitiendo la máxima libertad en la distribución de fachadas.

En esta imagen podemos ver la estructura de cimentación de la azotea desde la que se descolgaba la fachada. En la fotografía se puede apreciar perfectamente esta estructura y cómo se iba construyendo cada piso. Se utilizaba una plataforma de andamiaje que se bajaba de dos en dos pisos, permitiendo un trabajo más rápido y eficaz. en concreto se calcula que con este sistema se ahorró un 19 % de días de trabajo.

En la fachada de las Torres se podían ver los péndulos de hormigón y, por supuesto, los elementos prefabricados metálicos, en chapa de aluminio en color bronce-verde y con tratamiento de chorreo para evitar brillos, y los cristales oscuros. La carpintería es del mismo material y color, con líneas de color bronce claro.

Así quedaron las torres el año 1977 cuando acabaron las obras.





La remodelación de 1989.

En el proyecto original de 1967 Lamela no pensó en una solución acertada para el caso de desalojo del edificio. Su propuesta era una manga de tejido por la que las víctimas de un incendio se deslizarían directamente hacia la calle a modo de tobogán. A nadie se le ocurrió que esto suponía un riesgo muy grande para cualquiera que la utilizara, pongamos como ejemplo, desde el piso veinte. Una nueva ordenanza municipal vino a corregir este fallo de seguridad estipulando que este edificio, como todos los de altura, deberían tener unas escaleras exteriores de emergencia para facilitar la evacuación en caso de incendio.

Las torres antes de la escalera de emergencia exterior de 1898-92.

El estudio Lamela fue de nuevo el encargado de dar solución a la nueva norma municipal y, de paso, también de cambiar la imagen de las torres. La única manera que se vio para introducir las escaleras exteriores fue instalando una común entre ambas torres. Hasta entonces las torres sólo compartían basamento, pero desde que se adopta esta solución las torres se transforman en una sola.  Para ello tendió una gruesa viga de hormigón uniendo las cabeceras de las torres y desde allí colgó la escalera, a la que se puede acceder por una pasarela desde cada piso.

El famoso enchufe en cobre oxidado y las escaleras, que vistas desde lejos crean un efecto rítmico geométrico que no llega a desentonar con el resto del edificio. Foto del 2013.


Para enmascarar esta transformación tan sustancial del edificio se decidió dotarle de otro elemento de unión, el polémico "enchufe" o, para otros, remate "art decó" en bronce verde. Este "capuchón" cumpliría además la función de ocultar las abundantísimas antenas oficiales y no oficiales que se habían acumulado en los áticos de las torres y que los afeaban. El resultado transformó bastante el perfil del edificio, lo hizo más alto y muy reconocible a distancia. La controversia sobre su valor estético todavía perdura entre los madrileños.

El edificio se ha convertido en un hito reconocible desde cualquier punto alto de la ciudad.

Aprovechando las obras también se renovó el cristal granate de la fachada, añadiendo un segundo cristal coloreado que aislase más del ruido y de la temperatura de la ciudad.

Las reformas se acabaron en 1992.

Por último os dejo un vídeo muy didáctico sobre el edificio creado por Arquitectura Intrépida.