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martes, 26 de enero de 2016

JOHANNES VERMEER DE DELFT, LA PEQUEÑA CALLE Y LA VISTA DE SU CIUDAD. PAISAJES URBANOS DE DELF.

Johannes Vermeer (1632-1675) pintaba en 1658, con sólo 26 años, una escena de la vida cotidiana de su ciudad Delft, titulado posteriormente como "La pequeña calle". Una preciosa recreación de un momento intrascendente y de intimidad de los habitantes de su ciudad, donde se apreciaban dos casas tradicionales de la pequeña burguesía holandesa del siglo XVII, separadas por un callejón, que daba acceso a un patio. Las mujeres estaban en sus faenas diarias, cosiendo y lavando, mientras que dos niños jugaban en la calle.

Johannes Vermeer. La pequeña calle, 1657–1658. Óleos sobre lienzo, 54.3 cm × 44 cm. Rijksmuseum, Amsterdam.


Se trata de uno de los escasos exteriores que pintó Vermeer, del que, no obstante, emana el mismo halo de poesía, sencillez y credibilidad de todos sus cuadros de escenas interiores. Los eruditos pensaban hasta hace poco que se trataba de una composición imaginada para evocar la cotidianidad de la ciudad desde el punto de vista femenino; o incluso, que podría ser el exterior de la posada de su propiedad en la que vivía y trabajaba. Sin embargo, el profesor de Historia del Arte de la Universidad de Amsterdam, Frans Grijzenhout, ha demostrado que esta imagen era un espacio concreto de Delft con una especial conexión personal con el pintor.

Los resultados de su investigación se exponen desde noviembre de 2015 y hasta el 13 de marzo del 2016 en una pequeña exposición en el Rijksmuseum. A continuación, se trasladará al Museo Prinsenhof de Delft donde permanecerá expuesta hasta mediados de julio.

Frans Grijzenhout fotografiado delante del plano de Delft (anónimo) que representa la ciudad tras el incendio que la arrasó en 1536.


El profesor Frans Grijzenhout ha demostrado que la vista en cuestión corresponde con las actuales casas 40 y 42 de la calle/canal Vlamingstraat en Delft. Los edificios originales ya no existen, pero se ha podido comprobar que estamos ante esa localización mediante la consulta de un libro de 1667, conocido como el "Libro mayor del dragado de los canales en la ciudad de Delft". En este libro se registraba la cuota o impuesto que debía pagar cada vecino que tuviera una casa que diera al canal y que, por tanto, tuviera muelle en él. Como la cantidad de pago se estipulaba en función de las dimensiones de la fachada, se medía meticulosamente el ancho de cada casa y callejón.

Libro de registro de los muelles y canales de Delft, 1667, donde se inscriben los números 40 y 42 de Vlamingstraat.


Grijzenhout midió las proporciones que reflejaban el cuadro para obtener las medidas reales de la fachada y se aplicó sobre el libro de registro para encontrar un lugar que tuviera dos casas de 6,3 metros de ancho de fachada y que estuvieran separadas por dos callejones de  alrededor de 1,2 metros de ancho. Encontró esas propiedades en la calle Vlamingstraat, un barrio modesto en el este de Delft. No obstante, los edificios han sido sustituidos a lo largo de la historia y hoy ocupan estos solares dos edificios de finales del siglo XIX, de los cuales sólo uno conserva el callejón lateral.


Hubo que hacer una investigación adicional sobre los planos de la ciudad para confirmar la ubicación de las casas en relación con los jardines pequeños y otros edificios que aparecen en el fondo de la pintura. Al final de su estudio se pudo afirmar con rotundidad que no había otro lugar en Delft durante ese tiempo que coincidiese con esta configuración.

Izquierda: Johannes Vermeer, "El callejón", 1658; derecha: la ubicación de "La pequeña calle" con los residentes actuales (foto de Olivier Middendorp, cortesía Rijksmuseum). 


La calle actual en Google Street View.



Pero, además, Grijzenhout descubrió durante su investigación que la casa de la derecha de la pintura era propiedad de Ariaentgen Claes van der Minne, tía paterna de Vermeer. Esta era viuda y sacaba adelante a sus cinco hijos con la venta de callos, por lo que el callejón al lado de la casa era conocido como el Penspoort o Tripe Gate. También sabemos que la madre y la hermana de Vermeer vivían en el mismo canal pero en los números impares, por lo tanto,  Johannes Vermeer pasaba por enfrente habitualmente y tenía sentimientos personales asociados a ese rincón. Incluso es posible que las figuras del cuadro fuesen miembros de la familia; y fuese su tía quien trabajaba en la puerta de su casa y los niños sus primos.


Google Art Project ha creado una exposición virtual que combina vistas de alta resolución de la pintura con la vista actual de la Calle, que os recomiendo visitar pinchando aquí.

El cuadro. Vermeer y el paisaje urbano holandés de Delft.

Solo hay treinta y cinco pinturas que sobreviven de Vermeer y, entre ellas, sólo dos paisajes urbanos de Delft, La pequeña calle de 1657 y la Vista de Delft de 1661. La conexión personal con la ciudad donde nació, vivió y murió explica porqué eligió estos dos temas. Sin embargo, aunque el paisaje era un género muy habitual en el barroco holandés, no es en lo que se especializó. El pintor prefirió temas costumbristas, escenas íntimas e intrascendentes de la vida cotidiana en el interior de las viviendas burguesas y con mujeres como protagonistas. No hay ninguna duda sobre la autoría de estos dos cuadros, pues fueron firmados por el pintor, aunque sí que es verdad que temáticamente están más cerca de la producción de otros pintores costumbristas holandeses que trabajaron en Delft por aquellas fechas.

Detalle de "La pequeña calle" con la firma sobre la pared blanca que hay encima del banco de la izquierda.


De hecho, nuestro cuadro recuerda la obra de Pieter de Hooch (1629-1694), pintor que pintó un buen número de vistas de patios de viviendas de Delft desde 1657 en adelante y que indudablemente influyó sobre nuestro pintor. Estas imágenes celebraban las virtudes de la vida doméstica en las pintorescas calles estrechas y casas donde De Hooch vivió. En La pequeña calle, Vermeer aportó su propia sensibilidad a la composición del tema y una perspectiva nueva, la contemplación de la escena desde la lejanía, desde el otro lado de un canal.

Pieter de Hooch. Dos mujeres y una niña en un patio, 1657-58. Óleo sobre lienzo, 68 x 57.5 cm. The Toledo Museum of Art, Toledo, USA. Esta es una de las primeras escenas que pinta De Hooch con el tema de tareas cotidianas en el patio de una casa. Divide en secciones el cuadro, dando protagonismo de forma similar tanto al pavimento, a la pared de ladrillo encalada, como a la vista de los tejados y del cielo. La criada a la izquierda ocupa un lugar central en la disposición, al igual que la doncella de Vermeer en el callejón.


A partir de 1658, De Hooch mejora su estilo y comenzó a realizar composiciones de personajes frontales que tienen un punto de fuga a través de puertas que dan a la calle como en las escenas de patio de la National Gallery de Londres. Para dar credibilidad a las escenas, el pintor aportaba muchos detalles humildes. En estas pinturas con mujeres trabajando, Pieter de Hooch idealizó la vida doméstica holandesa, las virtudes simples, la eficaz administración del hogar y la buena educación de los niños.

Pieter Hooch. Un patio de Delf con un mujer y un niño, 1658. Óleo sobre lienzo, 73.5 x 60 cm. National Gallery, Londres. En tan solo un año, los patios oscuros del ejemplo anterior, se llenan de luz y de meticulosa precisión en los detalles arquitectónicos. 


En De Hooch, los ladrillos y el pavimento y cómo incide la luz en ellos se convierten en protagonistas, lo que también se refleja en Vermeer. Sin embargo, la técnica de De Hooch es de pincelada muy meticulosa con un grado de realismo casi fotográfico, que difiere de la de Vermeer, que aplica, casi de manera impresionista, brochazos de pintura gruesa en un solo lugar y pinceladas casi puntillistas en otro. Las manchas de color avejentan y ensucian los muros y con esos toques, unas veces suaves y otros granulados, les quita la monotonía rítmica de la fachada.


En este cuadro, Vermeer se sale de su trabajo habitual de captar las atmósferas interiores de las viviendas burguesas: la luz indirecta y las texturas de objetos lujosos como mesas, alfombras, mapas murales, jarras, vestidos o alimentos. En este cuadro los protagonista son la luz exterior y los objetos modestos, poco pictóricos, como el mortero y el pobre ladrillo de construcción; las contraventanas de madera descoloridas de herrajes oxidados; las paredes encaladas manchadas por la humedad; las tejas gastadas y descolocadas; los bancos humildes adosados a la pared exterior donde se sentaban los vecinos para descansar de una dura jornada; o el pavimento gastado por donde pasaban los habitantes de Delft.


Las hileras de adoquines desgastados que convergen lentamente hacia el punto de fuga son esenciales para crear profundidad y romper la planitud asfixiante de la fachada. Hay detalles sociológicos que impresionan por su realismo. Una corriente de agua y jabón, fruto del lavado que esta realizando la criada en un barril en el callejón, corre a lo largo de la pared que divide las propiedades de los portales adyacentes. Los viajeros europeos de la época señalaron con frecuencia que los holandeses eran unos fanáticos de la limpieza. Cada mañana, los vecinos daban un lavado a fondo de la calle en frente de sus propiedades. Se decía que el agua de los canales de Delft era tan limpia que podría ser utilizado para la fabricación de cerveza. En la Holanda del siglo XVII, la higiene doméstica era una virtud que se asociaba con ideas religiosas de limpieza espiritual y pureza.


Esta temática está más en la línea de otro pintor que trabajó en Delft como Jacobus Vrel, pero con una calidad incomparable.

Jacobus Vrel. Vista de una calle con una panadería, 1655. Colección privada, Nueva York. La diferencia con la obra de otros pintores costumbristas de escenas callejeras, como Vermer o de Hooch,  es abismal como se puede comprobar por este cuadro, posiblemente recreado en Delf o Harlem. Su estilo aparentemente ingenuo y la rareza de sus imágenes, han hecho que se especule sobre si era un aficionado. 



Jacobus Vrel, Vista de ciudad, 1654-1662. Óleo sobre tabla, 36 x 28 cm. Rijksmuseum, Amsterdam. Vrel es un pintor que se adelanta cronológicamente a los otros dos pintores de Delft en los temas domésticos y los efectos de luz. Vrel rechazó el enfoque tradicional de los otros artistas holandeses que describen con gran detalle las superficies y prefiere recrear la forma de vida. 


Jacobus Vrel. Escena callejera, 1654-1662. Óleo sobre lienzo, 40.64 x 33.02 cm. J. Paul Getty Museum, Los Angeles. Sus escenas de la calle son inusuales en su anonimato, mostrando callejuelas anodinas y a la gente común paseando o conversando. 


Según historiadores de la arquitectura, Vermeer representa a la derecha una casa que data de la segunda mitad del siglo XV o de principios del siglo XVI. No era el tipo de casa urbana de lujo habitadas por la élite privilegiada de Delft, sino una vivienda para la gente modesta, aunque bien construida. Tenía techos altos, habitaciones bien iluminadas y frontones de medida inusual, probablemente esta fue la razón de que hubiese perdurado tanto al tiempo como a las catástrofes que asolaron a Delf. La casa sobrevivió al gran incendio de 1536 que destruyó una porción considerable de Delft. Muestra numerosos signos de repintado y parcheo de grietas que pueden haber sido infligidas por otra calamidad, la explosión del almacén de municiones que en 1654 mató a cientos de habitantes.


A diferencia de Vrel y Hooch, a Vermeer también le interesan las condiciones atmosféricas, como por otra parte es característico del paisajismo holandés. La escena que representa Vermeer está iluminada por la luz tamizada por la sombra de las nubes, que sólo dejan ver un triángulo de cielo azul en la pare superior. Las nubes se ejecutan con delicadas pero rápidas pinceladas diagonales de color blanco con pequeñas mezclas de ocre rojo y azurita. El efecto es la realidad climatológica de Holanda, sometida a las borrascas gran parte del año.


Uno de los detalles más conmovedores en la obra de Vermeer es el de los dos niños absortos en su juego. A pesar de que ocupan una pequeña parte de la pintura, sin su presencia, la atmósfera mágica que impregna la obra se vería privada de gran parte de su calor íntimo. Como es propio de la naturaleza enigmática del pintor, ni se revelan los rostros de los niños ni se desvela su juego. Así, el artista estimula al espectador a explorar las emociones de su propia infancia y participar activamente en la contemplación del cuadro.



La vista de Delf.

Sobre el otro cuadro de paisaje urbano que realiza Vermeer, la Vista de Delft, hay muchos más estudios e interpretaciones.

Johannes Vermeer, Vista de Delft, 1660-61. Óleo sobre lienzo,  96.5 x 115.7 cm. Mauritshuis, La Haya. Vermeer lo realizó probablemente con ayuda de una cámara oscura desde un piso alto. El cuadro muestra una vista de la ciudad con el río Schie en primer plano.


A finales de la década de 1650 y comienzos de los 60, Delft se había convertido en una importante atracción turística. Las personas acudían de todas partes de los Países Bajos y del extranjero para ver los edificios públicos y religiosos de la ciudad, así como la tumba de Guillermo de Orange, un monumento de mármol dedicado al padre de la independencia de la República Holandesa.

Delf, a medio camino de las principales ciudades holandesas.



La tragedia reciente también había transformado a Delft en una atracción turística. El 12 de octubre 1654 explotó, como ya mencioné, el almacén de municiones de la ciudad, reventando una parte considerable de la ciudad.

Egbert van der Poel. La explosión del almacén de pólvora de Delf, el 12 de octubre de 1654.


Egbert van der Poel. Vista de Delft después de la explosión de 1.654. Óleo sobre tabla, 36,2 x 49,5 cm.  National Gallery, Londres.


A pesar de la destrucción causada por la explosión, Delft se mantuvo como una importante ciudad de paso que muchos artistas de vez en cuando visitaron porque, a través de un transporte de barcazas de línea, cómodo  y de horario bien ordenado, estaba a menos de unas horas de La Haya, Amsterdam, Leiden o Rotterdam.

Hendrick Cornelisz Vroom. Vista de Delft desde el noroeste, 1615-34. Óleo sobre lienzo, 71 x 162 cm. Gemeente Museo, Delft. En primer plano los polders y las barcazas y veleros que recorrían los canales que unían la ciudad con otras ciudades cercanas de Holanda.




Los holandeses estaban enormemente orgullosos de su país, de su forma de vivir y de las ciudades en las que vivían. Escribieron historias de las ciudades que celebran los logros de sus ciudadanos más reconocidos y la belleza de sus monumentos. Imprimieron mapas y grabados a gran escala que retrataban su país. No hay gente en la historia que plasmara sus paisajes tan frecuentemente y con tanta atención al detalle como el holandés.

Plano de Delf. Mapas de ciudades holandesas, editado por Willem y Joan Blaeu, 1652. La ciudad en tiempos de Vermeer.


El mismo Vermeer introduce los planos y mapas como motivo decorativo de las habitaciones burguesas que pinta.

Vermeer de Delft. Soldado y muchacha, 1658. Óleo sobre lienzo, 50.5 x 46 cm. Frick Collection, Nueva York. 


Los holandeses fueron los primeros en formular el paisaje urbano como un género independiente de la pintura. Los ayuntamientos, a menudo, encargaron a los pintores que pintaran las torres de sus viejas iglesias y los nuevos edificios majestuosos que reflejaban la riqueza, así como las imponentes fortificaciones  de las que se enorgullecían. Delft fue una de las ciudades más recreada por los artistas como podemos comprobar en los siguientes cuadros. Sus iglesias, canales y fortificaciones fueron pintadas repetidamente a lo largo del siglo XVII. Y hasta fue objeto de experimentos ópticos.

Daniel Vosmaer. Una vista de Delft a través de una logia imaginaria, 1663. En el primer plano  una Logia imaginaria con piso de losa blanca y negra. Delft visto desde el oeste con las murallas y las torres visibles del Viejo y el Nuevo Iglesias y el Ayuntamiento. Óleo sobre lienzo, 91 x 113 cm. Museo Het Prinsenhof de Delft.


Jan van der Heyden. Vista de Delft con la Iglesia Vieja, 1670. Jan van der Heyden. Vista de Delft con la Iglesia Vieja, 1670. Óleo sobre tabla, 55 x 71 cm. Detroit Institute of Arts.


Hendrick Cornelisz Vroom. Vista de Delft desde el suroeste, 1620. Óleo sobre lienzo, 71 x 162 cm. Gemeente Museo, Delft. Es la misma vista de Delft que la de Vermeer pero años antes de que se derribara el Kolk o torre albarrana que aparece separándose de las murallas de la ciudad.


Carel Fabritius. Una vista de Delft, 1652. Óleo sobre lienzo, 15 x 31 cm, National Gallery, Londres. Este diminuto lienzo distorsiona la perspectiva de este paisaje urbano de forma premeditada, porque, lo más probable, es que el lienzo estuviese pegado a una superficie cóncava, dentro de una caja de perspectiva, y que al mirarlo a través de un agujerito, la distorsión quedase corregida. Por la documentación de la época, sabemos que Fabritius estaba obsesionado con los trampantojos y los estudios ópticos, y que construyó cajas de perspectiva que no se conservan. Esta pequeña pintura podría ser el único ejemplo que ha sobrevivido de sus experimentos. En esta vista de Delft pueden distinguirse con claridad la Iglesia Nueva y el ayuntamiento.


Volviendo sobre la Vista de Delft de Vermeer el área representada era conocido como el Kolk, por un bastión construido en 1573, que había sido destruido cuando se modernizaron las fortificaciones de la ciudad y en su lugar se creo un puerto fluvial triangular. El Kolk era el principal punto de partida para otras ciudades a través de los ríos Schie y Maas y el de entrada a la ciudad a través de sus puertas.



La puerta de Rotterdam, a la derecha, es reconocible por sus torres gemelas con chapitel, que consistía en el edificio principal y la barbacana con las Torres Gemelas. De allí, un puente levadizo conducía a pequeños astilleros junto al canal Schie, de los cuales el primero es visible en el extremo derecho del cuadro. En el centro un puente que dejaba un pequeño vano para el paso de barcas hacia el interior de la ciudad que tenía un rastrillo que podía ser bajado en caso de ataque de la ciudad. A la izquierda se encontraba la puerta de Schiedam, con su torre del reloj. Hasta mediados del siglo XVIII las puertas sirvieron para recaudar el impuesto de portazgo, un impuesto al consumo que se aplicaba a todos los bienes que pasaban. Ni una sola piedra queda de estas puertas pues fueron demolidas entre 1834 y 1836.

Este es el espacio (el ángulo abierto con las líneas rojas) que abarca la pintura sobre el plano de la ciudad pintado por Willem y Joan Blaeu en 1652. 



Reconstrucción virtual de la escena, detallando los edificios que se pueden reconocer en el cuadro.



Y esta es la vista, cincuenta años después. Abraham Rademaker. Vista de Delft con las puertas de Schiedam y Rotterdam (detalle), 1700-1710. Dibujo, 66 x 106 cm. Stedelijk Museum Het Prinsenhof, Delft.


Hay que decir que Vermeer eligió el perfil más característico de Delft a la luz de la mañana. Los primeros rayos iluminan la Iglesia Nueva, la Nieuwe Kerk. La Nieuwe Kerk tenía un significado especial para los ciudadanos de Delft y para todos los holandeses porque allí se encontraba la tumba de Guillermo de Orange, el príncipe del siglo XVI que inició la revuelta independentista de los Países Bajos del Norte contra el gobierno de España.


No hay duda de que Vermeer compuso la obra y seleccionó con maestría lo que quería mostrar para transmitir el profundo amor que sentía por su ciudad. Se tomó licencias artísticas para alterar las dimensiones y los contornos de algunos de los principales edificios para transportar al espectador en el tiempo y transmitir el sentido material de agua, aire, ladrillo y mortero.

Más sobre la pintura barroca holandesa en este blog pinchando en este enlace.

martes, 21 de octubre de 2014

CORNELIUS GIJSBRECHTS. MAGIA CON LA PINTURA. EL TRAMPANTOJO BARROCO.

En la época barroca una de las finalidades más específicas de las artes figurativas y de la arquitectura fue la de crear ilusión de realidad. Para ello los artistas se valieron de artificios visuales de perspectiva para transformar los espacios arquitectónicos reales o de trampantojos ("trampa al ojo", en francés trompe-l´oeil) para alterar la percepción de la realidad pictórica con tal fidelidad óptica que se crea la ilusión de estar ante objetos verosímiles. Los efectos ilusionistas aplicados al espacio resultan espectaculares por el efecto creado por construcciones pintadas en perspectiva en las paredes que nos hacen creer, por ejemplo, que la habitación se abre ante un paisaje o que el techo de una sala ya no existe y contemplamos en su lugar el cielo. Sin embargo, lo que realmente me maravilla de los pintores barrocos es cuando pintan lo cercano, cuando hacen presente los pequeños objetos del día a día como si pudiéramos adelantar la mano y tocarlos. En esos detalles de representar las calidad de los objetos como algo táctil, capaces de engañar a nuestros ojos, es donde se muestra la capacidad de un pintor.

Cornelius Gijsbrechts. Detalle de Trampantojo con pared del estudio del pintor y naturaleza muerte con Vanitas, 1668. Óleo sobre lienzo, 118 x 152 cm. Staten Museum for Kunst, Copenhague, Dinamarca. Si desplegáis la imagen se puede ver a la perfección el veteado de la madera, el reflejo metálico de la jarra, el craquelado del pequeño retrato y la sombra que proyecta. Debajo se muestra el cuadro entero.





Quiero compartir mi  admiración por uno de estos genios del trampantojo, Cornelius Gijsbrechts, del que reconozco que hasta hace poco era un auténtico desconocido para mí. Lo cual tampoco es tan extraño, ya que las noticias que se poseen sobre este pintor son muy escasas y poco fiables. Por indicios, parece que debió nacer en Amberes hacia 1630 y que debió morir hacia 1675 en Brujas. Su vida pictórica se conoce desde 1657 en que se datan sus cuadros más antiguos pintados en su ciudad de nacimiento. Su vida desde la siguiente década fue itinerante buscando encontrar el éxito. Ocurría que en los Países Bajos se concentraban muchos pintores de genio que tenían muy difícil descollar por la competencia existente entre ellos, por lo que algunos, como Gijsbrechts, optaron por la especialización temática y por emigrar en busca de nuevos clientes. Se sabe que en 1664 trabajaba en Ratisbona y que de 1665 a 1668 residió en Hamburgo. Su éxito llegó cuando desde ese año pasó a pintar para la corte danesa, cambiando su domicilio a Copenhague. Precisamente, fruto de los encargos del rey Federico III y Christian V de Dinamarca, es por lo que el Staten Museum for Kunst de Copenhague conserva los mejores cuadros de este pintor (hasta 20). Allí pintó para el monarca y su sucesor hasta 1674, año en el que se conoce pintaba en Breslau.  Finalmente en 1675 se fechan sus últimos trabajos en Brujas.

Cornelius Gijsbrechts. Trompe l'Oeil con trompeta, Globo celeste y proclama de Federico III. 1670. Los objetos parecen dispuestos en una estantería de madera de manera desordenada y sobresaliendo de su espacio.



Su estilo. Gijsbrechts se especializa en el género de la naturalezas muerta y en las vanitas, pero con una intención añadida de hacerlas presentes en la realidad mediante el trampantojo o los juegos ópticos. Este tipo de pintura se puso de moda entre coleccionistas y expertos de las cortes europeas de la segunda mitad del siglo XVII,  por lo que impulsó a un grupo de pintores de los Países Bajos amantes del detalle a captar este mercado. Entre los más destacados en este estilo están nuestro pintor belga y los holandeses Cornelis Brize (1622-1670) ySamuel van Hoogstraten (1627-1678).

Cornelius Gijsbrechts. Trompe l'Oeil de un gabinete del estudio del artista, 1670-1671. Óleo sobre lienzo, 132 x 1990 cm. Statens Museum for Kunst, Copenhagen, Dinamarca.



De Brize toma la idea de crear juegos compositivos con papeles y estampas clavados sobre paneles. Su cuadro más famoso es un trampantojo que colgaba en la misma Tesorería de Amsterdam para la que fue pintada, que mostraba colgados una variedad de papeles, cartas, notas, dibujos y monederos, todos ellos objetos habituales que se podían encontrar en la oficina de los interventores de la ciudad. Para entender el juego totalmente falta otro lienzo que se levantaba frente a esta pintura que habría reforzado el efecto trompe l'oeil. En ese cuadro se representaban paquetes de papeles que colgaban de ganchos de la pared.

Cornelis Brize. Documentos en el muro de la Tesorería del palacio Real de Amsterdam, 1656. Óleo sobre lienzo, 194 × 250 cm. Amsterdam Museum. Si se pincha en la imagen se abre el cuadro a pleno detalle.


De Hoogstraten recoge las ideas de los enredos visuales y juegos ópticos. A este pintor debemos una curiosa caja pintada, a la que se conoce como "peepshow", cuyo interior está pintado en tres lados, así como en la parte superior e inferior. Por medio de un sistema de espejos dentro de la caja y a través de unas mirillas que hay en los lados más cortos se conseguía ver convincentes vistas en tres dimensiones de una habitación de una casa holandesa. con puertas abiertas que dan a otras salas.  que proporcionan la ilusión de vistas tridimensionales del interior de una casa. que se encuentra en la National Gallery.

Samuel van Hoogstraten. Una "Peepshow" con vistas del interior de una casa holandesa, 1655-60. Naational Gallery. En la imagen superior se puede ver la vista frontal y ligeramente escorada de la caja y debajo las cinco vistas de la habitación con las que se configuraba el efecto tridimensional.



Con frecuencia sus composiciones presentan una tela que tapa parcialmente los objetos: tarjetas, cartas, partituras, instrumentos musicales, calaveras, flores... El recurso de la tela, tal vez tenga que ver con la leyenda que contaba Plinio el Viejo sobre la disputa que libraron en el siglo V a. C.  los pintores griegos Zeuxis y Parrasios sobre cuál de ellos era el más grande. Cuando Zeuxis desveló su pintura de uvas, parecían tan exquisitas y tentadoras que los pájaros bajaron volando del cielo e intentaron picotearlas. Zeuxis le pidió entonces a Parrasios que corriera la cortina de su pintura, tan sólo para que entonces Parrasios revelara que la cortina en sí era una pintura, y Zeuxis se vio obligado a conceder la victoria a su oponente porque: «Yo he engañado a los pájaros, pero Parrasios me ha engañado a mí».

Cornelius Gijsbrechts. Trompe l'Oeil. Partición de tablero con cartas y partituras, 1668. Óleo sobre lienzo, 123,5 x 107 cm. Statens Museum for Kunst, Copenhague, Dinamarca. Detalle superior izquierda y cuadro entero.





Este desbordado tablón con cartas, partituras musicales, almanaques, hojas sueltas y plumas de oca queda al descubierto al levantar la pesada cortina que lo tapa. El pintor la ha recogido para nosotros y nos engaña con su dominio total del medio pictórico. La imitación de la realidad es tan ilusoria que seríamos capaces de alargar la mano para tocar los papeles o echar la cortina. Los bolsillos del tablón también contienen peines de hueso. La reproducción de las materias que forman los objetos es perfecta: el lacre brillante, las vetas de la madera, los clavos metálicos y el grosor de los papeles plegados.



Un ejemplo particularmente extraño de su pintura en trompe l'oeil es una imagen de un caballete sobre el formato de tamaño natural (2,25 m de altura y 1,23 m en su punto más ancho) del mismo, donde parece reposar un lienzo con un bodegón. Visto de frente, la imagen da el pego porque podemos ver entre los listones del bastidor. En la repisa del caballete se depositan pinceles y notas y un trapo azul tapa parte del lienzo. Otro lienzo descansa dado la vuelta en el suelo apoyado en las patas del caballete. Cuando nos acercamos comprobamos que todo es una ilusión porque se trata de un pintura que ha transformado su marco al tamaño exacto del objeto que representa. Para que quede más claro el juego visual véase la imagen.

Cornelius Gijsbrechts. Trompe l'Oeil de caballete con bodegón, 1668-72. Óleo sobre lienzo, 225 x 123 cm. Statens Museum for Kunst, Copenhague, Dinamarca.


En la misma línea del engaño visual está la pintura de Cornelius Gijsbrechts titulada  el reverso de una pintura. En un lienzo de tamaño medio, el artista ha pintado la figura de un cuadro enmarcado, visto por detrás. Es un nido de rectángulos. En el exterior, se ve la carpintería del marco y dentro el lienzo en su reverso, gris oscuro-marrón. El dorso desnudo del lienzo sin tratar. Para crear el verdadero efecto juega con las luces que crea la profundidad tridimensional. Además, el artista ha buscado recrear con pequeños toques manchas y accidentes en la tela y el bastidor para crear efectos de realismo: pequeñas irregularidades, roces, grietas en la veta de la madera, hilos... y detalles maravillosos como los pequeños clavos doblados en ángulos diferentes que sostienen el lienzo. Pero lo que hace más auténtico el cuadro y da la gana de volverlo del revés es el trozo de papel, sujeto con un lacre, con el número 36, el número de catálogo para la venta. Así se completa el engaño óptico, de absoluta perfección.

Cornelius Gijsbrechts. El reverso de un cuadro, 1678-72. Óleo sobre lienzo, 66,4 x 87 cm. Statens Museum for Kunst, Copenhague, Dinamarca.


A primera vista, la pintura parece moderna al espectador de hoy. Sin embargo, no es una pintura abstracta como las bidimensionales suprematistas de Malevich. La representación exacta del armazón y de la tela muestran que la intención básica es totalmente diferente: que el pintor enfatiza por encima de todo el objeto real.


Para ver más cuadros de este pintor y más detalles de las obras comentadas no te pierdas este enlace.

también puedes ver en este blog:

jueves, 2 de octubre de 2014

JACOB RUISDAEL Y EL PAISAJE HOLANDÉS DEL SIGLO XVII.

La pintura holandesa de paisaje del siglo XVII constituye uno de los capítulos más brillantes y originales de la historia de la pintura barroca.
Tradicionalmente se ha visto en ella una voluntad de realismo; este punto de vista se ha expresado por ejemplo diciendo que por medio de sus paisajes los pintores holandeses hacían un fiel y apasionado retrato de su país. Desde los pintores flamencos del siglo XV, especialmente desde Van Eyck, encontramos en esta tierra la devoción por registrar de forma realista lo que les rodeaba. Aunque el paisaje apareció en Flandes propiamente como género durante el siglo XVI con pintores como Joaquín Patinir y Peter Brueghel el Viejo, no será hasta el siglo XVII en  Holanda donde alcance la categoría de representación real de una nación, de una tierra y de sus gentes.

Pieter Brueghel. La cosecha, 1565.



Es irónico que un  pueblo que vive en un pequeño lugar tan acuoso, llano y gris haya conseguido un registro tan variado y bello de su medio. Ello es explicable conociendo el contexto histórico. El pintor holandés demuestra el orgullo por su patria, que ha conseguido la gesta de afirmarse como nación en este siglo frente a enemigos tan poderosos; y también siente orgullo por vencer en la batalla diaria de arrebatarle tierra al mar con sus polders o por poseer un alto nivel de vida, alcanzado gracias a su trabajo y a los negocios lucrativos del comercio internacional. Sólo desde el orgullo, por tanto, es capaz de entenderse cómo supieron mostrar al mundo a través de sus cuadros la belleza de sus vastas llanuras y cielos cubiertos, el trazado regular de sus canales y ríos llenos de meandros, sus polders y diques, sus playas, sus ciudades y pueblos y, por supuesto, sus espectaculares mares tempestuosos.

Jacob Ruisdael. Vista de Harleem, 1668


La visión holandesa del paisaje no es tan fiel como en principio se puede pensar, sino que selecciona y reforma la naturaleza y el medio humano para representarlos de modo ejemplar y mejorado. El pintor salía a pasear por el campo, tomaba apuntes de esa realidad y a la vuelta, en su estudio, componía una imagen manipulada mezcla de lo visto y de las licencias artísticas que le permitían crear algo armónico. Por otro lado, a menudo, en esta pintura hay mensajes codificados de contenido proverbial o religioso y una idea bucólica de "urbanitas", que contempla el medio rural como lugar ideal para la reparación mental.

Hobbema. Avenida de Milderhamis, 1689.



El gran desarrollo alcanzado por la producción paisajística también fue consecuencia del crecimiento de una clase burguesa que demandaba este tipo de género para decorar sus viviendas. Muchos de los cuadros intimistas de Vermeer de Delf o de Gabriel Metsu nos muestran deliciosos momentos de la vida cotidiana enmarcados en habitaciones que se decoran con este tipo de temática, para solaz de sus dueños.

Vermeer de Del. Detalle de Carta de amor, 1667. En la pared cuelgan un paisaje con camino y paseante y una marina.



La pintura de paisajes fue tan popular que generó una competencia entre los pintores que obligó a casi todos a terminar especializándose en algún aspecto para ser conocidos. Había que buscar el éxito en parcelas concretas: Hendrick Avercamp pintó casi exclusivamente escenas de invierno; Aert van der Neer añadió los temas nocturnos y crepusculares a su especialidad de paisajes de invierno; Willen van der Velde retrató la mar y la navegación; Jan Van Goyen y Salomon Ruysdael los estuarios y los caminos y las granjas entre las dunas; hubo pintores, como Paulus Bril Cornelius van Poelenburch, que seducidos por el paisajismo italiano de los Carracci o de los pintores franceses como Poussin Lorena, pintaron a corteses pastores en escenarios de campiñas con ruinas clásicas; Rembrandt prefirió pintar tenebrosos paisajes imaginarios de efectos lumínicos expresionistas; Paulus Potter fue ante todo un pintor de animales pastando en paisajes muy bellos; Vermeer de Delf hizo su incursión en el paisaje urbano con las vistas de su propia ciudad; Meindert Hobbema creó agradables caminos entre hileras de árboles por los que paseaban los ciudadanos; Philips Koninck pintó mayoritariamente panorámicas llanuras... A continuación tienes una buena exposición de algunos de los autores y paisajes más interesantes.


El más dotado y versátil de todos lo pintores paisajistas holandeses fue sin lugar a dudas Jacob van Ruisdael, que cultivó casi todas las ramas anteriormente mencionadas, salvo las vistas italianizantes.

Nació en Haarlem en 1628 en el seno de una familia de pintores de la que podemos destacar a su padre Isaack y a su tío y a su primo Salomon. Todos ellos firmaron sus cuadros como Ruysdael, con "y" en vez de con "i" como lo hizo Jacob en un intento de distinguirse.

Sus primeras obras datadas son del año 1646, donde se nos muestra como un joven pintor muy dotado y un gran observador del detalle botánico. Los protagonistas de los paisajes de esta primera época son los árboles que aparecen en primer plano recortados contra el cielo gris que ocupa dos tercios del cuadro. Los ríos y los caminos serpentean. También realizó alguna Vista panorámica de Naardem con rayos de sol que asoman entre las nubes iluminando selectivamente la llanura por un instante.

Ruisdael. Orilla del río, 1649.




En 1651 viajó a Westfalia y pintó al menos doce veces El castillo de Bentheim. El artista monumentalizó la escena deliberadamente buscando un efecto de grandeza. Transformó la escasa elevación sobre la que se asentaba el castillo en una verdadera montaña sin que con ello se perdiera su apariencia natural. También exageró la altura de las torres para crear el efecto de fortaleza imponente. Hay una lectura simbolista de la obra que interpreta que el castillo es la "fortaleza celestial", los árboles caídos el símbolo de la vanitas y los viajeros diminutos aquellos que buscan la salvación.

Ruisdael. Castillo de Bentheim, 1653.




Desde 1653 pintará una serie de anónimos molinos de agua. Le atrae del tema las sencillas y típicas construcciones de paja y la violencia del agua al golpear sobre los cangilones de madera. No cabe duda de que Ruisdael monumentalizó intencionadamente los molinos recurriendo a situar el punto de vista bajo y les dotó de una atractiva apariencia de decadencia al resaltar el descuidado y podrido tejado o su ruinosa pared. Juega con el espectador haciéndole presagiar la inminencia de la destrucción erosiva del agua.

Ruisdael. Dos molinos de agua con la compuerta abierta, 1653.




Hacia 1656, Ruisdael se trasladó a Ámsterdam donde su arte alcanzó todavía mayor grado de riqueza y de complejidad. Pintó un buen número de escenas de bosques en los que se abrían claros y el paisaje simbólico más claro de entre los pintados, su famoso Cementerio judío de 1567. El lugar no es real: une las ruinas de la abadía de Egmond, una montaña y un arroyo con unas tumbas del cementerio judío de Ouderkerk. El motivo, así como el árbol marchito y el arco iris, constituyen una alegoría que exhorta al espectador a meditar sobre la transitoriedad de la vida y el paso del tiempo. El tema será retomado en el Romanticismo.

Ruisdael. El cementerio judío, 1657.




En 1670 pintó su célebre Molino de Wijk, que hoy se considera casi como el emblema de Holanda. El artista ajustó la elevación y la apariencia real del cilindro de la torre para potenciar su fuerza expresiva. La luz, de nuevo, y el ambiente mágico de la tormenta resaltan el dramatismo de la escena.

Ruisdael. Molino de Wijk, 1670.




También entre las décadas de los 60 y 70 hizo importantes constribuciones a la representación de:
  • Escenas de playa: grandes extensiones de sorprendente colorido.
  • Escenas de invierno, con un toque de tristeza característico y la creación de sensaciones de humedad y frío por medio de un cielo encapotado y de la nieve.
  • Vistas panorámicas de Haarlem de Alkmar, como ya pintó a finales de los 40, donde el cielo toma el protagonismo y la línea del horizonte queda extremadamente baja. Las ciudades se recortan en la lejanía creando la impresión de majestuosidad ilimitada.
  • Cataratas que nunca pudo contemplar, puesto que no existía en la geografía de la zona
  • Marinas de aguas agitadas en los estuarios del río Y, donde el viento empuja las olas y las velas de los barcos.
Ruisdael. Escena invernal.