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sábado, 22 de febrero de 2025

LOS SUMERIOS. MESOPOTAMIA, 3.500-2.100 a. C. LA CUNA DE LA CIVILIZACIÓN. Exposición "Antes del Diluvio, Mesopotamia, 3500-2100 a. C."

"Los sumerios, una cultura de ciudades y letras, que vivieron entre techos y textos para armarse contra el mundo."

La Obra Social ”la Caixa” ofreció un viaje en el tiempo y el espacio para descubrir la cultura mesopotámica, cuna de la civilización, en la exposición "Antes del Diluvio, Mesopotamia, 3500-2100 a. C." que se celebró del 27 de marzo al 30 de junio de 2013.

La exposición pasó un poco desapercibida, tal vez porque no aportó grandes piezas, de esas espectaculares que hubiesen permitido hacer llamativa la muestra, pero para mi gusto fue la mejor que se pudo ver en Madrid en esos días. Me suscitó especial interés por el esfuerzo verdaderamente didáctico que se hizo para acercar al gran público los distintos aspectos de la cultura que se desarrolló en las llanuras aluviales del Tigris y el Éufrates en los milenios IV y III a. C. El conjunto reunido fue único y estuvo bien expuesto. Fueron cerca de 400 pequeñas piezas procedentes de treinta y dos museos y coleccionistas de todo el mundo: estatuas, cerámicas, sellos cilíndricos, tablillas con textos en cuneiforme, joyas, objetos rituales y símbolos. La muestra superó los tópicos y presentó las investigaciones más recientes en torno a ese periodo. Finalmente, el conjunto se completó mediante otros medios como entrevistas filmadas y reconstrucciones en 3D, así como a través de obras de artistas contemporáneos, fotografías y filmaciones que fueron testimonio de la fascinación que todavía suscita esta civilización.

En este vídeo podemos ver un resumen visual de algunas de las piezas más interesantes.



Contexto  histórico-geográfico de sumerios y akadios.

Hace unos 5.500 años, en lo que hoy es el sur de Iraq, los pueblos mesopotámicos que hablaban sumerio y acadio crearon las primeras ciudades, en un espacio fértil y al mismo tiempo inhóspito, las zonas bajas e inundables del Éufrates y el Tigris. Todo parece indicar que, más que un pueblo con unas características étnicas, lingüísticas y culturales propias, en Mesopotamia convivieron tribus de distintas procedencias con lenguas y tradiciones diversas. No se sabe si los sumerios fueron un pueblo, procedente de la India o de Arabia, que se instaló en el fértil delta, o si, en tanto que pueblo o etnia, nunca existieron, sino que lo que hubo fue probablemente distintas tribus, asentadas en dicho territorio desde la prehistoria, que hablaban varios idiomas, entre ellos el sumerio y el acadio.

Los estudiosos coinciden en que la cultura urbana nació en esta región antes que en cualquier otro lugar del mundo, como lo evidencian los restos de la ciudad «sumeria» o «pre-sumeria» de Uruk. Con la primera ciudad, Uruk, surgió la primera red de comunicaciones compuesta por vías y canales; se establecieron jerarquías sociales y una división del trabajo que dio paso el capitalismo; también emergió un poder fuerte (monárquico o imperial); se ideó la escritura, el cálculo, y las unidades de medida del tiempo y el espacio, así como el valor de los bienes y el derecho... Estas manifestaciones culturales marcaron el inicio de la separación del ser humano de la naturaleza, al mismo tiempo que la dominaba.

Tras la caída de Uruk, hacia el 2900 a. C., un buen número de ciudades-estado independientes crecieron en las riberas sureñas de los ríos Tigris y Éufrates, y en las marismas del delta. Quinientos años más tarde fueron unificadas en un primer imperio, el acadio, con su capital, Acad, asentada quizá en la actual Bagdad. De corta duración, fue reemplazado por un segundo imperio, llamado de Ur III —en el que la lengua de culto (y ya no habitual) volvió a ser el sumerio en vez del acadio-, gobernado desde la ciudad sureña de Ur.

ÁMBITOS DE LA EXPOSICIÓN

La exposición se dividió en varios ámbitos o hilos argumentales que voy a sintetizar en cuatro partes.

1. Sobre el mito de la creación del mundo.

Comenzó la exposición intentando explicarnos cuál era la explicación mágica que se dieron los sumerios sobre todo lo que les rodeaba y, por supuesto, en primer lugar, sobre el origen de su mundo. Los textos y los objetos rituales muestran: el origen divino de la ciudad, el enfrentamiento entre los dioses primigenios y las nuevas deidades, la creación de la humanidad, el mito del Diluvio, la reconstrucción de la Tierra y el nacimiento de la cultura como consecuencia de un pacto entre dioses y hombres.

Figuras fundacionales. La del centro es la de Ur-Namma con un cesto. Mesopotamia, ca. 2112-2095 a.C. Aleación de cobre | 27,3 cm. The Metropolitan Museum of Art, Nueva York, obsequio de Mrs. William H. Moore, 1947. © The Metropolitan Museum of Art/Art Resource/Scala, Florence, 2012.

Relatos míticos contaban lo que aconteció en los inicios. Todos coincidían en que la vida se originó en una ciudad. Tras la creación, el universo había quedado inconcluso. Le faltaba vida. El mito del Paraíso sumerio cuenta que la tierra no poseía lo necesario para ser habitable. Los canales no acarreaban agua, el territorio no estaba parcelado y las ciudades no poseían murallas nítidamente trazadas. La creación del mundo tuvo que ser completada y corregida. Esta tarea incumbió al dios Enki. Los seres humanos, alentados por Enki, proseguirían con el trabajo.

Cabañas de las marismas del delta del Éufrates-Tigris. Ursula Schulz-Dornburg. Vanished Landscapes, detalle, 1980/2006. Series fotográficas sobre papel | Dimensiones variables. Colección de la artista. © Ursula Schulz-Dornburg.

Enki era el ‘señor’ (EN) de la ‘tierra’ (KI). La tierra sobre la que reinaba era la tierra de las marismas del delta del Tigris y el Éufrates: una tierra cargada de limo. Fue una divinidad favorable a los humanos, a los que enseñó la agricultura y las artes para sobrevivir a las inclemencias venidas siempre del Cielo. Su símbolo era el toro.

Sello cilíndrico con escena de siembra. Período acadio, ca. 2200 a.C. Concha | 3,3 cm × Ø 1,7 cm © Visitors of the Ashmolean Museum, Oxford.

  • 1. El toro, emblema de fertilidad. Los toros vagaban por marismas y deltas. Su potencia sexual era legendaria. Se decía que los dioses creadores, en forma de toro, como Enki, habían llenado el curso de los ríos Tigris y Éufrates con su semen. La tierra daba frutos cuando toros tiraban del arado: su paso por la tierra mágicamente la fertilizaba. En el Mediterráneo, el toro era el animal más poderoso. Superaba en fuerza al león y al oso. Por ese motivo, era el emblema de los dioses creadores, que se manifestaban en forma de toro, y de todas las cosas poderosas, desde las ciudades santas hasta los ríos que bramaban. Una tiara hecha de cuernos de toro superpuestos distinguía a los dioses de los humanos.
El toro de Enki, finales del III milenio a. C..


  • 2. La creación del hombre (y su destrucción). Al concluir la Creación, el dios del Cielo y sus hijos se aposentaron en lo alto. Mientras, los dioses más antiguos, los Igigi, tenían que cuidar de la tierra y los canales. Se cansaron, se sublevaron. El Cielo buscó una solución. Enki cogió barro de las Aguas de la Sabiduría y moldeó siete figuritas que insertó en el vientre de su madre, la diosa-madre, donde fueron gestados. Los humanos fueron asignados al cultivo y el riego de la tierra, para producir alimentos con los que ofrendar a los dioses. Se multiplicaron. El Cielo decidió limitar su número porque competían con los dioses y desencadenó un diluvio. El dios Enki, amante de los humanos, ordenó a un sabio construir un arca y proteger a ejemplares de todos los seres vivos. Las aguas anegaron el mundo. Al séptimo día, la lluvia cesó. El arca se detuvo. Los seres vivos descendieron y repoblaron la Tierra, y fueron perdonados por el Cielo.
Vasija votiva en forma de embarcación. Templo, montículo V, Bismaya (la antigua Adab, Irak). Período tercera dinastía de Ur, 2112-2004 a.C.). Yeso | 14,5 × 22,5 × 8,3 cm. Oriental Institute Museum, Chicago. © Oriental Institute of The University of Chicago.

2. Las ciudades, el símbolo de la civilización.

La ciudad era una creación divina. La suerte de la ciudad dependía de la presencia del dios tutelar. Los dioses escogían el emplazamiento, ordenaban la fundación e incluso participaban en la construcción de templos y palacios. La creación de la ciudad fue una manera de romper con la naturaleza: un espacio ideal, ordenado por los dioses. En frente estaba la naturaleza que era pasto de monstruos y de fieras, y necesitaba ser intervenida. La ciudad no brotaba de la tierra, sino que la explotaba y se defendía de ella. La ciudad era la antítesis de la naturaleza: un lugar de convivencia. Los salvajes siempre vivían solos, en los riscos y los desiertos; por el contrario, los ciudadanos, (bien) vestidos, formaban comunidades y se regían por asambleas. La civilización en Súmer, en definitiva, existía porque existían las ciudades: centros de orden, poder y legalidad, desde los que se daba fe de lo que acontecía. Los seres humanos a través de su vida en las ciudades dominaban la naturaleza, pero también se daban la jerarquía para que los trabajos tuvieran un orden, por lo que surgieron los reyes/sacerdotes o patesis que les dirigían.

La ciudad de Khafaje, mediados del III milenio. Reconstrucción virtual del Templo Oval. © Luis Amorós y Miguel Orellana (404 Arquitectos), Barcelona y Vancouver, 2011.

Súmer se desarrollará como un conjunto de ciudades-estado en la baja Mesopotamia. La más antigua, Uruk, llegó a tener, ya en el IV milenio a. C., entre 35.000 y 80.000 habitantes; y la ciudad de Ur — donde según algunas leyendas habría nacido el bíblico Abraham—, entre 200.000 y 350.000 habitantes. Fue la ciudad más poblada del mundo hasta Roma, 2.000 años más tarde. Estas ciudades-estado estaban unidas por carreteras por las que circulaban mensajeros reales que disponían de postas en las que descansar, y por canales de regadío, por los que también se podía navegar en barcas de remo o a vela.

Reconstrucción virtual del Templo Blanco de Uruk, tal como debía mostrarse a mediados del IV milenio. Reconstrucción (3-D). © Luis Amorós y Miguel Orellana (404 Arquitectos), Barcelona y Vancouver, 2011.

Las tareas de construcción incumbían a seres superiores: divinidades y reyes. En ocasiones, éstos colaboraban. Una vez iniciada la obra, los dioses responsables engendraban a divinidades menores que asumían trabajos muy específicos, desde el cuidado del fuego hasta la fabricación de los ladrillos. Nada se decía de los verdaderos artífices de las obras, los «arquitectos» o los constructores. Eran sólo peones. La razón de esas creencias residía en la importancia que se concedía al acto de edificar. La elevación de un edificio se asemejaba a la creación del mundo. El patesi Gudea de Lagash fue el mejor ejemplo de constructor/promotor y por ello aparece representado en numerosas obras ofreciéndose a los dioses.

Estatua del príncipe Gudea rezando. Girsu, actual Tell-Telloh (Irak). Período del reino de Gudea (2130 a.C.). Museo del Louvre.

Los rituales de fundación tenían mucha importancia y nos han dejado numerosas muestras arqueológicas. La obra, a punto de iniciarse, iba a robar una parte del espacio de los dioses del inframundo. Había que honrarles y comprar su benevolencia a fin que no echaran abajo los muros que se iban a levantar. El primer ladrillo era especial. Lo moldeaba el mismo rey, añadiendo leche, miel o cerveza. Textos con la descripción del ritual seguido, himnos en honor de los dioses y maldiciones contra los demonios eran escritos o inscritos en una de las caras.

Tablillas fundacionales de Il (monarca o ENSI de la ciudad de Umma), ambas con la misma inscripción dedicada a la diosa ∂TAG.NUN. Período presargónico, ca. 2430 a.C. © Oriental Institute of The University of Chicago.

El rey era representado transportando el primer ladrillo o cesto sobre su cabeza en señal de sumisión. También se hincaban unos pesados «clavos de fundación», quizá para ahuyentar a los malos espíritus, en las zanjas de los cimientos. A fin de proteger la obra, se distribuían fetiches de terracota en el interior de los muros: seres guardianes fabulosos que ahuyentaban el mal de ojo, así como «ídolos-ojo». Un elemento constructivo cubría una doble función práctica y mágica: el gozne de las puertas que daban al exterior. Fórmulas rituales se inscribían en la parte superior de la piedra para detener a los malos espíritus. Por fin, al concluir la obra, unos clavos de terracota se hundían en los muros: eran documentos de propiedad.

Cono de arcilla de Ur-Ba'u con inscripción Lagash (Irak). Período segunda dinastía de Lagash. Arcilla | 14,9 × 6,3 cm | © Trustees of the British Museum, Londres.

Se realizaban planos (plantas, alzados, detalles) casi siempre sobre tablillas de arcilla secadas al sol. Los sistemas de representación eran los mismos que hoy: proyecciones ortogonales, acotadas, aunque la escala no estaba indicada. Se han encontrado proyectos de ciudades, vías y canales, edificios públicos y privados, de viviendas modestas incluso. Las líneas se trazaban con un punzón sobre una superficie húmeda de arcilla, con la ayuda de una regla y un cartabón. Las formas y el emplazamiento de los elementos (muros, por ejemplo) se indican mediante el trazado de los contornos.

Plano de una casa. Adquisición sin datar, ca. 2000 a.C. Cerámica | 11,4 × 12,2 × 2,6 cm. Vorderasiatisches Museum, Staatliche Muséen zu Berlin. © Staatliche Muséen zu Berlin, Foto: Olaf M. Tessmer.

Los hogares se estructuraban alrededor de un espacio central, cubierto o al aire libre. En la planta baja se disponían talleres, la cocina y aseos. Las estancias privadas y los dormitorios se ubicaban en el primer piso. Escaseaban los muebles; no así cestos y cajas. Bajo la vivienda, se hallaban las tumbas de los familiares, niños, sobre todo. La casa acogía a generaciones pasadas y presentes.

Una pesa con forma de pato.

Estructurar y dividir el espacio era una actividad esencial. Aportaba seguridad física y psíquica. Para eso, fue necesario que el rey Šulgi (2094-2047 a. C.), de la tercera dinastía de la ciudad de Ur, unificara las distintas unidades de peso y de medida empleadas por las ciudades, a fin de poder organizar todo el Imperio neosumerio. La base era sexagesimal: aún hoy, el tiempo se divide en sesenta unidades. Las compraventas se efectuaban mediante el uso de plata en tiras dispuestas en espiral, que se portaban como brazaletes. Éstos se cortaban y se pesaban gracias a pesos calibrados en forma de animales. Unos diez gramos de plata permitían adquirir una tonelada de cereales.

Espiral de plata usada como moneda de cambio.

La escritura fue otro medio para apartarse de la naturaleza y crear un mundo propio, controlable por el hombre. Parece que fue inventada en el sur de Mesopotamia, a mitad del IV milenio a. C. La escritura mesopotámica, al igual que la egipcia, fue, en sus inicios, parcialmente pictográfica: los signos gráficos más comunes reproducían los rasgos más característicos de las cosas más habituales designadas. La escritura se habría inventado no para anotar lo visible, sino para acercarnos a lo invisible. Habría servido para otear el destino, una manera de exorcizar temores y esperanzas, de mediar con lo desconocido.

3.- La ciudad de Ur.

Ur se asentaba cerca del delta del Tigris y el Éufrates. Pudo incluso haber sido fundada en medio de las marismas, hoy retiradas por la bajada del nivel del mar. Canales de comunicación habrían atravesado la ciudad, uniendo dos puertos fluviales. Una extensa área sagrada y palaciega rodeaba la pirámide escalonada del zigurat. El tejido urbano, muy denso, se asemejaba al de un casco antiguo de una ciudad mediterránea. La trama seguía las primitivas vías procesionales que unían distintos santuarios. En el centro de Ur, hace 4.500 años, se ubicaron tumbas reales subterráneas, cerca de las cuales, 500 años más tarde, el rey Ur-Nammu mandó erigir el primer zigurat de la historia. La descomposición del burocrático imperio de Ur III, a finales del III milenio a. C., selló el fin del sur de Mesopotamia. Desde entonces y hasta la invasión árabe, en el siglo VII d. C., los centros de poder se desplazaron hacia el norte (Babilonia, Assur, Nínive) y el este (Persépolis). La ciudad fue abandonada en tiempos de Alejandro (siglo IV a. C.).

Reconstrucción virtual de la ciudad de Ur, tal como podía aparecer a finales del III milenio, situada en un paisaje marismeño, bordeada por el río Éufrates y un canal artificial. En primer término, uno de los dos hipotéticos puertos fluviales, no lejos del recinto sagrado dedicado al dios luna Nanna o Nannar. Reconstrucción (3-D). © Luis Amorós y Miguel Orellana (404Arquitectos, Barcelona y Vancouver, 2011-2012).

El templo era la casa de la divinidad. Eran organismos vivientes, comparados a montañas que llegaban al cielo, árboles cósmicos o columnas que unían el cielo y la tierra. Los templos apuntaban hacia determinadas constelaciones, manifestaciones de divinidades benéficas, como la Osa Mayor, o la estrella matutina. Una muralla aislaba el santuario, el cual comprendía las moradas de los dioses y de los sacerdotes, archivos, escuelas, almacenes, y talleres artesanos. Los humanos, salvo sacerdotes y reyes, tenían vetada la entrada. La divinidad estaba presente a través de la estatua de culto. El clero la alimentaba y la vestía diariamente. A partir del 2100 a. C., el santuario incluyó una pirámide escalonada, el zigurat, coronada por una capilla que ocupaba la divinidad cuando descendía a la tierra.

El zigurat de Ur según la maqueta de la exposición.

El zigurat era la mítica cumbre montañosa que salvó a la humanidad de ser ahogada bajo las aguas que cubrían el resto de la tierra castigada por el Diluvio, y que detuvo el curso errático del arca en la que se habían refugiado el sabio Utnapištim (el Noé sumerio) y representantes de todos los seres vivos: descendieron y repoblaron la tierra. La cumbre redentora recibía el nombre de zigurat, que significaba ‘construcción en lo alto’. El zigurat recordaba en la ciudad los peligros de los diluvios, pero también infundía confianza: refugiados en lo alto, los humanos podían sobrevivir. Los dioses también se beneficiaban del zigurat: les evitaba pisar la tierra embarrada cuando descendían hacia el mundo de los hombres, y descansaban en el santuario que coronaba aquél, evitándoles los peligros mortales del espacio humano.

Los templos albergaban estatuas de culto, pero no se han encontrado. Quizá estuvieran hechas de madera, revestidas de tela y ornadas de joyas, por lo que no se han conservado, puesto que el clima en Súmer era muy húmedo. Los orantes de piedra podían ser efigies divinas, pero es probable que representaran a seres humanos. Se depositaban a los pies de la estatua de culto, para que el dios los protegiera. Las manos juntas expresaban sumisión y piedad ante los dioses, o respeto ante los reyes, y las orejas exageradas, la adquisición de la inteligencia en contacto con la divinidad: el hombre sabio era todo oídos.

Estatua masculina de pie. Khafaje (Irak), templo de Nintu, nivel V. Período dinástico arcaico II, 2650-2550 a.C. Calcita o yeso, con incrustaciones de concha y masilla de bitumen | 26 × 12 × 6,5 cm | Penn Museum, Filadelfia. © University of Pennsylvania Museum of Archaelogy and Anthropology.

Las tumbas sumerias solo contenían un pobre ajuar funerario, signo de la misérrima «vida» que aguardaba al difunto. Un huevo de avestruz, no obstante, quizá suplicara un posible renacer. Las tumbas reales de Ur, del 2500 a. C., contenían, por el contrario, tesoros de oro y plata. Mas éstos no habían sido depositados para hacer la «vida» en el más allá placentera, sino que tenían que servir para comprar la benevolencia de los poderes infernales, lo que expresaba el terror ante una vida espectral.

Corona o tocado. Ur (Irak), tumba particular 800, cuerpo #1. Período dinástico arcaico IIIa, 2600-2450 a.C. Oro, lapislázuli, cornalina | 40 × 5 cm. Penn Museum, Filadelfia. © University of Pennsylvania Museum of Archaelogy and Anthropology.

4.- La otra exposición.

Además de las piezas sumerias, la exposición incluye algunas obras contemporáneas, fotografías y filmaciones que son testimonio de la fascinación del viaje a las fuentes de la cultura, o de lo que quede de ella: la serie de fotografías Mesopotamia de Ursula Schulz-Dornburg, el vídeo Shadow Sites II de Jananne Al-Ani, y Escultura de arena, una fotografía de David Bestué.

Vídeo Shadow Sites II de la videoartista y fotógrafa iraquí Jananne Al-Ani. Premio de la Bienal de Venecia. Está hecho por una serie de imágenes aéreas y satélites del desierto iraquí.  Escudriñando el territorio árido, se muestra intervenido por el devenir humano. La obra adquiere cierta evocación pictórica, escultórica también.

La muestra se complementa con documentación tal como ejemplares de textos árabes desde el siglo IX y cristianos desde el siglo XVI hasta los años treinta del siglo pasado, de viajeros que recorrieron, a partir del siglo XII, el sur de Mesopotamia. También se han incluido entrevistas filmadas a expertos en el arte sumerio, así como un diario de viaje filmado durante una visita a seis yacimientos sumerios (Ur, Uruk, Eridu, Tello, Tell al-’Ubaid y Kiš), en octubre y noviembre de 2011, a cargo de un equipo de la Universitat Politècnica de Catalunya y la Universitat de Barcelona junto a arqueólogos iraquíes, profesores de las universidades de Bagdad y de Samawa, y policías y militares.

Por último, el espectador podrá encontrar varias reconstrucciones virtuales en 3D elaboradas expresamente para la exposición y que recrean la ciudad de Ur y el Templo Blanco de Uruk, entre otros, así como una maqueta de la ciudad de Ur y un cortometraje de animación.

domingo, 6 de enero de 2019

ARQUITECTURA DE LA DINASTÍA DE LOS SEVEROS. CARACTERÍSTICAS Y PRINCIPALES EDIFICIOS. LA EXPOSICIÓN "ROMA UNIVERSALIS" (2)

Como ya dijimos en un anterior artículo, hay otra buena razón más para visitar Roma hasta el 25 de agosto de 2019: perderse por el renovado Parque Arqueológico del Coliseo y ver la extraordinaria exposición "Roma Universalis: El Imperio y la dinastía venida de África". Ya conocimos, en otro artículo, la historia de esta familia y nos familiarizamos con sus rostros a través del análisis de sus retratos, por eso, en éste, me centraré en otros aspectos que ilustra la exposición. En concreto voy a analizar algunos de sus logros políticos que me parecen importantes para entender el devenir del imperio y profundizar en cómo se sirvieron de la arquitectura para hacer propaganda política de su dinastía.



Sobre los espacios de la exposición.

La exposición está extendida por todo el Parque arqueológico, pero especialmente se divide en tres grandes ubicaciones que involucran el Coliseo, la Domus Severiana o residencia histórica de los Severos en la Colina Palatina y el Foro Romano.

Arriba el plano de Google maps para localizar las ubicaciones y debajo el plano de los ámbitos de la exposición.





El principal ámbito expositivo es el corredor interior anular del segundo piso del anfiteatro donde se han dispuesto vitrinas con esculturas, maquetas de edificios, piezas arqueológicas y paneles explicativos que permiten hacernos una idea sobre la dinastía y sus logros. Por cierto, el Coliseo es un espacio que también tiene que ver con los Severos, puesto que bajo el reinado de los últimos monarcas de esta dinastía fue reconstruido después de su incendio del año 217.


Una vez fuera del mismo, la visita nos ofrece continuar nuestro recorrido hacia el Foro Romano hasta llegar al arco que levantó Septimio Severo. Por el camino podemos atravesar espacios arqueológicos que hasta ahora no eran visitables como el templo de Rómulo y las conocidas como termas de Heliogábalo en la zona cercana a la via Sacra y al Arco de Tito o el Clivus ad Carinas, pasaje que conducía de la vía Sacra al Templo de la Paz

En el Palatino podemos ver las estancias de la Domus Augustana y  la Domus Severiana  y visitar alguna sala abierta para la ocasión como la "sala de los capiteles". 

El clivus ad Carinas. Este pasaje abovedado unía al popular barrio de Carinas con el templo de la Paz de Vespasiano en los foros imperiales. El pasadizo se ha abierto con ocasión de la inauguración de esta exposición  pues estuvo cerrado muchas décadas.


El espacio expositivo del interior del templo de Rómulo. Las pinturas murales son medievales, ya que el edificio se convirtió en una iglesia. Se ha abierto para exponer un grupo de esculturas descubiertas recientemente en las excavaciones de las termas de Heliogábalo. 


El nuevo espacio abierto de la sala de los capiteles de la domus severina. La naturaleza del nombre es evidente. La sala es una factura de hormigón y ladrillo muy interesante.


El espacio expositivo del Coliseo.

Una vez atravesada la sección de vitrinas con los retratos de los protagonistas de estos 40 años, los pasillos interiores del Coliseo se han diseñado para presentar cerca de cien obras y hallazgos arqueológicos que nos introducen en las reformas económicas y sociales que pusieron en marcha los Severos.



El recorrido es un descubrimiento continuo, porque los Severos, a pesar de sus disputas internas, trajeron prosperidad y cambios fundamentales al Imperio. Vamos a apuntar algunos de los logros más importantes, pero sólo profundizaremos en los que tienen que ver con aspectos relacionados con lo histórico-artístico.
  • Fueron soldados que protegieron sus fronteras, lo que se ve especialmente en los arcos de triunfo que levantaron para conmemorar sus victorias. 
  • Dieron sentido pleno al concepto de "romanización" ampliando el derecho de ciudadanía a todos los hombres libres del imperio. 
  • Manipularon la moneda para hacer frente a la acuciante crisis económica fruto de la catastrófica mortalidad producida años antes por la viruela. 
  • Apostaron por el sincretismo religiosos entre los dioses romanos y los del norte de África y Oriente de donde procedían. 
  • Siguieron alimentando a la plebe de Roma trayendo grano y aceite desde el último rincón de su territorio. 
  • Dieron a la mujer una importancia como nunca más tendría en Roma.


La Constitutio antoniniana.

Aunque no tiene que ver directamente con el arte, me gustaría comenzar reflexionando sobre una de las medidas más importantes llevadas a cabo por esta dinastía: el edicto conocido como  Constitutio antoniniana.  Emitido por Caracalla el 212 d.C, otorgó la ciudadanía romana a todos los habitantes libres del imperio. En la exposición se expone el papiro Giessen 40, el texto más antiguo que se conserva sobre el mismo.

Papiro con el edicto del emperador Marco Aurelio Severo Antonino, también conocido como Caracalla, (Constitutio Antoniniana de civitate peregrinis danda). El texto está en griego y fue descubierto en 1901 en la antigua Hermopolis Magna, (Egipto Medio). En exposición.


Esta disposición revolucionaria tuvo indudablemente la finalidad fiscal de incrementar los ingresos al aumentar el número de personas que habrían de pagar impuestos sobre la manumisión de esclavos o sobre los derechos de sucesión. Pero, indirectamente, supuso también la culminación del proceso de extensión de los derechos civiles con lo que finalmente se completó el proyecto universalista que Augusto pretendió desde que implantó el Imperio dos siglos antes.

Con este acto se completó el proceso de "romanización" entendido como la integración entre los diversos pueblos del Mediterráneo y Europa, alcanzándose una homogeneidad cultural de los estados y pueblos sometidos por la fuerza de las armas. Es el período en el que el imperio romano vive una completa dimensión cosmopolita: los miembros del senado y la orden ecuestre  fueron cooptados en todos los rincones del imperio y la movilidad de personas y bienes estaba garantizada por la ausencia de fronteras. El origen de esta dinastía mismamente es el mejor ejemplo de la romanización efectiva del Imperio y de ahí el nombre de la exposición "Roma Universalis".



Leptis Magna. El origen de la dinastía. 

No es extraño que Caracalla con su edicto se acordara de los habitantes de los rincones remotos del imperio, ya que el origen de la dinastía era provinciano. Había comenzado con su padre Septimio Severo, que era oriundo de Leptis Magna, la principal ciudad de Libia, y con su madre, Julia Domna, que era de Emesa, ciudad Siria.

Maqueta del foro de Septimio Severo en Leptis Magna. De fondo los restos tal y como se pueden visitar en Libia. Exposición.


Las ruinas de Leptis Magna. En primer plano su teatro al fondo el foro anterior. El desarrollo urbanístico de Leptis tuvo dos fases importantes; la primera bajo Augusto, y la segunda, en época de Septimio Severo. En esta segunda época urbanística, el emperador quiso dotarla de edificios similares a los de la capital del Imperio, y construyó un segundo Foro, el Forum Novum Severianum, que era similar al Foro Trajano de Roma con una basílica, que imitaba a la Basílica Ulpia.



En la exposición se recuerda especialmente a Leptis a través de una maqueta de su emblemático arco de triunfo. Septimio Severo favoreció a la ciudad particularmente entre 197 y 203 d.C., dotándola de construcciones y riquezas que rivalizaron incluso con  Cartago y Alejandría. En el 203, el emperador y su familia visitaron la ciudad y fueron recibidos con grandes honores y pudo comprobar la transformación de su foro y puerto. El número de estatuas y dedicaciones hechas a la familia imperial por la ciudad y por los habitantes privados es único, no solo entre las ciudades del norte de África, sino en todo el imperio en general. Ello sugiere que la ciudad se asoció públicamente, a un nivel muy personal, con su éxito.

Teatro romano de Sabratha,  otra de las ciudades de la costa Libia beneficiada por el emperador. Fue construido en tiempos de Septimio Severo, año 190. Es uno de los mejor conservados. Arriba maqueta en la exposición. Debajo, las ruinas actuales.




El arco de  triunfo, como medio de propaganda política de la dinastía. 

El arco de triunfo es el monumento que sirve mejor para propagar un mensaje político entre los súbditos de un soberano, puesto que el edificio es un escaparate bello, que se expone en un lugar preeminente de la ciudad y puede estar decorado con epigrafía, escultura en bulto redondo y, sobre todo, relieves narrativos que difundan efectivamente las ideas de legitimación de su poder. En el caso de Septimio Severo, el arco resulta clave y se convierte en una seña de identidad dinástica para afianzar su gobierno tanto en la urbs, Roma, como en las provincias. El emperador sabe que debe su trono al ejército, quien le hizo vencedor de una guerra civil. Que nació en Leptis, humilde ciudad provinciana, y que, por tanto, no es hijo de una noble familia romana. Por lo que la base principal de su prestigio como buen gobernante son las campañas militares victoriosas que pusieron fin a la guerra civil y que devolvió el prestigio militar a los romanos frenando a los persas. Así, el monumento que conmemora un triunfo militar se convierte en la demostración empírica de su legitimidad como soberano y, de ahí, la importancia de levantar muchos a lo largo y ancho de todo el imperio. El mensaje a transmitir a sus súbditos en ellos debe apoyarse además en manipular a su favor el pasado, apareciendo como descendiente directo de los idealizados emperadores Antoninos, y proponiendo un futuro glorioso, basado en la bendición de los dioses y la continuidad de su buen gobierno a través de sus hijos, a los que asocia al poder.



Vamos a hacer un estudio de los cuatro de los que se ofrece datos en la exposición: el tetrapylon de Leptis, el del foro romano en Roma, el de los Argentarios en el foro boario de Roma y el de Nápoles.



El arco tetrapylon de Leptis Magna. Los dioses y la dinastía

Nos detenemos en el arco de triunfo de Leptis Magna para que, a través de los relieves que lo decoran, entendamos el programa político imperial de Septimio Severo, el fundador de la dinastía.

Arco de Septimio Severo, 203. Fue construido como tetrapylon, arco de cuatro vanos de los que partirían los dos caminos urbanos más importantesque unen la nueva Leptis Magna con la antigua ciudad: el cardo, dirección norte-sur, y el decumanus maximus, la principal vía este-oeste que uniría el foro con el puerto.  Enmarcado con ocho columnas corintias que soportan un frontón roto, el arco está adornado con la mezcla de elementos helenísticos. El frontón roto del arco no es típico de la arquitectura romana, sino de la tradición oriental. Ocho victorias en las enjutas portan coronas de flores y una rama de palmera, conmemorativas del triunfo. 





Maqueta del arco de Leptis Magna  que se exhibe en la exposición. Los cuatro frisos representaban a la familia imperial en escenas del triunfo sobre los partos y actividades rituales y cívicas que involucran a la familia. Septimio Severo trabajó para consolidar su dinastía y, por ello, puso énfasis en la participación de sus hijos, Geta y Caracalla, en las ceremonias. Por otro lado, la presencia en las escenas de los dioses, romanos  y provinciales, indican el interés de protección que quieren asumir los Severos en Roma y su deseo de hacer prosperar a las Provincias. Es un plan que ya el primer emperador instituyó para consolidar su poder como soberano y dejarlo en herencia a sus descendientesOcho relieves decoran los huecos interiores, cuyas escenas incluyen el asedio de una ciudad, el triunfo y las virtudes que asume el soberano. Es evidente que además de conmemorar las victorias de Septimio Severo se quiso destacar en este arco las consecuencias prósperas de esas victorias y el establecimiento exitoso de una dinastía. Lo mismo que hizo Octavio Augusto en el Ara Pacis de Roma


Debajo. Relieves del ático del arco de Severo en Leptis Magna, Museo de Trípoli. El friso del noreste representa el triunfo celebrado en Roma a su regreso de la victoria sobre los partos. Un grupo de jinetes cabalgan tras el carro imperial en un intento ilusionista. Delante, la cuadriga que lleva tres figuras centrales: Septimio Severo y sus hijos Caracalla y Geta, confirmando la continuidad dinástica. El emperador se presenta de frente en una afirmación deliberada de su superioridad. Ambos herederos han perdido la cabeza: Geta presumiblemente eliminado de forma deliberada después de su Damnatio memoriae en 211 d. C. El carro está decorado con imágenes de deidades orientales y romanas de Cibeles, Hércules (uno de los paralelos más importantes con el culto imperial en esta dinastía fue el semidiós Hércules) y Venus. La iconografía enlaza tanto la escena real del triunfo como, a través de los relieves de la cuádriga, la coronación divina, un programa simbólico utilizado por emperadores como Augusto o Trajano. El triunfo es precedido por togados acompañados por partos cautivas.


Debajo. Detalle del anterior friso. Artísticamente. Los relieves, como ya se habían insinuado en los de la columna de Marco Aurelio en Roma, revelan una marcada frontalidad de las figuras principales para poder distinguirlas de los personajes secundarios en escenas abigarradas. Con ello se acentúa la autoridad y el poder del emperador. Las proporciones de las figuras han cambiado del canon clásico y helenístico, en el que la cabeza era solo una octava parte del cuerpo, a nuevas proporciones, características del arte antiguo tardío, en las que la cabeza era mucho más grande. Alcanzando la proporción de una séptima parte del cuerpo.



Relieve del friso de los sacrificios en el lado noreste del arco. Muestra una escena de sacrificio. La familia imperial se reúne con otras figuras, presuntamente dignatarios, para presenciar el sacrificio de dos bueyes, aunque uno está perdido. Se cree que en el centro del friso (ahora incompleto) se representó  a la familia imperial con el emperador y su mujer, Julia Domna, y en medio de ellos sus hijos (en tamaño ligeramente más pequeño) Caracalla y Geta (su rostro desaparecido seguramente por la Damnatio memoriae decretada por su hermano Caracalla tras asesinarlo).


El grupo familiar aparece nuevamente en el relieve del lado sudoeste, en una escena de la Concordia Augustorum. Septimio Severo le da la mano a su co-emperador hijo Caracalla, mientras Geta se interpone entre ellos. Julia Domna presencia la escena junto a distintos dioses como Hércules, Liber Pater, Roma / Virtus y posiblemente Tychè, la diosa de la ciudad de Lepcis. El mensaje es claro, es una concordia entre el emperador y sus hijos con los dioses del imperio y Lepcis específicamente, todos los cuales aparecen en apoyo de la dinastía.


El arco de Triunfo del foro romano. La victoria militar y la toma del poder.

En relación con este monumento de Leptis Magna, hay que comentar el más conocido de los arcos de triunfo levantados en honor de Septimio Severo, el magnífico de tres vanos construido en el borde noreste del foro romano, enfrente del templo de la Concordia. Fue construido el año 203 para conmemorar las victorias obtenidas sobre los partos, árabes y los diferentes pueblos de Mesopotamia, así como para celebrar los diez años de su reinado, decennalia.

El arco de Septimio Severo es un arco triunfal de mármol blanco construido entre el 202 y el 203 para conmemorar las victorias del emperador Septimio Severo y sus dos hijos, Caracalla y Geta sobre los partos en dos campañas, la primera entre 194/195 y la segunda entre 197-199. Está construido en mármol del Mármara y travertino y sus dimensiones son de 23 metros de alto por 25 metros de ancho. 



El edificio sigue el esquema tradicional de arco de triunfo romano de tres vanos, con un arco central más alto y más ancho, que los dos laterales, enmarcados entre cuatro columnas corintias sobre pedestal que sostienen un falso entablamento. Las bóvedas creadas por los arcos descansan en pilares. En el ático se puede leer, a través de los huecos dejados por las letras desaparecidas de bronce, la inscripción o dedicatoria del monumento. La decoración escultórica de los relieves militares se disponen en cuatro paneles sobre los macizos muros de ambas caras. Se sabe, por monedas que lo representan, que remataría la cúspide del edificio una cuádriga en bronce conducida por Septimio y sus dos hijos.

Maqueta presente en la exposición. Reconstrucción bastante detallada si se amplía.


El foro romano desde el Capitolium, reconstrucción. A la derecha asoman las esculturas que rematarían el arco de Septimio Severo y al fondo se podrían ver los arcos de Augusto y Tiberio, que cerraban el otro extremo del foro más antiguo de la ciudad.


Los pedestales están decorados con relieves que representan a los prisioneros partos, custodiados por soldados romanos. Estos relieves se conservan maravillosamente, porque en buena parte de la historia medieval estaban enterrados por los sedimentos de las inundaciones que acolmataron el foro romano.


Imagen del Foro romano en el siglo XVIII, según Piranesi. A la izquierda vemos el arco de Septimio Severo enterrado hasta casi la altura de los arcos laterales.



Dos Victorias aladas flanquean los arcos.



A diferencia del arco de Leptis Magna, en este se ensalza más la celebración de una victoria sobre un enemigo extranjero. Tal vez, porque el mensaje sirvió para enmascarar el hecho de que el emperador había ascendido al poder a raíz de una cruel guerra civil, justo como Augusto antes que él. De hecho, la ubicación en el foro romano junto a los arcos, hoy en día desaparecidos, de Augusto y Tiberio fue totalmente intencionado por parte de Septimio Severo que deseaba compararse y asociarse con el primer emperador y su dinastía.

Relieves, muy erosionados, del asedio a una ciudad parta (¿Edesa o Ctesifonte?). Este tipo de relieves narrativos es muy similar a los relieves de las Columnas de Trajano y Marco Aurelio. Aquí se adaptan a otro tipo de monumento, pero el concepto es el mismo. Los relieves en el Arco de Septimio Severo son más esquemáticos que los de las columnas más antiguas. Otra fuente de inspiración pueden ser los paneles pintados que los comandantes victoriosos enviaron de regreso a Roma. Tales pinturas se usaban a menudo como parte de la procesión triunfal. La franja inferior refleja el desfile triunfal con el botín de guerra obtenido.


El grado de deterioro de estos relieves es tan grande, que sólo a través de una reconstrucción de los mismos podemos entender la calidad de la obra original y el parecido con los relieves históricos de los Flavios y Antoninos. Debajo tenéis el mismo panel de arriba, que resultaba incomprensible. La escena de la campaña se lee de abajo hacia arriba. Muestra, en dos registros, el sitio de Ctesifón, la capital de los partos, utilizando máquinas de guerra, y la huida del rey enemigo derrotado; y encima, finalmente, el emperador dirigiéndose a las tropas victoriosas frente a la ciudad capturada.



El arco o puerta de los argentarios en el foro Boario.

De carácter civil y laudatorio para la familia imperial, se levantó el año 204 en la entrada al foro Boario de Roma un monumento conocido como Arco de los Argentarios, aunque más bien se trata de una puerta arquitrabada. Según consta en su inscripción, el monumento no fue erigido por el estado, sino por el colegio de cambistas y de comerciantes del foro, argentarii et negotiantes boarii huius loci.

Maqueta presente en la exposición. El monumento, que se puede ver in situ, tiene una altura de 6,80 m y una anchura de 5,86 m. Está constituido por un arquitrabe de mármol sostenido por dos grandes pilastras, de la que una fue semienglobado en el siglo VII en la iglesia de San Giorgio in Velabro. La estructura está revestida por placas de mármol blanco, mientras que el basamento es de travertino. Es probable que sobre el arco fuesen colocadas las estatuas de la familia imperial. Septimio Severo, su esposa Julia Domna y los hijos del matrimonio, Geta  y Caracalla (con su mujer Fulvia Plautilla).




La inscripción dedicatoria está encuadrada por dos bajorrelieves que representan a Hércules. La decoración de motivos vegetales cubre muchos de los espacios arquitectónicos como pilastras y friso, dejando entre éstos espacios narrativos para paneles verticales.


Los relieves del interior del pasaje representaban a los miembros de la familia real al completo (algunos dañados por la Damnatio Memoriae) presidiendo un acto de sacrificio. En los paneles del exterior se hace referencia a las victorias militares. En el relieve principal de la derecha se aprecia a Septimio Severo y a Julia Domna como sacerdote y sacerdotisa respectivamente, ante un trípode-altar, sujetando ella un gran caduceo. Julia aparece junto a su marido en condiciones de igualdad, con una importancia en la esfera religiosa que hasta entonces no había tenido ninguna otra mujer de la casa imperial. Ha desaparecido Geta de la escena que estaría al lado de sus madre. 



En el relieve de la izquierda, ha quedado sólo la figura de Caracalla, desapareciendo Plaucila (su esposa) y a Plauciano (el padre de Plaucila y suegro de Caracalla), que estarían en el hueco dejado. Se aprecia muy bien debajo del panel un friso con objetos utilizados en los cultos religiosos.


Escenas del rito del sacrificio de un buey justo debajo del relieve de los emperadores que presiden el rito. 



El arco de triunfo de Nápoles

Entre las piezas en exhibición, también hay tres relieves descubiertos recientemente en las excavaciones del metro de Nápoles, que junto con otras piezas se utilizaron para levantar una torre defensiva en tiempos bizantinos. Los relieves son típicos de la decoración de pilares y frisos de otro arco erigido en tiempos de Septimio Severo.

Panel explicativo de este arco de Nápoles en la exposición.



Fragmento del friso del arco de triunfo, encontrado en Nápoles (en Piazza Bovio) con una escena de procesión y sacrificio, Dimensiones 79 x 80 cm.


La política dinástica y la construcción en Roma bajo los Severos.

Además de los arcos de triunfo, la dinastía Severa tuvo gran interés en realizar muchos otros monumentos públicos con el fin de influir en la opinión popular. La idea de legítima continuidad dinástica en el trono imperial siempre está presente en las obras de Septimio Severo y, sin embargo, a partir de Caracalla, al estar ya la dinastía plenamente consolidada, los emperadores no insistieron tanto en esta idea y sí en las necesidades urbanísticas de los barrios de Roma y en la edificación de templos de sus preferencias religiosas orientales.


La Forma Urbis Severiana.

Los  Severos, especialmente Septimio Severo y Caracalla, participación en el urbanismo de Roma a través de reformas emprendidas por ellos o nuevas construcciones. De todas ellas dieron buena cuenta en la  "Forma Urbis Severiana", un plano catastral en mármol de la Antigua Roma llevado a cabo entre el 203 y el 211. Fue inciso en unas losas de mármol y colocada en un muro del Forum Pacis. En la exposición se exponen algunos fragmentos. La intención de este magnífico plano era claramente política: mostrar la grandeza alcanzada por Roma y la restauración de la ciudad hecha por la nueva dinastía Severa, ya que parte de Roma había sido reducida a cenizas a causa de los incendios de los años 185, 188 y 191 d.C., durante el reinado de Cómodo (180-192 d.C.).



La dinastía dio un gran impulso a la restauración de monumentos levantados por otros emperadores y dejó constancia de su labor, como queda demostrado por las numerosas inscripciones colocadas en ellos. Su objetivo, de nuevo, fue hacer propaganda de su legitimidad. El Senado concedió  a Septimio el titulo de Restitutor Orbis. Entre las reconstrucciones destacan: El templo de Vesta, reconstruido en el 204 por orden de Julia Domna. El Panteón de Agripa, también en el 204, con inscripciones del hecho en el arquitrabe. Se sabe que restauró también el Templo de la Paz, el Teatro de Pompeyo, el Pórtico de Octavia con los templos de Juno Regina y Júpiter Stator, el Pórtico de Filippo con el Templo de Hércules y las Musas en el Circo Flaminio, el Templo de Fides, la Biblioteca de la Colina Capitolina, el Templo de Vespasio y Tito, el de Saturno en el Foro y el Arco de Nerón.

Fragmento de la Forma Urbis. La escala del plano es de aproximadamente 1: 240 con el norte hacia abajo, mostrando con un alto grado de detalle las plantas de cada templo, termas o ínsulas de la ciudad de Roma en el siglo III d. C. Muchos de los edificios llevan también su nombre grabado, haciendo del mapa un documento excepcional. En la imagen cuatro fragmentos de la Forma Urbis Severiana que muestran el Ludus Magnus. 



Reconstrucción de cómo estaría ubicado el plano. Las losas sirvieron como revestimiento parietal de una de las habitaciones de la esquina sur del Templo de la Paz, que haría las veces de registro catastral. Originalmente su tamaño fue de 18 metros de ancho por 13 de alto, siendo tallado sobre 150 placas de mármol, colocadas en uno de los muros del Templo de la Paz. El hecho de que el entorno adyacente inmediato fue reutilizado (alrededor del año 530) para la Basílica de los Santos Cosme y Damián permitió la conservación del muro en el que se aplicaron. Actualmente, hay 1186 fragmentos de las losas, que cubren alrededor del 10-15% de la superficie total.



El plano fue destruyéndose a lo largo de la Edad Media, de modo que hoy en día sólo se conservan pequeños trozos del mapa, alrededor de un 10 por ciento del total, pero aún así es un excepcional documento para realizar una recreación audiovisual espectacular de la ciudad sobre la base de estos fragmentos. En 2002, la Universidad de Stanford (San Francisco, California) supervisó un proyecto basado en la creación de una base de datos en línea de fragmentos existentes para la reconstrucción de la planta con la ayuda de tecnología. Esta es la base con la que se ha hecho este vídeo-montaje.



Las obras públicas y de reconstrucción de la ciudad de Roma.

- Las termas de Heliogábalo. En el recorrido de la exposición por el Palatino y junto a la vía Sacra, son visitables por primera vez los vestigios de un extraordinario conjunto arquitectónico: las llamadas termas de Heliogábalo, que salen a la luz en un rincón de las laderas de la colina bañadas por la Via Sacra, que cuenta una larga historia de transformaciones en edificios. Un ciclo de estatuas descubiertas en este sitio, nunca antes exhibidas y compuestas de retratos y bustos de mármol de buena calidad, se reúnen en el Templo de Rómulo.

Excavaciones de las termas de Heliogábalo.


- La domus Severiana del Palatino. El recorrido por el Palatino continúa por un distrito monumentalizado en honor a la familia imperial en aproximadamente dos hectáreas. Su plan se centró especialmente en la pendiente sudeste del Palatino que daba sobre la vía Apia y el Circo Máximo. Hoy, los signos más evidentes que quedan en pie, son imponentes arcos y terrazas, junto al estadio, con la extraordinaria sala de los capiteles del techo de cajones estucados. La intención de Septimio Severo con este conjunto fue presentarse como el legítimo heredero de los Antoninos y como el que había renovado la paz y la prosperidad al Imperio. No sólo amplió el palacio imperial, en lo que se conoce como la Domus Severiana, sino que resolvió el paisaje urbano de la zona impulsando la construcción de nuevos baños imperiales, la renovación de acueductos y, posiblemente, el trazado de una nueva carretera y plaza con fachada monumental.

A la izquierda las dos zonas del Palatino edificadas por Septimio Severo: la domus Severiana y el Septizodium.


La Domus Severiana es la extensión final de los palacios imperiales en la colina del Palatino. Posiblemente ya estaban planificados en tiempos de Domiciano, pero fueron terminados en los de Severo. Todo lo que queda del edificio son las imponentes subestructuras de pasillos y bóvedas en la esquina de la colina. Con ellas se crearon una plataforma artificial al mismo nivel que el palacio de Domiciano o domus Augustiana para llevar la residencia más allá de la pendiente de la colina. En su parte superior se encontraría el palacio real del cual únicamente quedan unos pocos restos. Las huellas de los baños se pueden ver entre el edificio y la exedra del estadio domiciano. Estos baños fueron alimentados por una extensión del Aqua Claudia.

Esqueleto de pilares y bóvedas hechos con ladrillos y hormigón que sostenían la Domus Severiana y donde se encontraban las termas severianas. 




- Septizodium. Todo esta nueva ampliación del palacio imperial se remataría con una fachada monumental con función de fuente o ninfeo llamada Septizodium.​ La construcción pudo estar terminada hacia el 203 puesto que ya aparece representado en un fragmento de la Forma Urbis. Tenía casi 100 metros de largo y la forma de un gran edificio de varios pisos de columnas y entablamentos a modo de escenario teatral con tres nichos. El nicho central albergaba la estatua del Emperador, y los otros dos de los lados, contenían estatuas menores y surtidores de agua. Sería visible desde la Vía Apia, marcando la entrada al recinto imperial. El emperador quiso impresionar con esta obra a todos aquellos que llegasen a Roma por el sur, fue una declaración arquitectónica visible y contundente de su autoridad como gobernante.

La fuente contenía las estatuas de siete astros-dioses (de ahí el nombre  de Septizodium): Saturno, Sol, Luna, Marte, Mercurio, Júpiter y Venus. Posiblemente también habrían estatuas de la familia imperial. El edificio ya se encontraba en ruinas a finales del siglo VIII y su reconstrucción resulta polémica. Os ofrezco la versión de Dombart.

Vista que muestra el lado suroeste del Palatino con el Septizodium, los arcos del Aqua Claudia y el Arco de Constantino a la derecha., por Etienne Du Pérac, comienzos del siglo XVII.


- Termas de Caracalla. Se abrió un nuevo eje vial (la Via Nova) para conectar el Palatino con los barrios populares construidos a lo largo del tramo terminal de la Via Appia. Es aquí donde surgieron las monumentales Termas de Caracalla (211/212 Septimio y 216/217 Caracalla). El complejo termal no estaba terminado en el año 216 año de su inauguración oficial y por tanto fue continuado por sus sucesores, Heliogábalo y Alejandro Severo. Fueron las segundas termas más grandes de la ciudad, sólo superadas por las de Diocleciano unas décadas después.

Impresionantes esqueletos de los muros de las termas de Caracalla. Las técnicas constructivas empleadas son las habituales en Roma: núcleo de hormigón recubierto de ladrillo, mármol o estuco (dependiendo de las zonas, el mármol soporta la humedad y el vapor, el estuco no), bóvedas de arista y medio punto para cubriciones, arcos para vanos y descargas de muros, y el uso aún incipiente de la pechina, para superar la transición arquitectónica de una planta cuadrada a un espacio semiesférico.


Su planteamiento deriva de las de Trajano, un gran recinto cuadrado, con zonas para juegos gimnásticos, entrenamientos deportivos, zonas culturales, aulas, biblioteca,.. y en la zona central el balneario, propiamente dicho; una gran zona destinada para baño, en sus distintas fases. Existía una gran piscina, natatio; a ambos lados las salas para desnudarse, apodyteria; la gran sala de agua fría, frigidarium; la de agua templada, tepidarium; y la piscina de agua caliente o caldarium. El abastecimiento y la conducción del agua se hacía a través de un acueducto propio, con una gran cisterna al final, que conducía hacia el complejo termal enormes cantidades de agua, ya que tenían grandes piscinas que necesitaban un gran volumen de agua.

Las termas de Caracalla, unidas con el Estadio Domiciano y con el sector suroeste del Palatino donde se encontraba el Septizodium. Reconstrucción por Progetto Katatexilux, la empresa que ha elaborado el vídeo reconstructivo de la Roma al final de la dinastía de los Severo.


- Termas del Trastevere. De la misma manera, se prestó especial atención al distrito más densamente poblado de la Roma imperial, el Trastevere, donde Septimius Severus construyó la vía Septimiana y algunas pequeñas termas. En ambas áreas existió la voluntad de proporcionar infraestructuras utilitarias a barrios populares.

- Templos severianos en Roma. La huella conferida por la dinastía en los edificios sagrados fue igualmente profunda. Se construyeron en la ciudad tres nuevos santuarios para albergar cultos de África, Egipto y Siria: el templo de Hércules y Dionisio, las dos deidades de Leptis Magna, construido por Septimius Severus en el Quirinal; el templo de Serapis, en el Quirinal, restaurado por Caracalla; y, finalmente, el templo al Sol Invictus Heliogabalus, sustituyendo el culto en el mismo a Júpiter y dedicado por el emperador homónimo en el sector noreste del Palatino.


- Finalmente, los trabajos utilitarios. 
Bajo Septimio Severo le construyeron los nuevos campamentos para la guardia de caballeria del emperador, Equites singulares Augusti, en el área de S. Giovanni en Laterano, y los de la Legión II Parthica en Albano, para servir de contrapeso al excesivo poder que habían alcanzado las unidades de la guarnición de Roma, ante todo la Guardia Pretoriana, especialmente con los asesinatos de Cómodo, Pertinax y Didio Juliano en 192-193. Como no se encontraba en una provincia, actuaba como fuerza de refuerzo allá donde se la necesitara.

Bajo Alejandro Severo (222 al 235) se construyó el Aqua Alexandrina, el último de los once acueductos que abastecían de agua a la antigua Roma. Entraba en la ciudad por la Porta Maggiore, alimentando al ninfeo monumental, que ahora se puede ver en los jardines de Piazza Vittorio Emanuele II (los llamados "Trofeos de Mario") y de allí se dirigiéndose al Campo de Marte, donde estarían las Termas de Nerón, restauradas por Alejandro Severo en 226, conocidas como Termas Alejandrinas.