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lunes, 27 de octubre de 2014

UN SOROLLA DESCONOCIDO. LA SIESTA EN EL JARDÍN, 1904 Y OTRAS ANÉCDOTAS VERANIEGAS.

Lo que da de sí mi curiosidad.

Hurgando entre las imágenes de Pintarest descubrí hace unos días un cuadro de Joaquín Sorolla que me llamó la atención. La razón de que me detuviera en él es que se trataba de una obra bellísima que no había visto antes. A lo que se sumaba que el tema tratado era inequívocamente mediterráneo y veraniego, pero no era la típica imagen de playa. Era un retrato intimista de sus hijas, María y Elena, que me fascinó por el ambiente recreado. Las niñas posaban adormiladas por la calorina de la tarde en unas hamacas a la sombra del emparrado de un patio florido. El cuadro en cuestión tenía un título lo suficientemente expresivo: La siesta. Inmediatamente quise saber algo más del mismo y me puse en la búsqueda. En este artículo narro lo que dio de sí la indagación y todas las derivadas que me sugirió, algunas que continué y otras que dejo abiertas para futuros artículos.

Joaquín Sorolla. Autorretrato, 1904. Esta es la imagen del pintor con 41 años, uno de sus años más prolíficos y sin duda de madurez en su estilo.

El cuadro datos técnicos.

De primeras aquí va el cuadro y su descripción técnica.

Joaquín Sorolla. La siesta en el jardín, 1904.

Óleo sobre lienzo, 66 x 96.5 cm.

Propiedad de una colección privada norteamericana.

¿Qué es lo que he  podido averiguar sobre tan bello cuadro?

Anécdotas y el fin de ciertas ideas preconcebidas sobre el pintor.

Lo primero es que al parecer fue pintado en Alcira (Valencia) en el verano de 1904, en la casa que el pintor alquiló para que su familia disfrutara en su tierra mientras él realizaba cerca su campaña de pintura. Sorolla llevaba desde comienzos de la década de 1890 especializándose en temas de playa y de la vida y costumbres de los marineros y sus familias. Para estar cercano y no perder el tiempo vivía con ellos y pasaba las horas del día pintando al natural junto al mar de Valencia, normalmente en las playa de El Cabañal o La Malvarosa (cercanas a la ciudad valenciana) o en Jávea (Alicante).

Su familia en algunas ocasiones se quedaba en Madrid y en otras le acompañaba a la playa. Este año en concreto, el pintor decidió que se alojaran en una casa rural de un pueblo del interior de la provincia, Alcira, porque se le había detectado la enfermedad de la tuberculosis a su hija mayor, María, la que aparece estirándose en la hamaca. Allí los tenía a pocos kilómetros y podía acercarse en cualquier momento.

Joaquín Sorolla, 1904. Mediodía en la playa de Valencia. Óleo sobre lienzo, 64 x 97 cm. colección privada. En el siguiente cuadro vemos  el trabajo de Sorolla en ese verano e incluso como una fotografía casual podemos apreciar la sombrilla que le guardaba del sol mientras pintaba.

Investigando en la red, he encontrado que las malas lenguas afirman que ésta no fue la única razón para que Sorolla tuviera a su familia separada de su lugar de trabajo este año. En el libro "Sorolla a Xávia",  editado por la Generalitat Valenciana en 1998 con la colaboración del Ministerio de Cultura -con textos de Florencio de Santa-Ana, director del Museo de Sorolla; Francisco Pons-Sorolla, heredero del pintor, y el periodista Abelardo Muñoz-, se revelan anécdotas de la vida del pintor que me pusieron en la pista. En él se menciona que en 1905 el pintor tuvo que salir precipitadamente de Jávea, donde realizaba su campaña de verano, porque el celoso novio de una criada, un agente carabinero, se enteró de que Sorolla filtreaba con ella y le llegó a disparar. Tras esta anécdota se revelaba una faceta oculta que en cierta manera venía a desmitificar la adoración absoluta que todo el mundo suponía del pintor por su esposa Clotilde.

Joaquín Sorolla, 1904. Bebiendo del botijo. Óleo sobre lienzo 150 x 98 cm. Otro apunte rápido de la vida cotidiana del verano de 1904. El cuadro siempre se ha interpretado como una madre dando de beber a su hijo, ahora puede tener otras lecturas.

Indagando algo más, supe que desde hace años hay una mujer que reivindica su supuesta descendencia de Sorolla y que justificaría la separación de la familia en estos meses de verano. Según ella, su abuela, Carmen Fossati, tuvo un hijo del pintor el año 1905. En 1904 Carmen era una jovencita muy bella, hija del alcalde del pueblo de pescadores de El Cabañal (Pueblo Nuevo del Mar), en cuya casa se venía alojando el pintor cuando pintaba en la costa. Sorolla no llegó a legitimar al niño, pero sí que lo reconoció al pasar una pensión para su educación durante años.

Joaquín Sorolla, 1904. La hora del baño. Cuadro realizado en El Cabañal.

Las niñas. Los hijos del pintor.

El cuadro es un vergel, uno de esos cuadros de jardines que gusta pintar a Sorolla, pero es a la vez otro de sus temas favoritos: un retrato de sus hijas María y Elena, en aquel momento de 14 y 9 años respectivamente. Toda la familia estaba acostumbrada a posar para el padre que no se cansaba de retratarles. Ese mismo año realiza uno de sus grandes retratos de los mismos, incluido también su hijo Joaquín de 11, posando en su estudio que supone un homenaje tanto a Las Meninas de Velázquez como a las hijas de Boit de Sargent. El varón mira desafiante y orgulloso, demostrando bien a las claras su carácter de "príncipe mimado de la casa". Las niñas son un golpe de color rojo. La cara de María se ilumina y nos deja ver su bello rostro ya afilado por la tuberculosis que padece. La pequeña se muestra aburrida de posar.

El cuadro que nos ocupa es más espontáneo, es un apunte del natural en el que sus hijas han sido captadas como en una fotografía. De hecho, el encuadre escogido recorta las piernas de María y valora mucho más el contexto del jardín, que a las propias niñas amodorradas en ese espacio entre el sol y la sombra. Se trata de captar la atmósfera de una calurosa tarde de verano en lo que lo único que apetece es dejarse llevar por el sueño.

Pero también es un retrato en el que podemos reconocer perfectamente los rasgos físicos y la actitud de ambas niñas ¡Hasta repiten los lazos coleteros rojos en ambos retratos! María tiene la mirada perdida y cuelga sus brazos por encima de la cabeza insinuándonos una personalidad soñadora e inteligente, muy apasionada. María seguirá a su padre y con el paso del tiempo se convertirá en pintora. Elena todavía es muy niña, pero resulta graciosa, y de nuevo apoya su cabeza en el brazo mientras cierra los ojos. También será artista, pero optará por la escultura.

Joaquín Sorolla con su familia. Su mujer Clotilde y sus hijos: María Clotilde, la mayor; Joaquín, el varón; y Elena, la pequeña. La foto sería de en torno a 1904 y posiblemente fue hecha en el estudio del pintor cuando vivían en la calle Miguel Ángel de Madrid.

Calidades técnicas del cuadro. El impresionismo luminista.

La Siesta ofrece una visión encantadora y elocuente de un estilo que no encaja exactamente en el impresionismo y, a su vez, desde el punto de vista temático de varios géneros de Sorolla: el paisaje, el  tema de jardín, el retrato al aire libre, el retrato de sus hijos y la captación de un momento de la vida cotidiana e íntima, en esta ocasión, de la burguesía, de la infancia,... de su propia familia. Desde que participó en la Exposición Universal de París de 1900 parece que su estilo se separa del realismo académico con un toque social y se decanta por un impresionismo tardío. Mucha influencia tuvo la amistad que entablará en este evento con pintores como el norteamericano John Singer Sargent  y el sueco Anders Zorn, con quienes compartirá muchos elementos estilísticos (luz, pincelada, temática) y la admiración que sienten por Velázquez.

En este cuadro Sorolla despliega todas las posibilidades de la luz y el color mediterráneo. El cielo se intuye vaporoso por la calima a través de una pincelada rápida en diagonal donde hay mucho toque de blanco sobre el azul celeste. La vegetación se muestra vibrante y muy clara donde le da el sol y de colores fuertes y contrastados en sus sombras. Uvas, flores y hojas se muestran exuberantes contagiando alegría a través de los armónicos tonos. La vista en detalle de las pinceladas es un goce para los sentidos por lo que me permito poner estos detalles.

El cuadro es sorprendente por la riqueza de matices de color y por recrear a la perfección la atmósfera perezosa de una tarde de verano en las que se busca la sombra para pasar el sopor en el que se entra tras la comida. El sol cae a plomo, ni siquiera las hojas del emparrado le detienen. El pintor interpreta magistralmente este momento como un impresionista dando toques luminosos de blanco sobre hamacas, vestidos y suelo. Las sombras se disuelven en morados y verdes. La piel de las niñas también se modela mediante el contraste violento de las luces y las sombras. Al fondo, la valla se inflama con toques de amarillo claro sobre el ocre tostado.

Los otros cuadros del año 1904.

Nuestro cuadro de La siesta resulta excepcional en el contexto de lo que pinta Sorolla ese verano, principalmente, niños y las actividades de los pescadores en la playa de El Cabañal. Uno de los más bellos podría ser éste donde todo parece bullicio y alegría en el grupo de niñas que corren por la arena o el otro grupo de niños que saltan entre las olas. sin embargo, los adultos no disfrutan del momento: a las mujeres jóvenes ya se les ha pasado el  tiempo de jugar en la playa y ahora atienden a sus hijos.

Joaquín Sorolla. Verano, 1904. Óleo sobre lienzo, 149 × 252 cm. Museo Nacional de Bellas Artes de La Habana, Cuba.

El lienzo del joven pescador que tenemos debajo es el mejor ejemplo que sintetiza la obra del pintor en esta campaña: uno de los rituales diarios de la comunidad de pescadores trasladando el pescado para venderlo y, de fondo, los niños que chapotean inocentemente en el mar. Lo que une a nuestro cuadro con estos de la playa es el sol valenciano que inunda toda la composición con destellos en la piel del niño, en las escamas de los peces de la cesta y en la espuma de las olas y la infancia.

Joaquín Sorolla. Joven pescador, Valencia. 1904. Óleo sobre lienzo, 76 x 106 cm.

En la mirada de reojo que echa el joven pescador hacia los niños que disfrutan entre las olas se insinúa una cierta melancolía. El pescador sabe que en unos pocos años se les acabara el juego para pasar a tener que realizar su duro trabajo. Sorolla al realizar este cuadro pensaría posiblemente en sus propios hijos, puesto que su hijo Joaquín podría tener aproximadamente la misma edad que el niño pescador. Es muy probable que en esos momentos le preocupara el futuro de su familia: ¿Qué es lo que le deparará a sus hijos, a su esposa Clotilde y a sí mismo? Este pensamiento seguro que también animó la visión intimista de La siesta donde sus hijas dormitan despreocupadas ¿Qué pasará con su hija enferma? Creo que esta temporada el pintor asume el compromiso de que tiene que asegurarles el porvenir.

Joaquín Sorolla amparando a su familia. Elena algo desplazada en el extremo del sofá. Clotilde en el centro corrigiendo u opinando sobre el ¿dibujo? de su hija María. Y los dos Joaquines de pie observando. La foto puede ser de  1902-1903.

El éxito económico. La gran exposición de París de 1906.

Hasta ese momento Sorolla no se puede quejar de cómo ha devenido su carrera artística. Cuando realiza La siesta en el jardín y todos estos magníficos cuadros del año 1904 ya es un pintor de cierta fama y tiene en su haber una larga lista de medallas y premios nacionales e internacionales, aunque todavía no ha conseguido el éxito económico definitivo. La experiencia parisina de 1900 le proporcionó, además de amistades artísticas, los contactos profesionales que le darán la oportunidad de ampliar su clientela en el mercado internacional del arte. Su objetivo a partir de 1904 será conseguir un gran éxito internacional de ventas. Para ello necesita multiplicar la obra que pueda exponer en una futura exposición.

El taller de Sorolla en la calle Miguel Ángel 6, con los cuadros más recientes que esperan ser embalados para marchar a la exposición individual de París en la Galería Georges Petit. 1906. En la imagen podemos ver varios de los cuadros que ya hemos ido presentando que se realizaron en 1904.

La ocasión vendrá en 1906 cuando una de las galerías más prestigiosas de París, la de Georges Petit,  le ofrece la posibilidad de realizar una muestra individual, la primera de su carrera. La siesta fue una de las casi 500 obras (exactamente 497 entre lienzos y dibujos sobre distintos formatos) que Sorolla llevó a París.

La Revista del Ateneo de Madrid (Julio 1906) recoge el éxito de público, crítica y ventas: "(...) lo allí vendido. A los ocho días de inaugurada, importó el valor de las adquisiciones 200.000 francos. Después, a la expresada suma, según fidedignos informes, hay que añadir unos 150.000 más. Esto se comprende y se justifica, teniendo presente los precios alcanzados por algunos lienzos. Por dos de ellos ha pagado 35.000 francos D. Pedro Gil, 20.000 por uno que se titula El Cabo de San Antonio, y 15.000 por un retrato de la hija del pintor. Además, el marqués de Casa Riera, por la primorosa Bendición de la barca, 25.000; D. Ivo Bosch, 5.000 por un boceto, y 20.000 por la ejecución de su retrato, que Sorolla pintará en Biarritz, a toda luz, este verano." El futuro estaba asegurado.

Joaquín Sorolla inaugura su exposición individual en París. Foto y artículo que le dedica el Heraldo de Madrid el 12 de Junio de 1906.

Entre los cuadros vendidos en París en 1906 se encontraba La siesta en el jardín que fue comprado directamente del pintor por una admiradora, Lavinia Steward. Esta y sus herederos lo mantuvieron fuera de la exposición pública durante más cien años, saliendo a la luz para ser subastado en Sotheby´s de Nueva York en noviembre de 2009, alcanzando un precio final de 2.882.500 dólares. Una cifra astronómica hoy y que hubiera hecho muy feliz a Sorolla si hubiera obtenido el equivalente en 1906.

domingo, 26 de octubre de 2014

LA BATALLA DE TETUÁN DE MARIANO FORTUNY. PINTURA HISTÓRICA DEL SIGLO XIX.

Con motivo del 175 aniversario del nacimiento del pintor, El  Museo Nacional de Arte de Cataluña (MNAC) dedica una exposición monográfica hasta el 15 de Septiembre de 2013 al grandísimo óleo (9,72 m x 3 m) de Mariano Fortuny, La Batalla de Tetuán, realizado entre 1863-65. Si nos acercamos a la misma no sólo podremos admirar el cuadro recién restaurado, sino también un conjunto de 130 obras (dibujos, acuarelas, estampas, pinturas y diferente material documental), que explican el contexto histórico y el proceso de creación de esta obra.

El tamaño del cuadro impresiona al visitante.

El contexto histórico

La guerra hispano-marroquí de 1859-1860 fue uno de los episodios de la España del diecinueve que gozó de más eco popular. Formalmente se inicia tras unos ataques intrascendentes de los bereberes a las defensas de Ceuta, que fueron aprovechados por el gobierno de la Unión Liberal, presidido por el general Leopoldo O’Donnell, para declarar la guerra al sultán de Marruecos. Este evento fue el primero de otras intervenciones de nuestro ejército en varios lugares del mundo como Conchincina, México y la costa del Pacífico en América. Estas "miniguerras" vinieron a enmascarar efímeramente los graves problemas internos del país. En palabras de Benito Pérez Galdósen el Episodio Aita Tettaue, O´Donnell "buscaba en la gloria militar un medio de integración de la nacionalidad, un dogmatismo patrio que disciplinara las almas y las hiciera más dóciles a la acción política", pero también que se reconociera internacionalmente a España como una potencia colonial más.

Joaquín Sigüenza. Recibimiento de las tropas de la Guerra de África en la Puerta del Sol, 1860.


El resultado material de la contienda en el norte de África fue escaso, pero, paradójicamente, el intelectual y artístico no lo fue tanto. Las instituciones de la época entendieron que esta guerra debía ser mostrada ante la opinión pública con todo el ardor y patriotismo posible para hacerla popular, por lo que se hicieron acompañar de cronistas periodísticos (Gaspar Núñez de Arce, Carlos Navarro Rodrigo y Juan Antonio Viedma), literatos (Pedro Antonio de Alarcón), dibujantes (José Vallejo y Galeazo), fotógrafos (Enrique Facio Fialo y José Requena López) y pintores jóvenes (Mariano Fortuny y Eduardo Rosales) que se convirtiesen en apologistas de la parafernalia militar. El golpe de efecto del Gobierno de O´Donnell fue exitoso en todos los estamentos de la sociedad española provocando una verdadera adhesión popular a la guerra.

Esta guerra fue el primer acontecimiento bélico en el que participaba España en que se tomaron fotografías. Algunas de ellas no nos han llegado, teniendo constancia de las mismas porque fueron utilizadas por los periódicos para pasarlas al formato de grabado. En esta imagen tenemos una de las pocas que podemos comparar con el grabado. Se trata de la vista del campamento español montado a los pies del Serrallo, la imagen fue tomada por Enrique Facio, que trabajaba para el cronista y escritor Pedro Antonio de Alarcón. Fue trasladada a un grabado para ser publicada por el periódico La Iberia en el suplemento "Diario de un testigo de la Guerra de África".


El encargo a Fortuny.

Contagiada por el fervor patriótico, la Diputación de Barcelona sufragó al joven Mariano Fortuny (1838-1874) el viaje al escenario de la guerra. Su misión allí sería inmortalizar pictóricamente los hechos más destacables de esta aventura bélica en la que participaba un batallón de voluntarios catalanes al mando del general Juan Prim. La diputación le encargó cuatro cuadros de gran formato y seis menores para decorar su grandes paredes del Salón de Sesiones. Se fijó un precio para el total de 40.000 reales, además de 2.000 al mes mientras estuviese en África.

Mariano Fortuny. Boceto con Vista de Tetuán y del campamento del ejército español. 1862.

Cuando aceptó el encargo, Fortuny tenía 22 y era un pintor académico, que ya había destacado por su capacidad para inspirarse del natural. Pero nadie se podía imaginar que, como otros pintores del siglo XIX, al entrar en contacto con la cultura del norte de África se dejara conquistar por un mundo de color, luz y personajes exóticos que le llevaron a abandonar las técnicas de taller que había practicado hasta entonces. Desde ese momento su estilo cambió hacia el orientalismo.

Foto de Fortuny disfrazado con ropas moras. El gusto por lo oriental lo combinó durante el resto de su vida con el detallismo minucioso y la pincelada ágil.


Su estancia en África en 1860.

Durante su estancia de tres meses en 1860, Fortuny realizó casi 200 dibujos preparatorios a lápiz y numerosas acuarelas, que constituyen de por si una crónica.

Fortuny en su tienda de campaña realizando un dibujo, 1860.


Su primera tienda de campaña, el paisaje, rincones de la ciudad, la arquitectura, escenas de la calle, las indumentarias de judíos y musulmanes, pero también la vida en el campamento, la guerra o las entrevistas de paz, uniformes, las siestas de los soldados, sus caballos y los dromedarios o el único cerdo de la ciudad que llevaron los españoles y un largo etcétera, son objeto de su trabajo. La mayoría dibujos esquemáticos.

Boceto del paisaje de Tetuán, 1860.


Pero la aventura africana del pintor comenzó mal. Cuando llegó a Tetuán, el 12 de febrero, hacía seis días que las tropas españolas habían entrado a la ciudad, por lo que no pudo vivir la batalla que acabó pintando en su cuadro. Fortuny sí asistió a las negociaciones de la paz en febrero de 1860, donde tuvo la oportunidad de ver al enemigo de cerca, incluso al príncipe Mulay Abbas, líder del ejército marroquí, cuando se entrevistó con O'Donnell. Durante el encuentro realiza el dibujo de un rifeño muerto en el suelo que incorporó en el cuadro final.


Pero las negociaciones de paz no acabaron bien y el conflicto se recrudeció, siendo la ciudad de Tánger el nuevo objetivo de las tropas españolas. En marzo se ocupa la ciudad de Samsa donde Fortuny presencia por primera vez, aunque en un segundo plano, un verdadero enfrentamiento cuerpo a cuerpo, y luego la batalla de Wad-Ras, “donde sintió la bayoneta pasar cerca”, según Carbonell, que determinó la guerra. Fortuny dibuja el movimiento de las tropas y los duros enfrentamientos cuerpo a cuerpo, sobre todo los protagonizados por el batallón catalán que lucharon “como tigres”, según palabras del propio Prim. El MNAC ha reunido todos los dibujos preparatorios del cuadro sobre Wad-Ras y el esbozo que se expone en las salas del Prado de esta batalla.

Mariano Fortuny. Batalla de Wad-Ras. Estudios y detalles. 186-63. Ampliad las imágenes para observar los detalles.


Tras la ofensiva se vivió un segundo encuentro para negociar la paz entre O'Donnell y Mulay Abbas que acabó en un armisticio y que Fortuny aprovechó para realizar más apuntes del enemigo.

El duro trabajo de hacer tales cuadros.

El abril de 1860 el pintor vuelve a España cargado de trajes y objetos curiosos que le ayudaran en la ambientación del cuadro, que pensaba realizar en su estudio de Roma. Antes de comenzar su tarea, los diputados de Barcelona le pagaron un viaje a París para que se “inspirara” viendo un cuadro sobre la conquista de Argelia realizado por Horace Vernet. La pintura en concreto era la impresionante Captura del campamento de Abd- El-Kader, de dimensiones espectaculares: 21,39 metros de largo por 4,89 de alto. Y que seguro que le influyó, aunque no como se esperaba.

Horace Vernet. Captura del campamento de Abd-El-Kader en Taguin, Argelia. 16 mayo de 1843. El cuadro al completo y el detalle central. Ampliad la imagen.


La visión de esta obra de Vernet apabulló tanto a Fortuny que acabó desmoralizado. Tras su retorno a Roma comenzó a pintar obras menores como La Odalisca y Il Contino. En 1862 vuelve a viajar a Tetuán y Tánger, durante otros tres meses más, donde profundiza, en los escenarios de la guerra de forma relajada y acentúa su interés por el orientalismo.

Mariano Fortuny. Odalisca, 1862.


Después de tres años, el encargo inicial de la Diputación, queda reducido a un solo cuadro de grandes dimensiones y se le da una prórroga de dos años más de pensión. Fortuny trabaja en la batalla —después de realizar dos enormes esbozos entre 1861 y 1863—, entre abril y mayo de 1863 y 1865. Pero desde el primer momento la obra le causaba problemas, “era una esclavitud”, escribió Folch i Torres, por lo que el pintor comenzó a llamarlo, despectivamente, “el gran cuadro”. Cuando la pensión se acabó, abandonó su ejecución centrándose en otras obras, con la esperanza de acabarlo posteriormente.

Mariano Fortuny. La Batalla de Tetuán. El cuadro actual, tal y como quedaría hacia 1865.


En realidad, en los últimos años Fortuny no volverá a añadir pincelada alguna en el enorme cuadro que quedó arrinconado en su estudio. Paradójicamente, eso hizo aumentar la fama de la pintura: cada vez que aparecía su taller reproducido en fotografías, se veía la enorme batalla como un telón de fondo.

Fotografía de su estudio en Roma donde aparece el gran cuadro de telón de fondo.


Fortuny, enriquecido a finales de la década de los 60 por el resto de sus producciones, como La Vicaria, que había vendido a un gran precio, devolvió el dinero del encargo, después de alegar motivos de salud para no terminarlo. “Vanidoso” e “ingrato” fue lo más tibio que se le dijo desde la Diputación que le reclamaron los 4.200 escudos invertidos. El cuadro se quedó en Roma colgado en su estudio sin acabar. En 1875, tras fallecer el pintor, la Diputación lo compró a su viuda por 50.000 pesetas y lo instaló en el Salón de Sesiones, tal y como estaba previsto en un origen. La compra no estuvo exenta de polémica, y en diarios como El Diluvio, La Publicidad e Ilustración, no faltaron las críticas por lo mal resuelta de la obra y la confusión de alguna de sus partes. Y se llegó a decir lo peor que le podían decir a Fortuny, que su cuadro era una copia del de Vernet.

Valoración artística de La Batalla de Tetuán.

Mariano Fortuny. La Batalla de Tetuán. Detalle central.


Según Carbonell y Quílez, los comisarios de la exposición del MNAC, Fortuny, pese a los infortunios del proceso, creó una interpretación innovadora del tema. La pintura describe el dilatado escenario de la batalla en el mismo escenario donde ocurrió, pudiéndose reconocer accidentes geográficos como el cabo Taïfor o la bahía y la desembocadura del río Martil. El pintor colocó a los personajes principales en la parte central de la tela, formando un triángulo: O’Donnell, sereno, en la parte central, dirige la batalla, seguido de su escolta de húsares “representado de forma clásica”. Hacia la izquierda, los voluntarios catalanes dirigidos por el héroe de la batalla, el brigadier reusense, Victoriano Sugranyes que murió en la jornada (había llegado a la ciudad el día anterior) y a la derecha del espectador, el héroe militar romántico, el general Prim, que lucha, a galope tendido y sable en mano contra un guerrero musulmán; una imagen convertida en tópica e icónica del general.

Mariano Fortuny. La Batalla de Tetuán. Detalle central inferior.


A partir de esta figura se despliegan diversas figuras que narran la derrota: la población que huye, presa del pánico y el príncipe marroquí y su ejército de jinetes. En realidad, Mulay Abbas observó, impotente, desde un altozano cómo su ejército perdía la contienda y la ciudad de Tetuán. En el margen superior izquierdo se identifica el campamento de los marroquíes, destacando la lujosa tienda del príncipe que fue trasladada y expuesta en Madrid como botín de guerra.


Según Carbonell, el cuadro de Fortuny, a diferencia de otros historicistas que reflejan batallas y caen en la retórica montando escenografías, es una obra “con expresividad y veracidad, con fragmentos magistrales que apuntan a las obras luminosas de la última etapa del pintor. Es un cuadro importantísimo porque cambia el concepto de la pintura histórica. Es muy transgresor y nada canónico, quizá por eso fue criticado en primera instancia”. Pero pese que reproduce con finalidad la atmósfera diáfana del norte de África, los especialistas remarcan que no es del todo real y que aparecen una serie de elementos imaginarios y estereotipos. Por ejemplo: los alrededores de Tetuán están verdes siempre, pero Fortuny optó por pintar un paisaje árido y marrón que a su entender, se correspondía con la imagen europea de lo que era África.


Fortuny, no fue el único pintor joven de esta época que se aventuró en el tema de cuadros de historia tan al uso de la pintura academicista, porque les permitía ser aceptados por la pintura oficial, pero a la vez porque podían permitirse más licencias de color y de motivos exóticos. A mi juicio, un cuadro que de haberse llevado a cabo hubiera sido de tanto valor artístico como la obra de Fortuny es el esbozo que conserva el Museo del Prado de Episodio de la Batalla de Tetuán de Eduardo Rosales. Otro de menor valor sería el de Vicente Palmarolli.

Eduardo Rosales. La batalla de Tetuán, 1868. Óleo sobre lienzo, 75 x 125 cm.


Junto a las 130 obras relacionadas con la pintura, el MNAC expone dos espingardas que trajo Prim de la guerra, un sable, los prismáticos, el ros (gorro) y la cartera de campaña del general. La visita concluye con varias obras que Salvador Dalí adquirió de Fortuny como el Tribunal de la Alhambra que ha cedido su fundación de Figueres. Se exhiben junto a la documentación sobre la exposición de 1962 en el Salón del Tinell —impagable el reportaje del NODO— que puso en diálogo la obra de Fortuny y la homónima de Dalí que vieron, en la Barcelona franquista de entonces, 40.000 personas.

Salvador Dalí. La batalla de Tetuán, 1962.


Para finalizar se puede ver este vídeo sobre el cuadro de TVE-2. La batalla de Tetuán, de Fortuny.