sábado, 4 de octubre de 2014

EL PALACIO DEL BUEN RETIRO DE ALONSO CARBONEL. HISTORIA Y CARACTERÍSTICAS DE UN EDIFICIO DESAPARECIDO.

La historia del Palacio del Buen Retiro comienza en 1629 cuando el Conde-Duque de Olivares, afianzado en su posición de valido de Felipe IV, decide homenajear a su rey. Según sus planes políticos el monarca de tan grande imperio como el español necesitaba un gran escenario donde representar con fastuosidad los rituales de la Corte. Necesitaba de un  lugar donde festejar a sus súbditos e invitados  y celebrar espaciosamente tanto fiestas como espectáculos de toros, teatro, lances a caballo, desfiles militares, naumaquias, juegos de saltimbanquis o fuegos de artificio.

Palacio del Buen Retiro. Cuadro atribuido a Jusepe Leonardo, 1636-37.



Maqueta con la extensión que ocuparon edificios y jardines del Palacio del Buen Retiro.


El lugar. La localización de ese palacio de recreo debía ser cercana al verdadero centro de poder y administrativo, el Alcázar de Madrid. Por ello al principio se pensó en utilizar la propiedad real de la Casa de Campo donde había un bosque inmenso a su alrededor, jardines y abundancia de caza y pesca. Pero el valido quería hacer presente al rey que éste era un regalo personal y por ello aprovechó que poseía una finca al otro extremo de la ciudad, justo al lado de donde existía la propiedad real del monasterio de los Jerónimos y su cuarto Real, para iniciar las obras. Para ampliar el complejo se adquirieron además tierras de los marqueses de Povar y de Tavera y se obligó a la Villa a donar bienes del común. El crecimiento de la ciudad de Madrid hacia el este y hacia el oeste quedaría a partir de esta decisión condicionado por la presencia de los dos palacios.


Los arquitectos. Se encargó la edificación al arquitecto italiano Juan Bautista Crescenci y al español Alonso de Carbonel (1583-1660), protegido del Conde-Duque y que por entonces rivalizaba con Juan Gómez de Mora. Posiblemente se repartieran los proyectos Crescenci trabajaría en los jardines y el teatro, que tienen mucho de los de  Boboli en la Florencia de los Medicis; mientras que Carbonel lo haría sobre las dependencias y habitaciones. Cuando  murió el primero en 1635, Alonso de Carbonel quedó en solitario como maestro de obra.


Los comienzos de la obra 1630-32. El edificio fue surgiendo sin un plan director, lo que explica el diseño carente de un eje principal. No se puede hablar de impericia de los arquitectos sino más bien de la improvisación del encargo, que iba creciendo como suma de edificios según el ánimo del Conde-Duque, las prisas que éste imponía a los arquitectos  y las disponibilidades del Tesoro. El proyecto inicialmente sólo consistió en ampliar el pequeño palacete levantado por Juan Bautista de Toledo en tiempos de Felipe II (1563), adosado a la iglesia de los Jerónimos, que había servido durante decenios como casa de retiro espiritual u oración a los monarcas en el monasterio. Con el fin de agrandarlo se levantó una nueva ala destinada a cuartos para la reina con motivo del juramento del Príncipe de Asturias (marzo de 1632). A partir de ese momento empieza la construcción frenética de otras nuevas dependencias para el rey en torno a un pequeño patio  en dirección norte y una nueva ala, conocida como el cuarto del Príncipe, en dirección oeste que unía los tres espacios.


El resto del complejo. A partir de 1633 se decidió concretar el proyecto y crear un gran palacio, que en palabras de Felipe IV: "Yo y mis sucesores pudiésemos, sin salir de esta corte, tener alivio y recreación". Es cuando se levanta la parte más planificada: las dependencias estructuradas en torno a dos grandes patios o plazas, así como sus jardines traseros. Se trataba de hacer un edifico para el recreo, puesto que la misión administrativa ya estaba cubierta por el Alcázar.
Para aligerar los trabajos se empleó gran cantidad de mano obra, pero se escatimó en la calidad de los materiales (predominó el ladrillo). El caso era crear un gran edificio a bajo coste cuya construcción no se eternizara como las obras de .El Escorial. En la siguiente presentación puedes ver sus principales espacios tal como fueron o como son hoy en día.


Hagamos un recorrido por los principales espacios y estancias levantadas entre 1633 y 1640.

Gracias al cuadro atribuido a Jusepe Leonardo (1636-37), que representa a vista caballera el edificio, o a los planos de Madrid como el de Teixeira (1656) podemos conocer como era el conjunto durante su construcción y al poco de haber sido terminado. Me limitaré a contar lo que sé sobre el recinto levantado en el siglo XVII.
  • La fachada y los patios delanteros. Lo primero que sorprendía era la vulgaridad de su fachada o acceso. Los visitantes solían hacer el comentario de que carecía de adornos y de que el ladrillo cara vista le daba un aspecto de pobreza. También destacaban que la forma de acceso era compleja y que había unas  tapias delanteras, que creaban tres espacios delanteros y dificultaban la vista del conjunto. En uno de esos patios, el que daba el acceso al recinto, se encontraba la estatua de Pompeo Leoni de Carlos V venciendo al Furor que hoy en día se conserva en el Museo del Prado, por eso se llamaba del Emperador. El aledaño se llamaba Patio de la Leonera porque hacía de recinto donde guardar toros, animales exóticos y fieras. Al tercero se le conocía como el de los Oficios porque era el patio de la servidumbre de palacio y hacía a su vez de entrada de servicio.
  • El palacio propiamente dicho era un edificio con dos grandes patios divididos por un ala central. Este diseño era habitual en la construcción civil de los Austrias: lo poseía el Alcázar de Madrid, la Cárcel de Corte o el Hospital de Tavera de Toledo sin ir mas lejos. Uno de los patios era preferente o principal y estaba rodeado por alas de tres pisos de altura y cuatro torres en los ángulos. Este elemento también era un rasgo distintivo del estilo de la casa reinante, que también podemos ver en Alcázar de Toledo o en el mismo Escorial. La cubierta de la torre esquinera era otro elemento típico de este estilo, ya que se remataba con puntiagudos chapiteles apizarrados. Hacia el interior del patio del edificio principal (la plaza cuadrada) se levantaban balcones, puesto que la misión de este patio era la celebración de todo tipo de espectáculos y estos balcones hacían a modo de palco desde donde asistir a ellos. Su aspecto recordaba a la Plaza Mayor diseñada por Gómez de Mora, pero sin el porticado lateral. La otra plaza (la Grande) actuaba de espacio reservado a paradas militares y caballerizas.
Maqueta del Palacio. En ella se puede observar en primer lugar el convento de los Jéronimos con sus dos claustros y su iglesia. Adosado a su cabecera el germen de palacio entre un pequeño patio cuadrado y dos alas sobresalientes en escuadra. A continuación vemos los patios de acceso y las dos grandes plazas de eventos, una de ellas, la central, monumentalizada con torres. Tras esta plaza el Casón y el Teatro. Más allá estarían los Jardines.

  • En el eje que dividía los patios se levantaba el Salón de Reinos. En principio, esta dependencia sólo pretendía ser la antesala a través de la cual acceder a los palcos reales que presidían ambos patios, pero cuando se comprendió la importancia arquitectónica del recinto se ornamentó y se convirtió en un Salón del Trono o de recepción de embajadores. Su nombre lo recibió de los 24 escudos pintados sobre los lunetos de los techos que simbolizaban los reinos que conformaban la monarquía. Este espacio todavía sigue en pie y ha sido la sede del Museo del Ejército hasta hace unos años.
  • El Conde-Duque convirtió el Salón en el lugar donde representar la gloria de la Casa de Austria. Por ello, debía ser decorado con cuadros simbólicos del origen del poder de la monarquía española (serie de Los trabajos de Hércules) y cuadros de sus principales y recientes victorias militares. Los mejores pintores de la época recibieron algún encargo. Velázquez, pintor favorito de Felipe IV, realizó los retratos ecuestres de los reyes y de su heredero, así como, uno de los cuadros de batallas (La rendición de Breda). Vicente CarduchoEugenio CajésJuan Bautista MaínoZurbarán y Antonio de Pereda trabajaron en el resto del Salón, que podemos contemplar en esta imagen que lo reconstruye tal como debió ser.
  • Las incontables dependencias de las alas de Palacio han desparecido. La construcción sería pobre, pero la decoración interior estaría repleta de elegantes cuadros barrocos que hoy podemos ver en el Museo del Prado.
  • El teatro y el Salón. Al Este y como apéndice del gran patio fueron construidos el Coliseo o teatro y el Casón o Salón de Baile. El primero fue terminado cerca de 1640 y tenía forma ovalada y en él se estrenaron obras de Lope de Vega o Calderón de la Barca. Tenía complejas escenografías móviles y una puerta trasera que daba al jardín que podía servir de fondo. El Casón se terminó en 1637 y se terminó de ennoblecer en 1695 con los frescos de Luca Giordano. Sólo quedan vestigios de este segundo edificio, aunque ocultos bajo un envoltorio arquitectónico decimonónico.
Casón del Buen Retiro. Sección de la maqueta de la arquitecto Carmen Blasco que reconstruye el edificio. Museo del Prado.

  • Los jardines del Retiro. Al mismo tiempo que se levantaba el edificio, se estructuraban y plantaban los jardines. Estos eran un conjunto de huertas, jardines de flores y boj, eriales y frondas que hacían variado y ameno el paseo de la corte. Los italianos Crescenzi y Cosme Lotti trabajaron en ellos. Destaca el Jardín Ochavado, que ocupaba una parte importante de los jardines más cercanos al palacio. Consistía en ocho avenidas cubiertas con rosales entrelazados, moreras y membrillos que convergían en una glorieta circular. Este espacio desapareció a comienzos del siglo XVIII, cuando se construyó en su lugar el actual parterre francés. Junto a las dependencias habitacionales de los Reyes se trazaron pequeños jardines con fuentes de mármol y alguna estatua como el retrato ecuestre en bronce de Felipe IV realizado por Pietro Tacca (colocado en el Jardín de la Reina en 1643), que hoy podemos ver en el  monumento central de la Plaza de Oriente de Madrid.
  • Los estanques. El agua era un elemento fundamental en el diseño del sito de recreo. Como podemos ver en la imagen superior había albercas y acequias  para regar los jardines y huertas cercanos a palacio, que se conectaban por medio de un  canal (el Río Chico). Pero también había estanques de recreo y puramente de embellecimiento como el estanque lobulado de las Campañillas, con un pabellón central en una isla del que colgaban cientos de campanillas que eran movidas por el viento. El Estanque Grande, que nos ha llegado a nuestros días, era un gran rectángulo con una isla central.  Poseía embarcaderos para botar barquitos desde donde pescar, remar o disfrutar con escenificaciones de batallas navales. El Río Grande conectaba el estanque con el otro extremo del parque donde se encontraba la ermita de San Antonio de los Portugueses, rodeada por un canal polilobulado.
Ermita de San Antonio de los Portugueses a finales del siglo XVII.

  • Las Ermitas y otros edificios del parque. Algunos hitos arquitectónicos jalonaban los caminos. Estaban las ermitas dispersas por todo el recinto construidas en planta central y coronadas con un chapitel al estilo austria. La más importante, la de San Antonio, se reconvirtió en tiempos de Carlos III en la Fábrica de Porcelana del Buen Retiro (1759). La ermita de San Pablo, obra de Juan Bautista Crescenzi, era la única en un estilo diferente, el estilo manierista italiano. Estas ermitas cumplían tanto una función religiosa como de escenografía o cierre de perspectiva de los jardines. También había una casa de fieras y una gran pajarera para aves exóticas.
Robert de Cotte proyecto para el nuevo Palacio del Retiro de 1712. El proyecto respetaba el antiguo palacio, el Gran Estanque y la ermita de San Antonio, pero creaba un nuevo edificio en forma de U que se abría a una gran explanada, como la de Versalles, en dirección al camino de la calle de Alcalá. Los jardines se reorientarían en un eje sur-norte.


La dinastía de los Borbones no tendrá en mucha consideración el edificio, debido a sus gustos estéticos basados en el gran palacio de Versalles, e incluso Felipe V encargó a Robert de Cotte un proyecto de nuevo palacio que no llegó a realizarse. Sin embargo, el incendio del Alcázar en 1734 le obligó a utilizar y remodelar el palacio de Buen Retiro como residencia real y sede administrativa. Carlos III trasladará en 1764 de nuevo su residencia al nuevo Palacio de Oriente y destinará algunas parcelas a nuevos edificios y espacios donde poner en práctica su programa ilustrado: Jardín BotánicoMuseo de Ciencias Naturales (actual Museo del Prado) y Observatorio Astronómico. Otros edificios los cederá para cuarteles o para transformarlos como hemos citado antes en la Fábrica de Porcelana.

Plano de las fortificaciones realizadas en el recinto del Palacio de Buen Retiro (1808-1812) durante la Guerra de la Independencia.


Durante la Guerra de la Independencia, el ejército francés utilizó el recinto como cuartel general, lo que supuso la causa inmediata de su destrucción. Numerosos edificios fueron demolidos o convertidos en arsenales, los jardines fueron excavados y los árboles talados para construir una ciudadela que tenía como centro la ermita de San Antonio. La lucha entablada por su conquista en agosto de 1812 y la decisión posterior del duque de  Wellington de volar lo que quedaba en pie para que no fuera reutilizada por los franceses, cuando tuvo que retirarse a los pocos días, dejó en ruinas la mayor parte de los edificios.

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