viernes, 3 de octubre de 2014

LA BASÍLICA DE MAJENCIO Y CONSTANTINO. MONUMENTALIDAD EN EL SIGLO IV.

La Basílica de Majencio fue una de las construcciones más admirables y sin duda el último gran edificio profano de salas en la Antigüedad tardía. Las impresionantes dimensiones que tuvo y el sistema de construcción de sus cubiertas le hacen ser uno de los edificios claves de esta civilización. En la siguiente presentación puedes admirar algunas reconstrucciones y completar con el texto que viene a continuación.


Todavía hoy como en el pasado  sobrecogen sus ruinas en el foro romano. Sólo la nave central tenía 80 metros de largo, 25 metros de ancho y 35 de alto. El conjunto con las naves laterales, el ábside y el nartex cubría una superficie de 100 por 65 metros. Los restos que quedan son tres recintos cubiertos de la nave lateral con sus muros de apoyo y de cierre.




La comenzó el emperador Majencio al noreste del foro romano a comienzos del siglo IV d. C (306-310) y la terminó Constantino (312). Su función sería albergar la prefectura judicial que administraba la ciudad de Roma. Se levantó sobre unos antiguos mercados de época Flavia, los Horrea Piperataria, donde se almacenaba y vendía especias, pimientas y hierbas medicinales. La orientación inicial era paralela a la vía Sacra, con la puerta principal hacia el este donde inmediatamente encontrábamos el Templo de la Paz. Sin embargo, Constantino decidió modificar los planos originales y trasladar la entrada principal al sur, creando una escalinata con pórtico  hacia la Vía Sacra y añadiendo en su eje transversal un segundo ábside.





Tipológicamente esta basílica no era como las que estamos acostumbrados a estudiar: se pareció más a las grandes salas de las termas, en concreto se inspira en las termas de Diocleciano.

Termas de Diocleciano. Reconstrucción.



 El espacio interior ya no estaba determinado por las apretadas columnatas que en la basílica tradicional separaban la nave central de las laterales. En este caso las naves laterales se abrían en tres grandes arcos que se prolongaban con bóvedas de cañón decoradas con casetones. Estas bóvedas como las centrales estaban hechas de hormigón y ladrillo. Los muros de las bóvedas laterales actuaban de contrafuertes de  las bóvedas centrales de arista. Delante de ellos se elevaban columnas corintias exentas de 14,5 metros de altura que soportaban unos pequeños entablamentos de los que arrancaban esas bóvedas de arista. Todas ellas se han perdido, excepto la que se encuentra en la plaza de Santa María la Mayor, mandada trasladar a llí por orden de Paulo V en 1613.


La acumulación y desviación de las fuerzas de empuje sobre unos cuantos puntos permitía practicar amplios vanos en el muro para iluminar el interior. En las fachadas de los laterales se abrían dos filas superpuestas de seis ventanas de arco de medio punto y en el desnivel entre las naves centrales y las laterales una ventana triple que dejaba pasar la luz tamizada al interior.


El revestimiento de los muros, de los pilares y del suelo se hizo con placas polícromas de mármol (opus sectile) que formaban juegos geométricos de círculos y cuadrados, dándole un aspecto imponente. Las bóvedas también recibieron el ornato geométrico de casetones octogonales.

Otros elementos decorativos del interior eran las esculturas. Destacó la estatua colosal de 10 metros de altura de Constantino en el ábside frontal. Con esta obra se acentuaba el eje principal. Hoy se conservan restos de este coloso en el patio del Palazzo dei Conservatori. Es una pieza paradigmática de la decadencia de la estatuaria del Bajo Imperio.  Era una estatua hecha en mármol sólo las partes descubiertas (cabeza, brazos y piernas) y el resto probablemente era de bronce dorado.



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