viernes, 3 de octubre de 2014

EL JUICIO DE LOS MUERTOS. EL PESAJE DE LAS ALMAS EN EL PAPIRO HUNEFER.

Los egipcios no veían la muerte como un fin, sino como el inicio de una nueva vida en un Más Allá, en el Reino de Osiris. De esta creencia se derivan muchas ideas que nos explican la trascendencia de las obras y los objetos de esta civilización que analizamos hoy en día como artísticos. Así pues, la tumba no es sólo el lugar donde se entierra a los difuntos sino su casa para la eternidad; del mismo modo,  el  ajuar y el mobiliario que el egipcio había gozado en vida le era necesario en el otro mundo; incluso necesitaba alimentos para el viaje. Requisito imprescindible para la supervivencia era la existencia de un soporte material en el mundo de los vivos, de ahí la momificación del cadáver para mantener el cuerpo incorrupto o la abundancia de esculturas o pinturas que representaban al que quería sobrevivir, pues actuaban como doble de su alma inmortal.


Pero además de todo esto,  el alma del difunto debía superar unas pruebas mágicas para alcanzar la eternidad. Como éstas eran muchas y complejas, desde el Imperio Nuevo se creó una especie de manual con las fórmulas o sortilegios y con los pasos a seguir ante los dioses. Esta guía para el difunto la conocemos como el Libro de los muertos, aunque los egipcios lo llamaban "Libro para salir al día". Los pasajes del libro se representaban en los frescos que decoraban la tumba, en el sarcófago, en las mortajas y  en papiros que se depositaban junto al cadáver.

Detalle del Papiro Ani. Libro de los Muertos del Imperio Nuevo. Museo Británico.

De todos los ritos a realizar, cobraba especial importancia el conocido como pesaje del alma ante el dios Osiris. Analicemos iconográficamente esta escena en el fragmento del papiro del escriba Hunefer de la XIX dinastía (a. 1275 a. X), que  se conserva en el Museo Británico.

Detalle del Papiro Hunefer. Pesaje del alma . Museo Británico.

Anubis, el dios chacal, es el encargado de conducir al difunto a la sala de la Doble Maat o de las dos verdades. En el pequeño registro superior Hunefer adora a un grupo de 42 divinidades. Ante ellas recita una serie de fórmulas en negativo por las que niega haber realizado una serie de acciones reprobadas en la sociedad egipcia. Entre ellas están el asesinato, el robo, las transgresiones religiosas, así como ciertas normas de convivencia social  como el cotilleo, el destruir la comida o la calumnia. Como vemos, no cuentan las acciones buenas sino no haber cometido aquellas que se consideran malas.

En el registro inferior el mismo Anubis realiza un pesaje en una balanza. En uno de los platillos deposita el corazón del difunto, que simbolizaba las acciones que éste había realizado en vida, y en el otro una pluma de avestruz que simbolizaba a Maat, la diosa de la verdad. Si el corazón y Maat se mantienen en equilibrio la prueba es positiva y con ello queda demostrado que Hunefer había observado una conducta correcta. Si se hubiera desequilibrado, el  monstruo mezcla de cocodrilo, león e hipopótamo, conocido como el devorador de muertos,  le hubiera engullido. Esta segunda muerte supondría casi la aniquilación completa. El dios Thot, con cabeza de Ibis, registra el resultado en una tablilla.

Pasada la prueba, el difunto era presentado triunfalmente por Horus, el de cabeza de halcón,  a su padre Osiris, el rey de los muertos. Este aparece momificado y portando el báculo y el látigo, símbolo del poder soberano. Su trono  se levanta sobre el lago de natrón del que emerge la flor de loto con los cuatro hijos de Horus. Detrás se encuentran Isis y Nefthys.

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