sábado, 4 de octubre de 2014

LA PINTURA ROMÁNICA SOBRE TABLA. EL FRONTAL DE ALTAR DE SANTA JULITA Y SANT QUIRZE DEL MUSEO DE ARTE DE CATALUÑA, BARCELONA.

Si la pintura mural románica se centraba en el ábside, la pintura sobre tabla servía para decorar el altar con plafones rectangulares de madera.  La pieza más importante, que se colocaba delante del altar, recibe el nombre de antipendio o frontal. También podía decorarse los costados de la mesa.

En las iglesias más ricas eran metálicos (bronce) y en ocasiones se confeccionaba con oro y piedras de orfebrería. En las iglesias parroquiales y rurales, más pobres,  se utilizaba la madera  como base, preparándola con una capa de yeso antes de pintarla al temple de huevo. Estas son precisamente las que nos han llegado en España. El altar podía adornarse además con un baldaquino, cuya tapa ofrecía también pinturas, o se arrimaba a la pared cubriéndose con una tabla pintada horizontal, colocada a modo de tejadillo. Por evolución del frontal nació el retablo, que es la pieza que se coloca detrás (retrotabulum) y por encima del altar.

En Cataluña se conservan el mayor número de estas tablas de España. Hoy se pueden contemplar gran número de ellas en el museo de Arte de Cataluña. En las tablas se repetían los temas de la pintura mural y cumplían, por tanto, la misma función de adoctrinamiento religioso. El espacio rectangular se dividía en diversos compartimentos: en el centro la figura principal objeto de culto y en torno a ella otros personajes o escenas. El marco se decoraba con formas vegetales y geométricas. Los modelos más comunes eran:
  • El Pantocrátor dentro de la mandorla, y los apóstoles en filas superpuestas como el de la Seo de Urgell(1150).
  • La Virgen y las escenas de su vida, como el frontal de Santa María de Aviá, nos acercan a la iconografía gótica y a fechas cercanas al siglo XIII.
  • También están los dedicados a los santos, como el que nos ocupa, que coloca al titular en el centro y los episodios de su vida o martirio a ambos lados.
A diferencia de la pintura al fresco, la pintura sobre tabla no tenía que constituir un arte nómada y viajero, ni tenía que solucionar diversos problemas en cada momento, sino que se trataría de una actividad sedentaria, realizada en el scriptorium monacal, codo a codo con la miniatura.

El frontal de Santa Julita y su hijo Sant Quirze.

Ficha técnica.

El frontal proviene de la pequeña ermita de Durro, en el valle del Bohí (Lérida) y se supone obra del taller de la Seu d´Urgell. Abajo puedes ver la ermita.

Fecha: hacia mediados del siglo XII.
Dimensiones: 98 x 129,3 x 6,5 cm.
Técnica: temple sobre tabla
Hoy se encuentra en el Museo de Arte de Cataluña, Barcelona.
El  pintor dispone en el centro a Santa Julita llevando en sus brazos a su hijo San Quirze en una actitud parecida a como se representaba a la Virgen y el Niño. Incluso los introduce en una especie de mandorla mística.

En el resto de la tabla se representan cuatro escenas del martirio de estos santos. En la calle derecha, la escena inferior muestra a dos verdugos que hunden sus espadas en el cuerpo de San Quirze, mientras en la superior éste sufre la passio clavorum, por la que se clavan en la cara del santo tantos clavos como años tiene. En la calle izquierda, la escena inferior nos muestra a madre e hijo dentro de una olla de aceite hirviendo. Mientras en la superior dos verdugos aserran a Sant Quirze desde la cabeza hasta la mitad del tronco.

La ordenación espacial del conjunto está sujeta a al regla de la simetría, de tal forma que la impresión general es la de una fuerte geometrización. En todas las escenas se observa que el cuerpo de San Quirze actúa como eje de simetría entre los dos verdugos, que adoptan posturas muy semejantes. A pesar de ello hay una cierta individualización al reflejar los rasgos diferenciales de estos verdugos: la barba y la disposición del cabello. Sant Quirze también adopta diversas expresiones en cada escena, en las que va vestido de forma diferente. Con todo, la falta de patetismo y de señales de sufrimiento ante tales tormentos refleja la ingenuidad y el simbolismo de la representación románica.

La utilización de colores planos no impide lograr un brillante cromatismo. El frontal denota un ritmo compositivo con la combinación de colores para el fondo: ocre, marrón, amarillo y rojo. También hay que destacar la falta de luz ambiental, creadora de contrastes de luz y sombra, por lo que no se expresa la materialidad de los cuerpos en búsqueda de la sensación de la tercera dimensión naturalista. Con ello el artista nos muestra a unos seres universales que no pertenecen a ningún espacio ni tiempo determinados.

Fresco de San Joan de Bohí, martirio de San Esteban.

Estilísticamente se ha relacionado este frontal con dos grandes conjuntos: las pinturas murales de Sant Joan de Bohí y las de Sant Andreu de Valencia d'Àneu. Aunque ambos suelen datarse años antes que la obra que hemos analizado.

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