martes, 7 de octubre de 2014

PABLO PICASSO. LOS 28 ÚLTIMOS AÑOS. (1945-1973)

Es 1945, Picasso tiene  64 años. Esta edad que en otra persona podría hacernos pensar en un progresivo cese de la actividad, es, sin embargo, para nuestro pintor una mera anécdota. Él seguirá aún durante los 28 años siguientes hasta su muerte en plena creación artística sin que su producción se resienta ni en cantidad ni en calidad, aunque bien es cierto que su lenguaje ya apenas desarrolla las novedades tan revolucionarias a las que nos tenía acostumbrado en etapas anteriores. En la siguiente presentación puedes ver un resumen de su trabajo artístico de estos años.


Se puede decir que desde el punto de vista estilístico, desaparecido el horror de la guerra, el expresionismo de su pintura se hace más lírico durante estas casi tres décadas. Ello se vio propiciado por la felicidad de su vida personal que se aprecia en la infinidad de fotografías que le retratan vital, creando y disfrutando de la vida, de su familia y de sus amigos.

Françoise Gillot bajo una sombrilla, Picasso y su sobrino Jaime Vilató, en la playa de Golfe Juan, Costa Azul. 1948. Foto de Frank Capa.

Por unos años, desde 1946 a 1953, encontró en Françoise Gilot a la compañera ideal. De su relación con ella nacieron los dos hijos menores de Picasso, Claude (1947) y Paloma (1949), que alegraron y humanizaron al artista en su vejez. Aún habría lugar para más mujeres en su vida tras su ruptura: entre 1953 y 1954 Sylvette, la joven rubia de la coleta que aparece en algunos de sus cuadros; y desde 1954 hasta su muerte Jacqueline Roque.  Con ésta contrajo matrimonio en 1961, al quedar viudo de su esposa legal Olga Koklova en 1955. Jacqueline se convirtió en su celosa protectora frente a un mundo que durante aquellos últimos años estaba ávido de conocer al anciano pintor, actitud que le hizo ganar la fama injusta de querer acaparar para sí su memoria.

Pablo Picasso y Jacqueline Roque con el actor Gary Cooper y su hija María. Cannes, 1956. Foto de David Douglas Duncan.

Desde finales de los 40, Picasso cada vez visita menos París y se refugia en la costa Azul (Antibes, Vallauris, Cannes o Mougins finalmente) donde adquiere varias casas que en años sucesivos serán su residencia y taller. Allí, siempre que puede hace un alto en su trabajo para disfrutar del sol, de la playa, de los toros y de los amigos que le visitan.

La posguerra. El ansia de paz y la febril creación.

Las tragedias de la Guerra Civil Española y de la Segunda Guerra Mundial dejaron sobre Picasso mucha más huella que la Primera. Tan sensibilizado quedó por la experiencia que durante los siguientes años dedicó parte de su tiempo y de sus viajes a participar activamente en Congresos de intelectuales y artistas por la paz , como los acaecidos en Polonia (1948), en París (1949) o en Sheffield (1950). De este activismo pacifista surgieron nuevos gritos antibelicistas como La alegría de vivir (1946);  sus palomas, que fueron elegidas para convertirse en el símbolo universal de la paz al servir de cartel de estos encuentros; o las alegorías sobre la  Masacre de Corea(1951) y La Guerrra y La Paz (1952).

Picasso. La guerra y La paz, 1952. Vallauris, Templo de la Paz.

En Vallauris encontrará además una nueva técnica artística a la que se dedicará con auténtica pasión desde 1947, la cerámica. En el taller Madoura, propiedad de unos amigos, dejará volar su imaginación y comenzará a producir una basta colección de jarras, platos y pequeñas figuras de animales. El interés de Picasso por la cerámica no radica sólo en crear nuevas formas, sino también en pintarlas con figuras de tema mitológico, animalístico, bodegones o de tauromaquia. Se contabilizan que realizó hasta final de su vida un total de no menos 3.500 piezas.

También durante estos años desarrolló insólitas esculturas con  objetos diversos, lo que ya comenzara durante la guerra, con soluciones plásticas altamente efectivas como La cabra (1950) o La mona (1951). A todo ello hay que sumar las numerosas litografías y grabados que realiza en estos años e incluso hasta poemas y dramas.

Su capacidad para el trabajo es desbordante pese a su edad. Las películas documentales que se ruedan en esta época  sobre su persona recogen a un Picasso encantado de mostrarnos su proceso creativo. En este vídeo he resumido algunas de estas imágenes de 1950. Trata de pintura en acción con cuatro temas recurrentes a lo largo de su carrera como pintor: el toro, la mujer, un bodegón y la paloma.


Con el cuadro Masacre de Corea (1952),  inspirado en Los fusilamientos del 3 de mayo de Goya, podemos decir que se consolida la revisión de la historia del arte que lleva a cabo Picasso durante los años 50 y  comienzos de los 60.  A través de series de cuadros homenajea a los maestros de la pintura universal: Las mujeres de Argel de Delacroix (1955), Las Meninas de Velázquez (1957), Almuerzo sobre la hierba de Manet (1959), El rapto de las Sabinas de David (1962)... Picasso no realiza ésto por agotamiento creativo, como apuntan algunos de sus críticos, sino como un reto, como una forma de medirse estilísticamente con los gigantes artísticos del pasado aportando su interpretación personal del asunto. Es como un diálogo entre artistas que se miden de igual a igual.

Picasso. Las Meninas versión en gris, 1957.

Y no es de extrañar esta actitud, porque estos son años de aplauso mundial, de numerosos estudios sobre su obra y de muchas exposiciones en los más diversos lugares del mundo: en 1946 el MOMA de Nueva York realiza una retrospectiva de sus 50 años como pintor,  pese a su militancia en el PCF; en 1960 lo hará la Tate Gallery de Londres; y en 1966 se muestra su obra pictórica, sus esculturas y grabados en el Grand y el Petit Palais de París. En España también le llega el reconocimiento con la fundación en 1963 del Museo Picasso de Barcelona.

Durante 1963, el tema de la creación artística se vuelve auténticamente obsesivo para Picasso,  como demuestra la serie de grandes cuadros que tienen como protagonista exclusivos al pintor y a la modelo. Las telas se muestran de perfil, para que no pueda verse el resultado plasmado en ellas. Esto hace pensar que lo que le interesa es el "oficio del pintor", su mundo personal como creador y, por supuesto, el desnudo de la modelo, que tal vez sea una representación de su propia mujer, Jacqueline, la de los grandes ojos negros. El tema del pintor trabajando volverá aparecer en los siguientes años.

Picasso. El pintor y la modelo, 1963. Museo Reina Sofía de Madrid.

Los últimos años. El deseo de vivir, la cercanía de la muerte.

Entre 1967 y los primeros meses de 1973, el fuego de su inventiva luce incontenible. La crítica no supo comprender en eso momento la trascendencia de su obra y  en cierta manera es la más desconocida y ninguneada, tal vez por el tratamiento que ralla lo pornográfico de gran parte de su producción. Se sigue expresando en óleo, pero el dibujo y el grabado juegan cada vez un papel más preponderante, porque es una forma rápida de expresarse y él tiene todavía muchas cosas que decir. Los lápices de colores se entrecruzan con los toques de acuarela, mientras en el ámbito del grabado utiliza por igual la punta seca, el aguafuerte, la aguatinta, el buril o el raspado, de lo que se deriva una sucesión de obras nerviosas y alucinadas.

Picasso. El beso. Mougins, 1969. Óleo sobre lienzo, 97 x130 cm.

Aparecen personajes del remoto pasado y de la más absoluta actualidad junto a escenas fantásticas: las escenas de circo se entremezclan con personajes mitológicos y renacentistas. En la Suite 347 de 1968 y en la Suite 156 de 1970-72 el erotismo de Picasso se apodera de la intimidad de este pequeño formato y cada pieza es una intromisión en la privacidad del placer y de la promiscuidad. Es la obra más erótica de Picasso, basada en La Celestina, de Fernando de Rojas, y en la relación del pintor Rafael y Fornarina, la amante que lo mató de agotamiento. Los atrevimientos que pueden verse en estas secuencias no los había tenido nunca en lienzo. Allí afloran sentimientos escondidos, sobre todo, el deseo, la mujer y detrás de ella el rostro de un hombre barbudo, su propia persona. Son imágenes en las que se despliega con lucidez  las ecuaciones entre arte/erotismo, pintura narrativa/potencia sexual y contemplación/voyeurismo.

Picasso, Rafael y la Fornarina, XXIV.  Suite 347, 1968.

Cada imagen que crea en estos últimos años es como un grito del artista que quisiera rebelarse contra la edad, la debilidad o la decadencia física, contra el final, en suma. Es un chirriante contraste entre esa energía del macho que está a punto de claudicar y las referencias constantes a la mujer guadaña, con la que tantísimas veces el artista ha jugueteado. Es el combate entre Eros y Thanatos, entre sexo y muerte, su última pelea en la que irremisiblemente Picasso pierde el 8 de abril de 1973 en Mougins.

Picasso. Autorretrato, 1972. Su mirada está fija en nosotros pero su cabeza ya es la de una calavera.

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