viernes, 17 de octubre de 2014

RAMÓN CASAS Y CARBÓ (tercera parte). LA PINTURA SOCIAL Y DE MASAS (de 1894 a 1900). Garrote vil y la Carga.

Ramón Casas, como cualquier ciudadano de la época, vivía inmerso en los problema sociopolíticos de España y, más concretamente, de Barcelona.

La pena pública de muerte por garrote era la forma de ajusticiar en España desde finales del reinado de Fernando VII, pero en Barcelona no se había aplicado desde los años 60, lo que atrajo mucha expectación cuando de nuevo se utilizó en la década de los 90. La razón de resucitar este método tal vez estuviese en que se buscaba hacer visible el castigo ante la población en unos momentos en donde la violencia se empezaba a apoderar de las calles. Y es que el año 1893 se caracterizó por numerosos desórdenes provocados por anarquistas y, sobre todo, por el Atentado del Liceo (nov. de 1893) y el de 1894 por la ejecución de los mismos. Por ello, no es de extrañar que Casas decidiera pintar aquel año una ejecución por el método de Garrote vil.

Ramón Casas. Garrote Vil. 1894. Museo Reina Sofía, Madrid. Óleo sobre lienzo, 127 x 166 cm.

Sin embargo, la escena que narra, que realmente existió, no fue la ejecución de uno de los anarquistas implicados en el atentado, sino la de Aniceto Peinador, un joven de diecinueve años, ajusticiado en 1893 por un crimen pasional. Con esta obra Ramón Casas puso en evidencia que era capaz de desarrollar temas sociales de trascendencia sin caer en lo anecdótico ni en lo patético. También le interesaba captar la emoción de la masa humana, lo que ya había hecho en los temas taurinos de los años 80. El cuadro es tan expresivo que el espectador se integra como testigo que contempla la ejecución y parece respirar el ambiente. Algunos críticos han tenido la tentación de considerarlo como un mero reporte fotográfico objetivo, pero pienso que el artista quiso ir más allá y hacernos sentir el instante.

La implicación con el que contempla la obra se consigue a través de varios recursos como:
  • Situarnos como un curioso más de una masa humana anónima, de espaldas, pero desde un punto de vista alto lo que nos convierte en observadores privilegiados. Esta solución, ya utilizada por Goya, nos permite contemplar toda la acción. Vemos la aglomeración de gentes sin forma que cierra el espacio por tres de los lados y cómo se agita queriendo contemplar el suplicio que va a cometerse en el patio de la cárcel. A nosotros, espectadores del siglo XXI, nos anima el mismo espíritu morboso de recrearnos en los detalles de la ejecución. Intentamos distinguir al condenado entre los sacerdotes y el verdugo y nos esforzamos por distinguir en su rostro tan lejano cómo asume su destino o se desespera.
  • Para recrear la sensación de la terrible muerte que se avecina utiliza una gama de colores fríos y pesimistas. Un cielo con nubes de plomo del que se desprenden jirones que dejan ver monótonos edificios amarillentos. Feas viviendas con sus hileras de ventanas y balcones uniformes y establecimientos industriales de los que sobresalen chimeneas que lanzan a la atmósfera más humareda oscura. A la izquierda se proyectan en escorzo las desnudas tapias de la cárcel, con la garita del centinela en el centro de los siniestras muros. Apoyados en ellas, guardias en actitud indiferente y remolona, como fatigados por lo extraordinario del servicio.  Los árboles sin hojas aumentan la concepción de escenario desolado y hostil. Incluso uno de ellos nos impide ver correctamente el patíbulo.
La descripción no puede ser más descarnada, pero sin caer en un dramatismo sentimental. Estamos ante un espectáculo y ante un testimonio de la sociedad en la que vive. Fotografías de acontecimientos similares  no pueden reflejar con tanta verosimilitud la escena.

Fotografía de la ejecución del reo Isidro Mompart por garrote vil en el mismo escenario barcelonés, pero en 1892. Pinchando en este enlace se puede seguir y el morboso relato de la ejecución según La Vanguardia del 17 de enero de 1892, que puede servir como elemento emocional de comparación con el cuadro y la fotografía.

La temática social continuará en los años siguientes consolidando su prestigio como pintor comprometido. En 1896 lo que le preocupa es el embarque de las tropas que se está llevando a cabo desde el puerto de Barcelona para combatir en la Guerra de Cuba. De nuevo, no traiciona la verdad y no convierte el hecho en un acto glorioso. Los soldados se muestran como masa que marcha abatida y resignada hacia su destino nada halagüeño en esa desastrosa guerra colonial. Es un cuadro sombrío, un esbozo pintado con mucha fuerza expresiva de nuevo.

Ramón Casas i Carbó. Embarque de tropas, 1896. Óleo sobre lienzo, 90 x 180 cm. Colección particular.

El mismo tema de los soldados, pero recogiendo su regreso en 1900 será aún más deprimente. Esta vez sí que vemos sus rostros porque en ellos quiere reflejar la derrota y las penalidades pasadas. Sus apuntes tomados en el puerto no llegaron a pasar a cuadro, posiblemente porque Ramón Casas, pintor ya de gran éxito social, pensaría que un cuadro tan crítico podría comprometer su status, por ello, sólo se conservan apuntes que publicó en la revista Pel & Ploma.

Ramón Casas. Dibujo "Retornados de Cuba". Revista "Pel & Ploma", nº 36 de 3 febrero 1900.

Otro acontecimiento impactante en la Barcelona de 1896 fue la bomba que un grupo anarquista lanzó desde un tejado sobre la procesión del Corpus el 7 de Junio. El atentado tuvo lugar cuando la procesión regresaba con la custodia a la iglesia de Santa María del Mar, cerca de las 9 de la noche. La bomba pretendía acabar con las autoridades eclesiásticas, civiles y militares que acompañaban el acto, pero las víctimas fueron ocho ciudadanos anónimos. De nuevo, Ramón Casas evita el hecho truculento dos años después, pero quiere sugerirlo y para ello recrea el ambiente apasionado en el que se va a cometer los asesinatos en su cuadro Salida de la procesión del Corpus de la iglesia de Santa María del Mar. El momento elegido es unas horas antes, justo cuando está saliendo la procesión de la iglesia. La multitud es la protagonista, que es captada como masa fervorosa que asiste a uno de los momentos más importantes de piedad popular.

Ramón Casas. Salida de la procesión del Corpus de la iglesia de Santa María del Mar el día 7 de Junio de 1896. Óleo sobre lienzo, 115,5 × 196 cm, 1898. Museo Nacional de Arte de Cataluña, Barcelona, España.

Como en su obra El garrote vil, la escena está encuadrada desde una visión de altura. Sin embargo, esta vez el pintor busca resaltar a través del juego cromático de los estandartes y de los velos blancos de las niñas vestidas de primera comunión, el carácter festivo y alegre de ese día. De esta forma, juega con el sentimiento del espectador que conoce la masacre que se va producir apenas unos minutos después y que tiene que contemplar como la muchedumbre participa despreocupada y bullanguera en la fiesta religiosa. La técnica, muy suelta, de pinceladas rápidas y poco cargadas de materia que insinúan las figuras, es muy audaz y demuestra que los recursos de la pintura moderna también pueden ser aplicados a un género que le parecía vedado.

Parece ser que a los 33 años Casas sintió la necesidad de plantearse una obra que demostrara su capacidad para pasar a la historia asumiendo un reto que le ligaría a la obra de los grandes de la pintura española. De este desafío nació La Carga (1899), obra que le consagró como pintor de acontecimientos contemporáneos. El formato era importante y, por eso, decidió que su composición tuviera unas medidas insólitas, 298 x 470 cm. El lienzo se expuso por primera vez en 1903, en el Salón de Beaux Arts, con el título de Barcelona 1902, haciendo referencia a las insurrecciones y conflictos sociales que se produjeron allí durante aquel año. El año siguiente ganó con él la primera medalla de la Exposición Nacional de Bellas Artes de Madrid y el Estado lo adquirió por ende.

Ramón Casas. La carga, 1899. Óleo sobre lienzo, 298 cm × 470,5 cm. Museo Comarcal de la Garrotxa, Olot, España.

Si hasta entonces Casas había sido un pintor apegado a la realidad fotográfica, en La Carga recrea la realidad y la convierte en un mito. A diferencia de las obras anteriores, el cuadro no pretendía reflejar un hecho real concreto, sino captar la esencia de la violencia ciega con la que el poder reprimía al proletariado. Para entender que no estamos ante una represión real hay que saber que ni siquiera la ubicación es realista, porque aunque aparece la silueta de la iglesia de Santa María del Mar, ésta se mezclada con siluetas de fábricas y viviendas que simbolizan un barrio suburbano que nada tenía que ver con la ubicación real de la iglesia en el centro de Barcelona. La plaza en que se desarrolla la acción es también inexistente.

La composición es sumamente pensada durante el año 1899. El artista va cogiendo retazos de allí y de acá, sin tener conexión entre sí, en sus paseos de estudio por Barcelona. Los personajes más destacados los publica en dibujo en la revista Pel & Ploma. El hombre caído a los pies del guardia a caballo sorprendentemente no era un manifestante sino, en realidad, la víctima de un atropello por un tranvía del que Casas había sido testigo.

Ramón Casas.  Contraportada del nº 28 de "Pel & Ploma" (9 de Diciembre de 1899) con dibujo de hombre atropellado por un tranvía, utilizado posteriormente como personaje principal en el cuadro de La Carga.

El guardia civil fue un estudio del natural que Casas realizó de un agente de verdad, ocultando la mayor parte del rostro del modelo bajo el cuello rígido de su capa para preservar su anonimato. El boceto aparecía en la portada de Pel & Ploma del nº 25 de 18 de noviembre de 1899 en un escorzo parecido, pero con unos ojos y semblante algo más amables. Precisamente el que en el cuadro se representase a la Guardia Civil como máquinas impersonales e insensibles fue la razón para que el lienzo no fuera nunca bien visto por las autoridades artísticas de la época ni por las venideras a lo largo del siglo XX. Pese al premio obtenido y a la calidad y a la singularidad de semejante cuadro que merecería un lugar de exposición como el Museo del Prado, la obra fue relegada después de su compra a Olot a modo de destierro.

A diferencia de Garrote vil o de los otros cuadros ya descritos, el pintor opta en éste por centrar dramáticamente el conflicto en dos figuras que desplaza a la derecha: el guardia civil a caballo que atropella sable en mano a un manifestante. Este grupo, que con gran atrevimiento no ocupa el centro de la composición, es el punto de partida de un espacio panorámico que se despliega en forma de abanico hacia la izquierda, traduciendo expresivamente el movimiento de la multitud en pánico colectivo que huye de los sables policíacos. En el centro, un enorme espacio vacío de suelo yermo completa la acción dramática y remata la sensación de frenética estampida. Se puede decir que la composición es totalmente insólita para un cuadro de este tipo y recuerda la asimetría de un Degás o de la pintura japonesa.

Los protagonistas de los diferentes términos quedan unidos por un ambiente melancólico y triste: entre la neblina que aleja la ciudad y los abundantes grises y negros se trasmite la sensación de frío invernal en que tiene lugar la escena. Casas escogió las luces del atardecer y un contraluz para reforzar expresivamente la escena.
En cuanto a la técnica, una vez más, Ramón Casas sorprende por la facilidad y atrevimiento con el que reparte, en una superficie tan inmensa, las manchas contrastadas de sus figuras y la luz difuminada. La formación dibujística de Casas se aprecia claramente en los trazos largos del pincel que crean magistralmente la frenética confusión de la multitud que huye.

En muchos sentidos el cuadro me parece genial y un digno cierre al género histórico del siglo XIX que comenzó con Francisco de Goya. La composición y los golpes de pincelada con los que se traza la masa deforme recuerda la masa anónima de los patriotas madrileños del pintor aragonés que se enfrentan a los mamelucos el Dos de Mayo o que son fusilados al día siguiente. El formato gigante y los actos de violencia desproporcionada que representan también son dos elementos de unión. A ambos les une además, que en vez de huir hacia ensoñaciones históricas gloriosas y épicas prefirieron ser la conciencia de la realidad que vivían.

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También puedes seguir la obra de Casas en los siguientes artículos de este blog.

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