jueves, 6 de noviembre de 2014

EL ESTABLECIMIENTO MODERNISTA DEL "TORINO", BARCELONA.

El 20 de septiembre de 1902 se inauguraba en Barcelona el "Torino", un lujoso establecimiento especializado en expender vermouth de la casa Martini y Rossi de Turín. El gerente e impulsor del proyecto empresarial fue el italiano Flaminio Mezzalama, un turinés afincado en Barcelona, que ya dirigía desde 1893 la importación y comercialización de la marca en España y Portugal. En 1901 decidió comercializar directamente el producto a través de un bar, abierto en la calle de Escudillers, el Petit Torino, que tuvo un gran éxito por su especialidad en esta bebida y por su decoración en el nuevo estilo modernista, uno de los primeros que se construían en la ciudad.

El pequeño Torino aún funciona como establecimiento de hostelería e incluso conserva su escaparate modernista. Foto de arriba: el pequeño Torino de Escudillers en 1902. En la puerta junto a los camareros, el dueño Flaminio Mezzalama. Foto de abajo: el local hoy en día, conocido como Grill Room.




La gran acogida que tuvo el primer local hizo que Mezzalama se decidiera a abrir uno más grande y más llamativo. en seguida se convirtió en un edificio de moda y de referencia del modernismo barcelonés. El nuevo local, conocido popularmente como el Palacio del Vermouth, se abrió en la esquina entre Paseo de Gracia nº 18 y Gran Vía (antigua Cortes Catalanas). El edificio persiste hoy en día, pero no con todo el oropel con que se revistió, que desapareció a partir de 1911 con la muerte del industrial y el traspaso del local a otras actividades. Conozcamos cómo fue.

El nuevo Torino, esquina Paseo de Gracia con Gran Vía, foto de 1904. El local se inauguró el 20 de septiembre de 1902.


En el nuevo Torino, que vemos en la foto de arriba, Mezzalama se hizo con el servicio de los mejores artistas del modernismo catalán del momento y de las artes menores. Sólo hay que repasar quiénes intervinieron en cada apartado de las obras para darse cuenta de que el italiano no reparó en gastos.

Director de la decoración, Ricart de Capmany.
Diseño de la marquesina de hierro forjado, Pere Falqués. Ejecución de la marquesina y y de la balustradas de las escaleras, casa Ballarín. Mosaico, Órsola y solá
Diseñadores de los salones, Antoni Gaudí (salón íntimo) Josep Puig i Cadafalch (artesonado salón principal). Fabricación de elementos decorativos de imitación de azulejos, maderas, bronces y cartón piedra, Hermenegildo Miralles.
Diseño de la barra americana, Sociedad de Mosaico Veneciano.
Diseñador de las vidrieras exteriores, hermanos Tosso de Venecia. Ejecución, Bordalba.
Tapices murales, Ricard Urgell Ferrater.
Frescos decorativos, Secanell, Jaumell y García.
Metalistería, Domenech.
Luces colgantes de bronce, fundición Masriera, Campins y Compañía.
Ebanistería, Calonge e hijo.
Escultor de la figura de la puerta, los italianos Buzzi y Massana.
Diseño de las sillas, la casa vienesa Thonet .Y resto mobiliario, Hijos de Ignacio Quintana.

En el nuevo Torino había la posibilidad de sentarse en la terraza exterior, bajo la marquesina, o en el interior en una sala que describía una original "L" en planta. También poseía un salón para eventos privados. La intención era crear un ambiente agradable para tomar café o vermouth mientras se conversaba en animada tertulia.


El local se convirtió en el local de moda de la burguesía barcelonesa y al año siguiente de su inauguración (1903) recibió el premio del concurso de edificios ornamentales de la ciudad de Barcelona, otorgado por el Ayuntamiento, que había nacido ese año. Se proyectó con un estilo modernista, pero con tal riqueza de entalles, dorados y pinturas, que más bien recordaba los primores y suntuosidad del plateresco.

El diploma y placa que lucía el local con el premio del Ayuntamiento de Barcelona.


La fachada, que formaba chaflán, sorprendía especialmente por el corte de las puertas de entrada que daban a Paseo de Gracia. Una gran curva ovalada que arrancaba casi desde el suelo agrupaba dos de sus puertas, desechando la forma clásica de jambas y dinteles. Las demás partes de la fachada se enlazaban con esta curva primordial de forma variada. La mitad de esta forma servía de entrada única por la otra calle. Y un escaparate en la esquina bajo un arco carpanel recordaba el diseño del pequeño Torino.


En el gran óvalo principal se interponía creando dos aberturas un pilar a modo de mainel catedralicio. La imagen profana que venía a sustituir a la típica virgen era la de una bacante que recibía en una copa el zumo de la vid que le vertía un amorcillo. Las cepas entrelazadas parecían izar a la figura femenina. Las ramas y pámpanos en relieve se esfumaban y terminaban confundiéndose con las que están pintadas en la vidrieras. Los adornos de hierro de la marquesina venían a recargar aún más el conjunto.


El interior seguía el sistema ornamental del exterior. La irregularidad de su planta impuso un sello de originalidad al gran salón. La barra o mostrador donde había un mosaico veneciano se disponía en el lado corto de la sala, donde había un gran arco. De él partía una escalera, que llevaba a las dependencias privadas.



El salón principal  estaba decorado por  grupos de delicadas columnitas sobre los que campeaban escudos de España, Italia y Portugal, y características leyendas. Había un ajimez del que colgaba un suntuoso tapiz de Ricard Urgell, al que flanquean dos elegantísimas muestras de hierro decorado. Poseía altos arrimaderos de madera primorosamente tallados, cuya tonalidad prestaba mayor delicadeza a los grandes paneles representando escenas de caza que decoran lo restante de los muros hasta la cornisa.


El techo estaba hecho de viguetas labradas y decoradas a la manera gótica. Las lámparas eran hermosas coronas para la iluminación, por gas y electricidad, verdaderas joyas de bronce en las que se engarzaban unos a modo de broches de vidrios de colores.  Las altas vidrieras, simulando emparrados que se entrelazaban caprichosamente, tamizaban la luz que entraba en el interior del salón.


En el fondo se montó otro salón destinado a fiestas o reuniones íntimas, encargándose de dirigirlo al arquitecto Antoni Gaudí. El arquitecto lo convirtió en una inmensa taza de mayólica, de aparente sencillez, pero donde la luz de las preciosas lámparas de vidrio azul de Murano , que eran parte principal de la ornamentación, se quebraban en las paredes y techos. Gaudí era el arquitecto de la burguesía y acababa de decorar el muro y el portal de la finca de su amigo Hermenegildo Miralles, por lo que decidió aprovechar su trabajo y aplicó algunas de las ideas y planchas fabricadas para éste en el interior de este saloncito. Dos años después aplicaría parte de esta enseñanza en interiores de la casa Batlló.


Destaca la puerta de ingreso que le da un aspecto orientalizante al conjunto. Está diseñada como un arco de herradura apuntado. Como alfiz, arranca unos listones verticales que se convierten más allá del zócalo en líneas en zig zag. La cristalera con vidrios coloridos también era muy bella. Los muros tenían un primer tramo de madera para evitar el roce de las sillas con un dibujo modernista muy curvilíneo. El resto de la pared y los techos los cubrió con placas en relieve de distinto volumen y rítmicamente alternados.

Aquí debajo vemos el dibujo utilizado para los techos creados con estas piezas hexagonales.


Del señor Mezzalama se sabe que hasta 1908 fue un personaje muy activo  en la sociedad barcelonesa: se le podría considerar también padre del turismo gastronómico de la ciudad, pues organizaba cada año un viaje de italianos a la Ciudad Condal. A partir de ese año, sin embargo, se le pierde el rastro en España y reaparece en la prensa, desafortunadamente, el 13 de Julio de 1911 cuando La Vanguardia anuncia su fallecimiento en Turín. Así es como a partir de ese momento ambos cafés cierran de golpe y desaparece ese símbolo de la vinculación Barcelona–Turín–Vermut.

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